¿TIENE SENTIDO CREER HOY EN LA IGLESIA? 08-11-2009

        Muchos son los que afirman que la Iglesia está llegando a su fin y es algo irreversible. Otros se afianzan en las propuestas de un materialismo exagerado para desprestigiar todo lo que huela a religioso, no conciben la vida y no la entienden sino sólo y exclusivamente desde la inmanencia; lo transcendente, para ellos, no existe. Pero lo que me duele profundamente es el hecho de que haya cristianos-católicos que se dejen llevar por los vientos de este nuevo paganismo movidos al son del aire que llega. Es una pena que los de dentro pongan en tela de juicio la vida de la Iglesia puesto que es aquella que al  estilo de una madre entrega lo mejor de sí y lo más entrañable; los detractores no reparan en el daño que hacen y se hacen.

         La Iglesia no es una invención humana y menos una institución que ha de ponerse en la sociedad como una más de las que hay. La Iglesia, esa Iglesia que todos conocemos con sus virtudes y sus fallos, fue instituida, constituida y fundada por Jesucristo. Y es a la que yo amo con toda mi alma porque si algo me ha dado y me sigue dando, con su Palabra y sus Sacramentos, es a Jesucristo que ha muerto en la Cruz por amor a mí y a todos y sigue vivo y presente porque ha Resucitado. No me importa ninguna otra cosa puesto que si alguien garantiza la vida y existencia de la Iglesia no somos los hombres y mujeres que la componemos, sino Cristo que sigue diciéndonos: “Yo estaré con vosotros hasta el final de los tiempos”.

          Celebramos el día 15 de este mes la Jornada de la Iglesia Diocesana que quiere recordar y dar a conocer la grandeza de esta familia que sigue mostrando al mundo el rostro de Cristo y que tiene en su depósito las fuentes vivas, los sacramentos, de donde emanan las gracias que hacen más digna la vida humana. La Iglesia está al lado de todos desde que nacemos hasta que morimos, basta pensar en los momentos que en familia celebramos la feliz dicha de un niño recién nacido al que posteriormente se le bautiza, un matrimonio que se casa o el momento del fallecimiento de algún ser querido; el templo se convierte en los brazos abiertos de la Iglesia.

          Desde el momento que hemos recibido el Bautismo somos miembros vivos de esta Iglesia y por tanto somos de la misma familia. No podemos permanecer al margen de ella y todo lo que en ella realicemos a través de las parroquias, de las asociaciones que agrupan a cristianos con objetivos evangelizadores, litúrgicos, sociales, misionales, educativos o caritativos, serán siempre acciones de la misma Iglesia. Si esto se hace en unidad y en comunión mutua donde  el obispo, sacerdotes, miembros de vida consagrada y laicos se funden en una verdadera fraternidad, entonces se puede hablar de una Iglesia viva y anunciadora del mensaje de Cristo.

          Peregrinos aún por este mundo la Iglesia necesita de la ayuda material para poder sustentar tantos templos que en nuestra tierra de Navarra abundan y tantos gastos que generan las acciones que en ella se realizan y sabiendo que si alguien ha de tener cuidado de los más necesitados son los miembros de la misma Iglesia. A la Iglesia también tenemos que sostenerla económicamente entre todos. Hoy tiene sentido no sólo creer en ella sino también quererla y ayudarla del mismo modo que ayudaríamos a un ser querido.