Verano y reflexión, para jóvenes y mayores…

Es verano. Para jóvenes y para mayores es tiempo de diversión y de reflexión.

Como punto de arranque de nuestra reflexión nos interesa recordar un poco cómo son y cómo viven la mayoría de nuestros jóvenes: el instituto y la Universidad, las amistades y relaciones con la familia, sus diversiones, sus ideales de vida, su empleo del tiempo, sus preocupaciones or las necesidades de los demás y el bien común, sus omisiones desde el punto de vista religioso, desde el punto de vista moral.

El mundo de los jóvenes no es un mundo aislado. La situación religiosa de los jóvenes, refleja muchas veces la de sus familias, la de los centros de estudio, los lugares de diversión y esparcimiento. Nuestros jóvenes viven en una sociedad determinada y reflejan en su vida lo que en ella se respira. Además viven en el marco de una Iglesia “deprimida”, con poca confianza en sí misma, con divisiones y conflictos, rutinaria, en pérdidas, con algunas jornadas llamativas, con un día a día rutinario y decadente. ¿Cuántos de sus compañeros van a Misa los domingos, cuántos dedican algún tiempo, alguna atención a formarse y a actuar como cristianos? ¿Cuántos conocéis que viven desinteresados de ser cristianos o de ser paganos?

Muchos cristianos no quieren enterarse de lo que está ocurriendo. No quieren preocupaciones. Estamos perdiendo rápidamente la vigencia de la fe cristiana. Sólo el 15 % de las personas entre 30 y 50 años acuden a la Iglesia. Sólo el 3 ó el 5 % de los jóvenes entre 14 y 30 años vienen a Misa o se interesan por la religión. No más del 15 % aceptan las enseñanzas morales de la Iglesia en relación con la vida sexual, el matrimonio y la familia.

Los cristianos vivimos la fe en un verdadero desierto espiritual. Los medios, los ambientes, los programas, las cuestiones políticas, las propagandas, las presiones culturales en la universidad, en los ambientes jóvenes. Desestima de la Iglesia, ambiente de diversión total, dinero, liberación de cualquier norma moral inhibitoria, sólo se acepta el límite del respeto al bien físico de los demás, el no hacer daño. El principio moral realmente operativo es algo así: “todo lo que hago o hacemos libremente” si es placentero, es bueno. Si nos gusta es bueno. Bueno es lo que me gusta, lo que me apetece. Malo es lo que me molesta, lo que no me viene bien en este momento. El bien absoluto es mi bien actual. En esta mentalidad queda diluída toda referencia a Dios, a Cristo, a la salvación eterna, al bien del prójimo. Podríamos decir que en la vida social y espontánea de la mayoría de la juventud hemos perdido la referencia al bien moral, a las normas morales no sólo del Evangelio, sino de la razón moral humana. Por lo menos en algunos puntos concretos de la conducta humana.

Si las cosas siguieran como van, en dos o tres generaciones la fe y la vida cristiana sería poco más que un recuerdo, una realidad fuertemente minoritaria. Con todo lo que eso significa: los cambios en el ideal personal de comportamiento y de vida, el establecimiento del egoísmo en la vida familiar, en las relaciones laborales, civiles y políticas. El olvido de Dios y de la vida eterna, la falta de esperanza, con la secuela inevitable de la desesperación y amargura, decepción y tristeza. En una o dos generaciones, 15 ó 20 años más, este proceso puede estar prácticamente establecido. Es lo que se ve impulsado desde los medios de comunicación, y desde muchas instituciones como los consejos de la juventud, los ambientes intelectuales y callejeros.

Cuando hablo de este modo me dicen que soy pesimista. ¿Esto es pesimismo? No se trata de sentimientos ni de preferencias. Se trata de ver la realidad. ¿Es verdad o no? Lo importante es saber si es verdad o no, y en el caso de que lo sea pensar cómo tenemos que reaccionar. Sería pesimismo no querer reconocer la realidad, refugiarnos en los recuerdos, “nosotros somos los mejores”, para así poder seguir viviendo tranquilos. Sería pesimismo, sentirnos derrotados, tirar la toalla, pensar que no hay nada que hacer. No es pesimismo sino madurez, ver la realidad, y buscar la manera de reaccionar, de influir en ella, de cumplir el mandato del Señor, de cumplir nuestra vocación cristiana de testigos, de apóstoles, de colaboradores del Señor en las tareas del Reino y de la salvación.

Una primera consideración importante. No tenemos que asustarnos. Esta situación es muy frecuente en la historia de la Iglesia. La fe y la Iglesia siempre han vivido bajo la amenaza de las ideas, de los egoísmos, del orgullo, de los ambiciosos, de los grandes poderes organizados de este mundo. Y siempre la Iglesia ha superado estas dificultades, con la fuerza de la fe sincera de los cristianos convencidos, con la diligencia de los apóstoles y de los misioneros, con el valor definitivo del testimonio de los mártires.

