Pues no es así

Ya está. Nuestro gobierno ha decidido que sea igual lo que es diferente. Da igual que se casen un hombre y una mujer, o que se casen dos hombres, o dos mujeres. Todo es matrimonio, y todos tienen los mismos derechos. Pues no, señor.

No se puede entender cómo nuestros gobernantes se han empeñado en una cosa tan absurda. Desde el punto de vista social y público ¿es igual el amor de dos personas del mismo sexo, que el amor entre un hombre y una mujer? Todo el mundo sabe que no son iguales los sentimientos, ni las relaciones, ni las consecuencias.

Con este paso no se corrige ninguna discriminación. Todos tienen derecho a contraer matrimonio. Es decir, a casarse con una persona del otro sexo. Si alguien, por lo que sea, no quiere o no puede hacerlo, habrá que ayudarle. Pero el remedio no es unirse con una persona del mismo sexo diciendo que eso es un matrimonio.

Con todo, si hay personas que quieren vivir así, a lo mejor está justificado que el Estado regule algunos aspectos y algunas consecuencias de esa convivencia. Pero que no se empeñen en equipararla con el matrimonio, porque no lo es. A no ser que cambien la definición literaria, la figura jurídica y la identidad cultural del matrimonio.

La equiparación de la convivencia entre dos personas del mismo sexo y el matrimonio entre hombre y mujer, implica al menos estas dos cosas,

1ª, que el matrimonio, entendido como unión de amor permanente entre hombre y mujer y lugar adecuado para la multiplicación de la vida, ha dejado de ser la célula básica de nuestra sociedad y nuestra convivencia. Algo inusitado, de consecuencias insospechadas.

2ª, Que el sexo de la persona sea considerado como una realidad indeterminada que cada uno puede dirigir y orientar como le parezca mejor. Por eso algunos hablan de “orientación sexual” en vez de hablar clara y directamente de sexo. En estas cuestiones cada uno puede orientarse como quiera. Todo es igual.

En el fondo de la cuestión está de nuevo la visión de la persona como dueña absoluta y última de su vida, sin ninguna referencia moral trascendente fundada en el reconocimiento del Creador o por lo menos de una naturaleza objetiva anterior a cada individuo. La persona es dueña absoluta de su existencia, creadora de sí misma, capaz por tanto de orientar su vida como le parezca. De nuevo el ateísmo como condición para alcanzar una quimérica libertad absoluta y autocreadora. Pero la realidad no es así. Prescindamos de consideraciones teológicas y aun religiosas. Todos, salvo alguna posible anormalidad de la naturaleza, nacemos con un cuerpo sexuado, masculino o femenino. Ocurre que la sexualidad humana no es pura genitalidad, necesita ser insertada en la vida personal y por eso cada persona tiene como tarea reconocerse a sí misma y desarrollar los sentimientos y las tendencias afectivas congruentes con su propia biología.

Una persona dotada biológicamente de sexualidad masculina o femenina, y con sentimientos, sensibilidad y tendencias del sexo contrario, se quiera o no, es una persona mal configurada, psicológicamente mal resuelta. Por eso lo “homo” no es igual que lo “hetero”. Se diga lo que se diga.

Decir esto no es ganas de buscar la confrontación, ni de menospreciar a nadie. Para mi todos son hijos de Dios y todos me merecen el mismo respeto. Pero como un varón no es igual que una mujer, aunque los dos tengan la misma dignidad, un “homo” tampoco es igual que un “hetero”, aun teniendo la misma dignidad y los mismos derecho personales. Es preciso decir esto con claridad porque la maduración personal de la sexualidad, en el hombre y en la mujer, además de ser un proceso biológico, es también un proceso psicológico, que necesita ser ayudado y dirigido para que termine bien, es decir para que termine en una personalidad del todo masculina o del todo femenina, en la cual lo biológico y lo psicológico coincidan.

Si esto no se dice con claridad, si nos callamos y dejamos que se vaya normalizando eso de que da lo mismo ser homo que hetero, es posible que nos encontremos dentro de poco con una verdadera epidemia de homosexualidad, fuente de problemas psicológicos y de frustraciones dolorosas.

Cuando hacemos estas advertencias desde la Iglesia no es por falta de afecto o de respeto hacia los homosexuales, sino para evitar la extensión de esta alteración que ocasiona muchos sufrimientos, para defender a nuestros jóvenes de experiencias equivocadas que pueden acarrearles muchas dificultades, y para decirles a los homosexuales que, si quieren, con ayudas bien dirigidas, pueden cambiar su situación.

La Iglesia considera deficientes y pecaminosas las relaciones erótico sexuales entre dos personas del mismo sexo, porque no expresan correctamente la sexualidad humana, tal como está inserta por Dios en nuestra naturaleza, que supone una cierta alteridad entre personas de distinto sexo y la capacidad conjunta para la procreación. No es ninguna injuria ni ninguna discriminación. También considera deficientes y pecaminosas las relaciones sexuales entre personas heterosexuales fuera del matrimonio o que excluyan expresamente la posibilidad de la multiplicación de la vida.

Hablar así hoy, no es “culturalmente” ni “políticamente” correcto. Puede incluso acarrear represalias violentas. No sería la primera vez. Sin embargo sí es cristianamente correcto, y por eso mismo es humanamente y socialmente correcto, justo y obligado. La sociedad española tiene que defenderse, rechazando por todos los medios legítimos que estén en su mano esta decisión del gobierno que de ninguna manera puede entenderse ni justificarse como un acto de servicio al bien común.

Ya era antes, pero la recta educación sexual de los niños, adolescentes y jóvenes comienza a ser un obligación urgente y grave de los padres cristianos, de los educadores, de los profesores, catequistas y sacerdotes, con el fin de ofrecerles a tiempo una formación clara, firme, abierta al crecimiento personal y afectivo, conforme con la naturaleza y con la sabiduría de Dios, en estas materias referentes a la sexualidad, afectividad, matrimonio, procreación y educación de los hijos, tan importantes para la perfección personal y la salud social. Y nos queda la obligación de hacer lo posible para eliminar esta ley arbitraria e injusta. Los años de los hombres son ante Dios como un día.