LA IGLESIA PROMOTORA DE VIDA, SOLIDARIDAD Y PAZ 17-02-2008

Las razones que vive la Iglesia y por las que lucha en todo momento, como tantas otras instituciones, son la cultura de la vida, la generosa solidaridad y la paz duradera. No cabe duda de que en el recorrido de su Historia ha tenido “momentos oscuros” –como decía Juan Pablo II- pero la mayor parte de las veces ha mostrado la grandeza de aquello en lo que cree y espera. Nadie se extraña cuando proclama, y con valentía, aquello que debe identificar el progreso de la dignidad humana. El ser humano es la criatura más excelsa que Dios ha podido hacer y es lo más sagrado de la naturaleza. No en vano Jesucristo nos dice en el Evangelio, que, quien “ame a Dios y cumpla su Palabra” será digno hogar de la Trinidad. No hay templo más digno que la persona humana. Ya desde su concepción, en el seno de la madre, la criatura es “morada viva de Dios”.

La Iglesia es defensora de la vida porque de la vida somos administradores pero no creadores ni poseedores y si hay vida, por muy incipiente que sea, es sagrada. El Evangelio, que es designio de Dios y promesa de plenitud nos muestra este estilo de creer y de amar. Y la Iglesia ha de ser fiel a este mensaje que muestra la lucidez de la verdad, el camino de la dignidad y la vida como sentido de humanidad. Varias instituciones eclesiales abren sus puertas a madres que dentro de la desesperanza quieren que alguien les tienda su mano amiga y les permita conservar el fruto de sus entrañas. Gracias a esta generosidad muchas madres han encontrado sentido a su vida y han respetado el don de la vida que iba creciendo en su seno.

La Iglesia no se margina de la sociedad, está en medio de ella llevando un mensaje de amor solidario. Pensemos en la estupenda labor de formación en humanidad que da la fe cristiana: en tantas parroquias, en tantos matrimonios y familias, en tantas congregaciones o asociaciones, en tantos colegios, en centros de acogida para pobres y marginados, en multitud de misioneros, en personas voluntarias que se ofrecen para ayudar a necesidades diversas y distintas. Si por un casual desapareciera todo lo que realiza la Iglesia a favor de la educación, de los necesitados y de la labor apostólica, la sociedad se resentiría gravemente. No caigamos en la tentación de mirar las cosas sin analizarlas bien. Es muy fácil dar una opinión o incluso hacer una crítica pero también se ha de ser justos a la hora de valorar lo que realiza la Iglesia y el bien que ha hecho durante siglos.

La Iglesia es promotora de paz y lo hace centrándose en el corazón humano. Ella cree que el príncipe de la paz es Jesucristo y por ello muchos nos sentimos aliviados cuando recurrimos a los sacramentos y encontramos el perdón de Dios. La paz va creciendo a medida que crece el amor y la misericordia. Como ocurre en una familia, cuando las discusiones desembocan en distancias y separaciones, lo único que puede restañar tal drama es el amor lleno de misericordia y perdón. Todos tenemos sed de paz y se han de buscar caminos para alcanzarla; es imposible llegar a la paz cuando el corazón está endurecido y mucho menos cuando el odio es el motor de los actos. Creo en la Iglesia y en quien la ha fundado, que es Jesucristo. Y, a pesar de sus miembros que pueden caer en la infidelidad, cada día creo y amo más a la Iglesia. Es mi madre del alma y en ella me abandono.