La consigna es volver a los orígenes, recordar con claridad y con fuerza las raíces de nuestra fe. A Roma llegaron Pedro y Pablo con la gran noticia de la vida y muerte y resurrección de Jesús, con el tesoro de sus enseñanzas, de sus ejemplos, de su Evangelio entero. Los escucharon, muchos se convirtieron y soportaron la persecución. Con su fidelidad hasta la muerte vencieron todas las resistencias y todas las contradicciones. Los cristianos del siglo XXI necesitamos la fuerza y la decisión, el convencimiento y el desprendimiento de los mártires.

Como los Apóstoles, nosotros contamos también con la llamada del Señor, Recordemos el gran encargo que Jesús dejó a los Apóstoles, y con ellos a la Iglesia, a la Iglesia en el mundo entero: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos en todas partes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Sabed que yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo”. (Mt 28, 18-20). Como los Apóstoles, como los primeros cristianos adoramos la presencia de Jesús como Hijo de Dios. Queremos imitar a los jóvenes cristianos de las primeras generaciones. También ellos supieron arriesgar y dar la vida, dedicar tiempo, ayudar, servir, ofrecerse. Así es como hicieron los Apóstoles en aquel día de la misión. Primero le adoraron, luego escucharon su palabra y recibieron su misión. Ellos son nuestros modelos para siempre.

Los Apóstoles vivieron con Jesús y estando con El aprendieron a vivir como El una vida de verdaderos hijos de Dios, verdaderos miembros del Reino, de la nueva humanidad. Nosotros si queremos ser discípulos tenemos que imitar las cosas principales que hacían los Apóstoles en su vida, lo que ellos enseñaban a los primeros cristianos. Todo se puede reducir a continuar el género de vida de Jesús, a imitar un poco la distribución del tiempo y la organización de la vida de Jesús, continuando su vida de Hijo hasta que el propio Jesús viviente sea el centro de nuestra vida, de nuestra atención, de nuestro amor, de nuestros deseos, de nuestros proyectos de vida.

Nos puede servir y animar el ejemplo de San Pablo, el ardiente amigo y discípulo de Jesús. “Cuando Dios tuvo a bien revelarme a su Hijo” (Gal 1, 15), se entregó en cuerpo y alma al amor y al servicio de Jesucristo. “He dejado todo como si fuera basura en comparación con el conocimiento del Señor” (Fil 3), quiero vivir para Dios, no quiero vivir por mi cuenta sino que Cristo viva en mí, lo que ahora vivo lo vivo en Cristo que me amó y se entregó por mí, Por eso vivo movido por el Espíritu, según la fe que actúa por la caridad, porque toda la ley se reduce a esto, amar al prójimo como a nosotros mismos. Empleemos nuestra vida no para nosotros sino para hacer el bien a nuestros hermanos. No nos cansemos de hacer el bien. Dios dará a cada uno según sus obras (Gal 3. 5.6).

Pero enseguida tenemos que añadir algo de primera importancia. Nuestra colaboración tiene que ser decidida y efectiva. Podemos afirmar que nada hubiera sido posible sin la fuerza tremenda de la decisión de los mártires. Si los cristianos se hubieran echado atrás ante la crueldad de las persecuciones, la fe no se habría propagado. Hubiera sido una tentativa o una moda de tantas que pasan sin dejar huella. Pero los mártires llevaron las cosas hasta el final. Demostraron que la oferta del evangelio era una oferta decisiva, absoluta, innegociable, más valiosa que todas las demás cosas de su tiempo, de su tierra, de su vida. En verdad cumplieron lo que dice el Señor: el Reino de Dios vale más que todas las cosas, éste es el verdadero tesoro por el cual hay que dar hasta la vida.

A nosotros nos falta muchas veces la claridad y la firmeza y la efectividad de los mártires. Queremos ser cristianos, queremos tener los bienes de la fe y de la amistad con Jesús, pero querríamos tenerlo sin tener que renunciar a nada, sin distinguirnos de los demás, sin tener que cambiar de vida, ni dejar fines de semana, ni diversiones, ni comodidades, sueños ni proyectos de vida. El cristianismo que hoy presentamos y aceptamos en Europa, en los países de la abundancia y de la comodidad, es un cristianismo sin renuncias, un cristianismo sin mártires, un cristianismo sin efectividad.

Tenemos que preguntarnos ¿en qué consiste en nuestro martirio? Porque nadie nos persigue por el hecho de ser cristianos. Por lo menos aparentemente. Os digo que para ser cristiano de verdad, los jóvenes tienen que aceptar un martirio espiritual y moral que consiste en esto: -liberarse de la comodidad, de la diversión y del bienestar como ley suprema de la vida; -ser capaces de organizarse y desarrollar una plan de vida diferente, con otros objetivos, con otras prioridades, con otras distribuciones del tiempo, de los amigos, de las ocupaciones; -superar el menosprecio de los demás, sentirse orgullosos de ser cristianos y de vivir como cristianos digan lo que digan los demás, los periódicos, los grupos, los profesores, los compañeros, incluso la propia familia.

Los cristianos diluidos y desapercibidos terminan no siendo cristianos. Son como la sal sosa que no sirve para nada, como la luz mortecina y escondida que tampoco resuelve nada. Tendríamos que concretar esta ruptura y esta diferencia en un verdadero plan de vida, elaborado en grupo y asumido personalmente con fidelidad. Un plan que especificara nuestros Compromisos de vida. Y con algunos compromisos de acción.

