El fruto de la fe es el amor

Las enfermedades no son solo físicas sino también morales y espirituales. La debilidad moral que sufre, de modo especial occidente, es preocupante y puede llevar a la sociedad por caminos erróneos y destructores; es el hecho de que se necesita mayor ímpetu para que no falte el amor y la fraternidad. La falta de amor es el gran drama de occidente y es fruto de una fe endeble. La fe no es algo meramente intelectual que nos hace creer en Dios, la fe es mostrar con la vida y con los hechos que el amor nos une y nos compromete en el servicio y ayuda a los demás. La fe está muerta si no hay obras de caridad.

Sólo existe un único amor y es el amor de Dios. Si amamos a Dios profundamente, amaremos a nuestro prójimo con igual intensidad, porque a medida que va creciendo nuestro amor por Dios, crece nuestro respeto por todo lo que él ha creado y aprendemos a reconocer y apreciar todos los regalos que nos ha hecho. Dios hizo el mundo para que lo disfrutemos los seres humanos: el gozo al descubrir su bondad en todas las cosas, la alegría de saber que él se preocupa por nosotros y admiración en las pequeñas cosas que él hace por nosotros a lo largo del día como es la vida, el aire para respirar, la posibilidad de comer… Es de esperar que nos acordemos de agradecérselo y, al recordar y constatar su amor por nosotros, amémosle más a él, al ver que él se ocupa de nosotros. Sencillamente, no podemos resistirnos. En la vida no existe la suerte o el azar, en la vida existe sólo el Amor de Dios

Con esta lozanía viven los creyentes. Si nos preguntan la razón de la entrega, la respuesta ha de ser siempre la misma: “Me entrego por amor a Jesucristo en los demás”. Esta fe nos mueve y por ello hemos de decir que el amor empieza en casa: primero la familia y luego el pueblo o la ciudad. Es fácil amar a personas que se encuentran lejos, pero no siempre resulta fácil amar a los que viven con nosotros o a los vecinos de nuestro portal. Las cosas no se han de hacer ‘a lo grande’ o en los ‘momentos importantes’, el amor comienza en las relaciones sencillas de cada día con las personas que están a nuestro lado.

La fe es una constante y permanente gimnasia de amor, puesto que de nada sirve decir que se ama a Dios si no se sirve, en la caridad, al hermano que tengo al lado en el momento presente. La herejía más profunda que hoy existe es la falta de caridad y amor. En el compartir diario se va haciendo un recorrido que lleva por el camino de la santidad. Los santos siempre se han basado en estos dos amores: amor a Cristo y amor a los pobres. No han cesado de trabajar por este único Amor. Su experiencia se ha hecho luz en el camino de muchos que los han seguido. A una persona santa la preguntaban: “¿Por qué la sigue tanta gente? Yo sigo a Cristo y los demás me siguen”. La fe no es cuestión de frías elucubraciones, ni de grandes discursos; la fe está viva y es fuerte si el corazón está enardecido de amor a Dios y al prójimo. Sólo el amor de Dios puede hacer presente a Dios y la fe es fruto de la presencia amorosa del Resucitado en medio de nosotros.

 

+Mons. Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela