LOS SACERDOTES Y SEMINARISTAS SIGNOS DE ESPERANZA PARA LA SOCIEDAD 11-10-2009

             Me alegra que este año el Papa Benedicto XVI lo haya dedicado al sacerdocio y como consecuencia también en aquellos que se preparan para ser sacerdotes. Los sacerdotes y seminaristas son signo de esperanza  para la sociedad. Si algo hemos de ser hoy es testigos de la esperanza. Ante las situaciones que nos acosan y las circunstancias que nos encogen hemos de anunciar con alegría y espíritu fuerte que no hemos de perder la esperanza. Para ello se necesitan personas que sepan mostrar esta medicina espiritual que restaura a una sociedad caída y traumatizada por los sucesos y algunos horribles como son las luchas fratricidas o las leyes destructoras de los más sagrado que tiene el ser humano: la vida. Los creyentes no debemos acobardarnos y menos renunciar a la pretensión de verdad que procede de Dios y él es la única razón de la esperanza.

             El terror, la angustia de las guerras, el desastre natural de los terremotos, las enfermedades… nos hacen daño en lo más íntimo de nuestro ser. La tentación que nos embarga es la de caer en la tristeza y en la de cruzarnos de brazos. En momentos duros y fuertes hemos de poner mayor apoyo en el Señor de la vida y de la historia y desde él trabajar por hacer un mundo mejor entregando las propias fuerzas y amando con locura, al estilo de Cristo, a todo ser humano. Es la lección que nos da Jesucristo desde la Cruz y desde su entrega generosa por nosotros.

             Ante tantas realidades anómalas e incomprensibles que invitan, por si mismas, a la desilusión no hemos de perder la mirada de forma absurda, fijándonos sólo en ellas de forma superficial; en la entraña de las debilidades y dificultades del ser humano se hallan motivos para la esperanza. Las cosas de aquí acaban y tienen su fin; las de arriba permanecen y son eternas.  Como decía San Agustín: “No busques la quietud en las cosas inquietas”.

 

              Los sacerdotes y los candidatos al mismo, los seminaristas, son promotores de esta esperanza. Como buenos administradores de los misterios de Dios son el aliento y el alivio de los hombres y mujeres de hoy. Son, en las circunstancias tan complicadas de nuestra sociedad semillas de esperanza. El ministerio sacerdotal que han recibido o van a recibir, como regalo de Dios, les hace ser don para los demás. Se alegran con el que se alegra y lloran con el que llora, atiende las necesidades del hombre contemporáneo y le muestran el rostro de Cristo que ha venido para salvar al ser humano del pecado y de la muerte eterna. Gracias a sus palabras y gestos sacramentales Cristo sigue haciéndose presente en la sociedad.

             Los sacerdotes son la mediación que hace posible la permanencia histórica de Jesucristo cuando perdonan, absuelven y realizan –por gracia de Cristo- que él mismo se haga vivo y presente en el sacramento de la Eucaristía. El sacerdote es pertenencia de Cristo, como lo fueron Pedro y los Apóstoles, a pesar de sus debilidades. Los jóvenes que sienten la llamada para seguir a Cristo son ya en ciernes semillas de Esperanza puesto que han puesto la base fundamental de su vida en aquel que ha dicho que nunca defraudará y que  da la Vida. La existencia humana tiene un sentido de plenitud y de felicidad y a esta no la encontraremos, como dice San Agustín, en la región de la muerte. No está allí. No puede haber felicidad donde ni siquiera hay vida verdadera. Es feliz quien sabe hacia dónde va y cuál es su meta. Quien espera en la superficie de las cosas es como el que otea el panorama de una vida sin rumbo, ávido de llenar los propios vacíos con la aridez terrena. La esperanza no es mera curiosidad superficial ni banal apreciación de la vida, es saber que la certeza de las cosas tiene su única fuente y fin en Dios.