Para hacer unas cosas hay que dejar otras; para dedicarse a una cosa hay que prescindir de otras posibilidades, no se puede estar en todo, no se puede vivir como todos, hay que escoger, diferenciarse, limitarse a lo que verdaderamente nos interese. Los que no sean capaces de renunciar no valen para este momento. Los jóvenes de ahora suelen dispersarse en muchas cosas. Para ser cristiano hay que saber escoger lo que verdaderamente nos ayuda y vale la pena.

No podemos olvidar aquellas palabras de Jesús que hacen referencia a la renuncia y a la efectividad del seguimiento: Si alguno ama a su padre o a su madre o a sus hermanos, más que a Mí no es digno de Mí. El que no renuncia a lo que tiene, toma su cruz y me sigue no puede ser mi discípulo. Deja a los muertos que entierren a sus muertos, Tú deja tus cosas y sígueme. El cristianismo “blando” se queda en palabras, en bonitas fórmulas humanitarias, pero no pasa a las obras ni a la efectividad.

No se trata de cosas extraordinarias, sino de ir construyendo poco a poco una Iglesia renovada, segura de sí misma, tranquila:

–Clara en la doctrina, con el Catecismo de la Iglesia Católica, en el dogma, en los sacramentos, en el sacramento de la penitencia, en el recuerdo de la vida eterna, en la moral personal, familiar y social, en el servicio generoso a los necesitados.

–Coherente en la conducta, práctica sacramental sobre todo Eucaristía y penitencia, vida en gracia en castidad y generosidad, moral sexual y familiar, moral económica, respeto a la verdad y a la justicia, aunque se pierda dinero, aunque tengamos conflictos, aunque se rían de nosotros.

Tenemos que darnos cuenta de que actualmente estamos viviendo en la mínima expresión de grupos, de presencias, de entusiasmos, de iniciativas apostólicas. Tenemos que ser capaces de ir creando cosas, de enriquecer y fortalecer nuestras parroquias. Y tenemos que insistir principalmente en estos puntos:

–Preparar familias jóvenes que vivan de verdad cristianamente, que recen juntos, que vivan en gracia de Dios, que acepten los hijos y las enseñanzas morales de la Iglesia, que sean capaces de transmitir la fe, las virtudes, la ilusión cristiana a sus hijos.

–Para eso tiene que haber grupos de jóvenes que se preparen intensamente para el matrimonio con verdaderas actitudes de fe, como una verdadera vocación y misión, que se apoyen en pequeños grupos y comunidades, que vivan bien apretados dentro de la parroquia.

–Y tiene que haber suficientes sacerdotes que sientan estos ideales, que se dediquen con entusiasmo a la formación cristiana de los jóvenes, que sean capaces de descubrirles las maravillas de la vida cristiana tal como Dios nos la está ofreciendo y regalando en Cristo, con toda la grandeza de sus horizontes, posibilidades y tareas.

Todo esto lo tenemos que hacer sin angustias, sin extremismos ni fanatismos, sin temores. De manera tranquila, poco a poco, sin querer forzar ni apresurar los tiempos de Dios o los tiempos de cada persona. Vayamos trabajando para ir construyendo desde abajo verdaderas comunidades cristianos, verdaderos grupos de familias cristianas, itinerarios de vida al servicio de la comunidad, entregados sin reservas y sin compromisos al seguimiento de Cristo, al anuncio del Evangelio y al servicio de los necesitados.

Que nadie se quede angustiado. Que nadie se sienta forzado a nada. Existe un verdadero talante cristiano que vale la pena recordar antes de terminar:

–La calma del sembrador. La confianza en la buena semilla. El Evangelio da sus frutos por sí solo cuando está bien presentado. Es una semilla fecunda y vigorosa. Tengamos paciencia.

–La autenticidad del discípulo. Nosotros cumplimos siendo fieles, diciendo lo que hay que decir, sin ocultar nada, sin añadir nada, sin acomodamientos ni concordismos de ninguna clase. La doctrina de Jesús es la que es y no le viene del todo bien a nadie. Pero nosotros no buscamos complacer a los hombres, sino ofrecerles la verdad de Dios, aunque al principio les asuste un poco.

–La humildad del siervo inútil. Hagamos lo que hagamos, todo es de Dios, todo requiere el apoyo de la Iglesia, de la tradición y la comunidad, sin personalismos, sin disidencias, sin pretensiones orgullosas y vacuas de originalidad, con una gran fe en la Iglesia que camina junta conducida por el Señor y el Espíritu Santo.

–Con la constancia y la paciencia de los santos. Vamos construyendo pequeños oasis de Iglesia en el desierto del mundo. Llegará un día en que lo llenaremos todo.

–Con confianza en la gente, en los hombres, en el mundo. Ahora y siempre, los hombres están hechos para Dios y se alegran cuando escuchan la Palabra de Dios bien presentada y lealmente propuesta. Hay que buscar los precedentes del evangelio en lo profundo de los corazones. Todos están hechos para ser felices como hijos de Dios.