Un Dios viviente

Muchos no se dan cuenta, pero la gran cuestión de nuestro mundo y nuestra cultura es la cuestión de Dios. La pregunta que decide los perfiles de nuestra vida es la pregunta sobre Dios. Si hay Dios tenemos que entender la vida de una determinada manera. Si no hubiera Dios todo sería diferente.

La importancia de esta cuestión depende de cómo entendamos el significado de esta palabra misteriosa. Dios es un Ser infinito, que está presente por Sí mismo, sin que nadie lo haya hecho, independiente de nosotros, por cuya libre voluntad de amor y generosidad existimos todos los demás. Nuestra vida proviene de El, es como El la ha pensado y la ha querido. Somos hijos suyos, hechos a su imagen y semejanza y sólo alcanzamos la verdad de nuestra vida viviendo en su presencia y de acuerdo con su voluntad. Querer que las cosas sean de otra manera es como dar cabezazos contra la pared. La incredulidad, además de ser una equivocación, es un suicidio.

El reconocimiento de Dios juega un papel ineludible en nuestra vida personal. Cuando elegimos siempre elegimos lo que nos parece mejor. Eso supone que sabemos lo que es bueno y que buscamos el bien y la felicidad por encima de todo. Los creyentes sabemos que el bien absoluto es Dios, sabemos que nuestra vida y nuestra felicidad están en El y nos vienen de El. Quienes no quieren creer en el Dios de Jesús, sabiéndolo o sin saberlo, se imaginan otros dioses, otras fuentes de felicidad, en virtud de las cuales eligen unas cosas y dejan otras, buscan la felicidad de una manera y menosprecian las sugerencias de la fe y de la vida cristiana.

Podemos decir que todos vivimos buscando la felicidad de manos de algún dios, de un Dios verdadero o de los dioses falsos que cada uno se imagina. Pero los dioses imaginarios sólo pueden dar una felicidad imaginaria. Hay que salir de nuestras imaginaciones y buscar al Dios viviente, independiente de nosotros, al Dios que está delante de nosotros y por encima de nosotros. No vale de nada inventar los propios dioses, es preciso aceptar y adorar al Dios verdadero que se nos manifiesta y viene a nosotros por Jesucristo. El es el Hijo de Dios, hecho hombre, el rostro humano de Dios, el Dios presente y operante, el Dios providente, misericordioso y salvador.

Desde la Navidad, el calendario cristiano nos ido presentando los momentos más importantes de la intervención de Dios en favor nuestro. Nacimiento de Cristo, anuncio del evangelio de la salvación, la llamada a la penitencia y a la conversión, la muerte redentora de Jesús, su resurrección y ascensión a los cielos y finalmente la venida del Espíritu Santo.

Y después de ese recorrido la liturgia nos invita a dirigir nuestra mirada directamente al Dios vivo, actor y protagonista de esa maravillosa historia de solicitud paternal por el cuidado de nuestra vida, tal como lo podemos conocer gracias a N.S. Jesucristo. Jesús es el Hijo del Padre celestial que con su fidelidad y obediencia a la misión recibida es condenado a morir en la cruz, para ser luego resucitado por la fuerza del Padre y nos alcanza el don del Espíritu Santo de Dios.

De este modo, gracias a la historia de Jesús, llegamos a conocer al Dios verdadero de una manera sorprendente. Sabemos que Dios es uno y trino, tres personas distintas y diferentes, unidas entre sí como relaciones subsistentes que se suponen unas a otras y se unen en una misma naturaleza. Apoyándonos en la experiencia y en el testimonio de Jesús sabemos que tenemos ante nosotros un Dios personal, tripersonal, que vive que piensa, que se relacionan directamente con nosotros, que están presentes en nuestra alma y dejan en nosotros la huella de su presencia.

Esta fe nos permite comprender mejor el misterio de nuestra existencia personal, imagen y morada de la Trinidad, y nos da la clave de la socialidad de nuestra existencia. Vivir es convivir, relacionarse con otras personas, compartir la vida en el abrazo de un amor espiritual, un amor generoso, un amor verdadero y vivificante.

La fe en la Trinidad nos permite comprender mejor nuestra propia existencia, y nos da la clave para comprender el dinamismo y hasta el dramatismo de nuestra vida personal y la historia de la humanidad. Los hombres somos hijos de Dios reunidos por el Hijo Unigénito Jesucristo, Jesús nos hace hijos y nos conduce con el hasta el corazón de Dios en el que recibimos el gran don del Espíritu que nos hace vivir en comunión de afectos y de vida con el Padre celestial.

La Iglesia es la humanidad que conoce su parentesco con el Dios trinitario y vive habitado por las divinas personas, enlazado por la unidad del Amor que es el Espíritu Santo. Nadie debería quedar indiferente en un día como hoy. La fiesta de la Trinidad es la fiesta de nuestro Dios, de nuestro principio, del manantial secreto de nuestra vida, del centro y el atractivo de nuestro corazón, del océano profundo de donde nacemos y en el que desembocan nuestras vidas.