EVANGELIZADORES COMO JAVIER (MISIONEROS CON TU IGLESIA DIOCESANA. ¡TÚ TAMBIÉN) 29-11-2009

San Francisco Javier fue convertido y transformado por la fuerza del Espíritu Santo y no se volvió atrás. Fue un enamorado de Cristo; alguien a quien Cristo inundó de su amor y que se dejó conducir por él, no sin una profunda lucha interior hasta dejarlo todo, como pide el evangelio. Dijo Jesús a sus discípulos: “Quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?” (Mt 16, 24-26).

El misionero es alguien que lo ha dejado todo por Cristo, y no por un Cristo idealizado o lejano, sino por un Cristo Dios que le salió al encuentro y le cautivó, lo venció y lo convenció como a Pablo, a Pedro, a Felipe, a Juan y Andrés…  Es imposible anunciar auténticamente a Cristo si no se ha tenido experiencia de él. Y tanta mayor será la fuerza y eficacia de la palabra del misionero, cuanto más fuerte haya sido su experiencia del Señor y de su Palabra. La fe cristiana no se fundamenta en teorías aprendidas en los libros o en las universidades, aunque esto también sea conveniente, sino más bien en el silencio del amor, en la escucha y respuesta de la Palabra, en la oración y en la decisión generosa ordinariamente después de haber sostenido alguna lucha.

Sobre la importancia de la experiencia de Cristo y de su Espíritu, en la historia de la Iglesia y en la del misionero, escribía Juan Pablo II: “La misión de la Iglesia, al igual que la de Jesús, es obra de Dios o, como dice a menudo Lucas, obra del Espíritu. Después de la resurrección y ascensión de Jesús, los Apóstoles viven una profunda experiencia que los transforma: Pentecostés. La venida del Espíritu Santo los convierte en testigos o profetas (cf. Hch 1, 8; 2, 17-18), infundiéndoles una serena audacia que les impulsa a transmitir a los demás su experiencia de Jesús y la esperanza que los anima. El Espíritu les da la capacidad de testimoniar a Jesús con «toda libertad» (RM 24). “El misionero es un testigo de la experiencia de Dios y debe poder decir como los Apóstoles: «Lo que contemplamos acerca de la Palabra de vida, os lo anunciamos» (1 Jn 1, 1-3)” (RM 91).

Francisco Javier nació y creció en el seno de una familia y de un grupo inundados de Dios. El misionero no es alguien que se decide a ser testigo de Cristo por un momento de euforia personal. El misionero nace en el seno de una comunidad penetrada, caldeada y guiada por el Espíritu Santo. Seguramente la primera de estas comunidades ha sido la familia. Luego pudo haber sido la comunidad parroquial o el grupo. Cuando existe una comunidad viva surgen vocaciones al sacerdocio, a la vida religiosa, a la vida misionera. Aquel pequeño grupo de jóvenes fogueados por Ignacio o mejor por el espíritu de Jesús que resplandecía en Ignacio fue capaz de renovar la Iglesia en tantos lugares y de llevar a cabo misiones delicadas e importantes como es el caso de Francisco Javier.

Ello quiere decir que hemos de potenciar en nuestras parroquias estos grupos vivificados por la presencia del Espíritu de Cristo. De ahí saldrán vocaciones genuinas que podrán “relevar” a nuestros misioneros y misioneras, porque en estos grupos se vive el amor recíproco, la palabra de Dios, la comunicación de vida y experiencias, el acompañamiento o dirección espiritual, la alegría del Espíritu, la disponibilidad. Que esta Jornada de la Misión Diocesana de Navarra haga vibrar de esperanza a nuestras familias, a nuestras parroquias y a todas las comunidades cristianas.