EL DON DE LA INDULGENCIA PLENARIA 25-01-2009

El próximo 25 de enero celebraremos la fiesta de la Conversión del apóstol San Pablo, en el corazón de este Año santo dedicado a los dos mil años de su nacimiento. Ese día, todos los fieles que asistan a la eucaristía en cualquier iglesia de Navarra podrán obtener el don de la indulgencia jubilar. Muchos se preguntarán qué es la indulgencia plenaria y qué aporta a nuestras vidas.

San Pablo nos presenta la vida del cristiano como un continuo combate, en el que constantemente experimentamos nuestra fragilidad. El apóstol lo define así: “Querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero” (Rm 7, 18-19). Sabemos lo que está bien, pero hacemos lo contrario. Por eso, los hombres necesitamos ser salvados de nuestras contradicciones y de todas las secuelas que el pecado deja en nuestras vidas. Jesucristo es nuestro Salvador. Él vino para “dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4, 22).

Jesús no se cansa en repetir a lo largo de todo el Evangelio que ha venido a curar, a salvar lo que estaba perdido, a dar su vida en rescate por nosotros, por el perdón de los pecados. Con quienes Jesús no tiene nada que hacer es con quienes se tienen a sí mismos por justos: los que creen que no han de arrepentirse de nada y que no necesitan de nadie que les perdone y les salve. A quienes así piensan, Dios les sobra.

El perdón de los pecados lo recibimos en el bautismo, pero el nuevo nacimiento en la fuente bautismal no suprime nuestra fragilidad y debilidad. La vida nueva en Cristo la llevamos en unos “vasos de barro”, que somos nosotros mismos y puede ser debilitada e incluso rota. Por eso necesitamos de un nuevo sacramento que la restaure. Para eso, Cristo, el único que tiene “poder para perdonar los pecados” en nombre de Dios (Mc 2, 7), transmitió a su Iglesia el poder de perdonar de nuevo los pecados a quienes cayeran tras el bautismo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados: a quienes se los retengáis les quedan retenidos” (Jn 20,23). Este perdón nos llega siempre de forma personal, pues cada persona es irrepetible, única, con sus necesidades específicas, con sus dolencias propias, que Dios quiere sanar y curar.

Sin embargo, los pecados, aun después de perdonados, dejan en nosotros unos restos, en forma de recuerdos y sentimientos que nos pueden atraer de nuevo hacia el mal y dificultan la concentración de nuestra vida en el camino del bien, del amor a Dios y al prójimo. No desaparecen de repente, sino que requieren un tiempo de purificación, con el penoso esfuerzo para mantenerse y avanzar en el camino del bien. Así lo vivió San Pablo en primera persona (2 Cor 12,7). Esto es lo que llamamos pena temporal, cuya purificación se hace en esta vida y, si no se ha terminado de hacer, se tendrá que hacer después de la muerte, antes de entrar plenamente en el gozo de la vida eterna, en ese estado transitorio de purificación que llamamos Purgatorio.

La indulgencia es un don maravilloso y totalmente necesario para nuestra santificación, pues mediante ella quedan canceladas todas las penas debidas por los pecados perdonados. Juan Pablo II, cuando convocó el gran Jubileo del año 2000, definió la indulgencia como un “don total de la misericordia de Dios”, pues “nos ayuda a purificar las consecuencias que quedan en nuestro corazón de los pecados ya perdonados”. Ello acontece gracias a la intercesión de los santos y la mediación de la Iglesia, que se aplican a nuestro favor. Las indulgencias suponen un maravilloso intercambio: Nosotros recibimos la ayuda de los santos, y también nosotros, con nuestro amor y nuestras obras buenas, podemos ayudar a otros hermanos a purificarse interiormente. Este es el admirable “tesoro espiritual”, que la Iglesia nos ofrece en cada año santo. Aprovechemos esta gracia extraordinaria para purificar nuestro corazón, romper las dependencias que nos atan a los pecados del pasado, y caminar, como San Pablo, con gozo por el camino de la santidad, para alcanzar el premio al que Dios nos llama en Cristo Jesús.