La fe comporta confianza

Cuando San Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, Jesús le declara que esta revelación no le ha venido «de la carne y de la sangre, sino de mi Padre que está en los cielos» (Mt 16,17). La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él. Para dar esta respuesta de la fe, nos recuerda el Concilio Vaticano II, es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con los auxilios interiores del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos gusto en aceptar y creer la verdad. Para caldear este don se nos pide ser más orantes, es decir, recrear en nosotros la amistad con Dios. De esa amistad se fortalece la fe. El fruto que produce es aumento de fe y mayor amor a Dios.

La oración que más agrada a Dios es la de la confianza. En el corazón se siente un alivio especial puesto que no son las circunstancias personales, familiares o sociales las que motivan la hondura del corazón sino el ardor que hay dentro de él. Todo coopera al bien de aquellos que creen y aman a Dios. Pasarán todas las cosas pero Dios no pasa nunca. Si en Él depositamos todas nuestras alegrías o penas, salud o enfermedad, fracasos o logros… no sólo sentiremos su compañía sino también su presencia en nosotros y en medio de nosotros. La oración caldea y templa nuestra vida, sin ella nos sentiremos faltos de fuerzas y hasta huérfanos.

Confiar realmente en la providencia de Dios da una verdadera libertad, comentaba una religiosa que trabaja en el servicio a los pobres, más pobres, de Calcuta. Y ella misma testificaba que Jesucristo es el que ha de tomar la iniciativa en nosotros, que él tome lo que quiera de nosotros, tomemos lo que él nos ofrece y ofrezcamos lo que nos ha dado con una sonrisa. De esta forma aceptaremos los planes de Dios y manifestaremos que le estamos agradecidos.

La confianza lleva a la aceptación. Cuentan de un dentista, llamado Mark, que los tiempos libres se dedicaba a ayudar, en la labor hacia los pobres, a las Misioneras de la Caridad de Madre Teresa de Calcuta y las contaba que la oración le animaba a compartir su vida con los necesitados y a aceptar el designio de Dios. «Recuerdo, decía, que mi esposa estaba en estado y el embarazo era difícil y muy complicado. Lo primero que se me ocurrió fue rezar para que el niño viviera. Pero entonces me di cuenta de que me equivocaba de plegaria: tenía que pedirle a Dios la fuerza necesaria para aceptar sus designios sobre nosotros». Esta anécdota ilustra la verdadera forma de orar con fe y con el sentido profundo de la aceptación. La oración nunca debe ser interesada, puesto que los designios de Dios son a veces contra-puestos a los nuestros. La oración verdadera produce mayor fe y confianza en Dios.

 

+Mons. Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela