LAS LUCES QUE HOY NOS REGALA EL ESPÍRITU 21-09-2008

Siempre ha ocurrido en la historia de la humanidad y en la historia de la Iglesia que en momentos difíciles el Espíritu Santo ha enviado luces especiales que han iluminado la realidad humana y han fortalecido a la comunidad eclesial. Lo mismo sucede hoy y por ello nada hemos de temer para ser solícitos en la esperanza. En los momentos de crisis y ante la apariencia de no vislumbrar el horizonte siempre han surgido en la Iglesia corrientes de santidad que han precedido y acompañado personas carismáticas. Reconocer estos dones es dar carta de ciudadanía a la presencia del Espíritu entre nosotros porque estos destellos de luz proceden de él y no de la fuerza humana.

 

           El Papa Benedicto XVI, el día 17 de mayo de este año, decía a un grupo de Obispos: “Los movimientos eclesiales y la nuevas comunidades son una de las novedades más importantes suscitadas por el Espíritu Santo en la Iglesia para la puesta en práctica del Concilio Vaticano II. Se difundieron precisamente después del Concilio, sobre todo durante los años sucesivos, en un período lleno de grandes promesas, pero marcado también por pruebas difíciles. Pablo VI y Juan Pablo II supieron acoger y discernir, alentar y promover la imprevista irrupción de las nuevas realidades laicales que, con formas diversas y sorprendentes, daban de nuevo vitalidad, fe y esperanza a toda la Iglesia”.

 

           Todos sabemos que hoy es muy difícil evangelizar ante tantas ofertas que la sociedad presenta. Sabemos también que la Iglesia viene atacada por varios frentes y desde diversas instancias. Por ello es el Espíritu que en cada tiempo muestra su rostro de modo especial a través de sus luces y carismas. No hemos de retraernos y menos de acomplejarnos sino de mirar toda la realidad con la fuerza del amor y de la esperanza. El mismo Papa Benedicto XVI sigue diciendo que salir al encuentro de los movimientos y las nuevas comunidades se ha de hacer “con mucho amor y esto nos impulsa a conocer adecuadamente su realidad, sin impresiones superficiales o juicios restrictivos, que no son un problema o un peligro más, que se suma a nuestras ya gravosas tareas. ¡No! Son un don del Señor, un valioso recurso para enriquecer con sus carismas a toda la comunidad cristiana, Por eso, es preciso darles una acogida confiada que les abra espacios y valore sus aportaciones a la vida de las Iglesias particulares”.

 

            El Papa Benedicto XVI es quien nos invita a los Obispos y pastores para que “acompañemos con solicitud paterna, de modo cordial y sabio, a los movimientos y las nuevas comunidades, para que puedan poner generosamente al servicio de la utilidad común, de manera ordenada y fecunda, los numerosos dones de que son portadores y que hemos aprendido a conocer y apreciar: el impulso misionero, los itinerarios eficaces de formación cristiana, el testimonio de fidelidad y obediencia a la Iglesia, la sensibilidad ante las necesidades de los pobres y la riqueza de vocaciones”.

 

             He conocido y conozco a muchas personas que han dado un giro copernicano a su vida gracias al encuentro con estos carismas. La conversión no está planificada desde propuestas estructuradas intelectualmente ni por la propia voluntad sino desde un encuentro con Jesucristo que mueve el corazón y la mente hacia el Bien que es Dios y al que la persona se entrega sin reservas sabiendo buscar su regazo de misericordia. Si los frutos del Espíritu son la alegría, la paz, el amor, la armonía de vida… bien podemos afirmar que su sello se hace patente entre nosotros en estas experiencias de conversión.