LA GRANDEZA Y BELLEZA DE LA CASTIDAD 12-10-2008

Una de las causas que produce el hastío de vivir es la desmedida y nociva provocación a la que están llegando las relaciones sexuales. No nos percatamos del mal que hace en los niños, en los preadolescentes, en los jóvenes y hasta en los adultos. Es un despropósito tan evidente que hasta los mismos siquiatras y sicólogos están preocupados, asustados y sobrepasados. Basta ojear las encuestas que están saliendo en los medios de comunicación e inmediatamente nos echaremos las manos a la cabeza sorprendidos y aturdidos por tal situación.

            La vida es tan hermosa que no puede despilfarrarse y menos marchitarse por una falta de justa dicción en el lenguaje de este amor que está inscrito en la propia naturaleza y que como a una hermosa flor se la destruye por la pasión desbocada y por la excesiva y nociva relación entre las personas. La armonía que Dios ha creado se está desfigurando y por ello hoy se ha de proclamar con mayor insistencia en la castidad por honestidad y nobleza de miras. La promiscuidad en las costumbres: animaliza las relaciones y provoca desidia, desorden, amargura, deshumanización y tristeza interior.

             El Catecismo de la Iglesia Católica en el nº 2339 afirma que “la castidad implica un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la libertad humana. La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado”. La castidad no es, como muchos piensan, una represión a los afectos de la persona, es más bien una libertad controlada y gozosa. Sucede lo mismo que cuando al caballo se le quiere controlar y por experiencia se sabe que basta con ponerle bien la brida y utilizarla en el momento que se quiera sobrepasar o desbocar; entonces el jinete y el caballo serán libres pues de lo contrario el golpe puede ser mortal.

             La castidad no es algo que pueda contradecir a la misma racionalidad. Es la expresión más nítida de la misma. De ahí que sea un valor y una virtud. “El dominio de sí está ordenado al don de sí mismo. La castidad conduce al que la practica  a ser ante el prójimo un testigo de la fidelidad y de la ternura de Dios” (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2346). No cabe duda que las relaciones humanas serán mejor si son más sanas y la salud de las mismas vendrán propiciadas por el amor que Dios ha implantado en el seno de la misma naturaleza. Sin esto el ser humano pierde sus propios papeles y su dignidad queda atrapada en la maraña de una madeja que ata y entorpece. No son momentos para lamentaciones sino poner manos a la obra y ayudar, desde las distintas instancias, a los niños y jóvenes en el aprendizaje de la castidad. En el futuro nos lo agradecerán. En la Virgen María encontraremos a una Madre que nos ayude a conseguir tal objetivo.