EL TIEMPO NUNCA TOMA VACACIONES 10-01-2010

         Ya llevo entre vosotros dos años y como Obispo catorce. El día 6 de enero (día de la Epifanía) del año 1996 el Papa Juan Pablo II me consagró en la Basílica de San Pedro de Roma para, como sucesor de los apóstoles, os confirmara y os ayudara en la fe, amor y gracia de Jesucristo. Me resulta sorprendente que Cristo se haya fijado en mi persona. De ahí que me venga la misma respuesta que le dio San Pedro: “Tú lo sabes todo, sabes que te amo”. Si entonces tenía cuarenta y ocho años ahora han aumentado y el día 13 de este mes de enero cumpliré los sesenta y tres. Agradezco a todos los diocesanos su sencilla pero profunda oración y unión en la fe que profesamos en el Credo. Esta es la mejor felicitación.

         Durante este tiempo me he sentido muy bien acogido por parte de todos vosotros y de modo especial por los más inmediatos colaboradores como son los sacerdotes y junto a ellos los religiosos y agentes de pastoral. Espero que sepa corresponder. Durante estos años los eventos y acontecimientos que hemos vivido con gran gozo han sido muchos y han sido como eslabones que han ido señalando los distintos momentos históricos de gracia divina para mostrar los valores fundamentales que están enraizados en nuestra tierra de Navarra y que han sido generados por el Evangelio del Señor.

          Cada momento que pasa compruebo más la velocidad de los días que corren de forma vertiginosa y parecen momentos tan rápidos que uno por más que insista no puede detener. ¡Cómo pasa la vida! El único que nunca toma vacaciones es el tiempo.  Y si esto es cierto mucho más verdadero es saber que Dios está con nosotros y en él hemos de poner, a través de la época que pasa, todas nuestras esperanzas.  Lo hemos celebrado estos días de Navidad. Como creyente y como cristiano me hallo más contento y feliz a medida que la fragilidad de los años hace mella por mucho que se nos diga que somos jóvenes aún. Me parezco a los niños que cuando se caen fijan la mirada en el padre y en él se sostienen y después gozosamente sonríen. ¡Qué frágiles y poca cosa somos, pero qué grande es tener a un Padre que nos ama y quiere!

           Miremos hacia arriba teniendo bien puestos los pies en el suelo. Los años no vienen, sino que se van. “El cuerpo es como el traje del alma. Y, como tal, se desgasta con el uso” (San Agustín, In Ps. 101, 2,14). La vida se ha de invertir bien para el futuro y esto no es desentenderse del presente y menos de los compromisos del propio estado y vocación personal, al contrario quien tiene bien puesta la mirada en la meta vive cada paso con mayor entrega. No se cansa de caminar y sabe sufrir las propias inclemencias.

           En vez de lamentarnos contra los tiempos que corren hemos de recordar “que en esta tierra ni la vida ni los tiempos son buenos. Solamente se puede hablar de ‘buenos tiempos’ cuando se hace referencia a la eternidad. Aquí hablamos de días que vienen y se van; allí hablaremos de ‘un día sin término’. Éste, y no aquellos, debe ser el objeto de nuestros deseos” (San Agustín, Serm. Caillou 92,2). Que sigamos el camino sin miedos y temores, es el deseo que me embarga y al que os invito a todos. Conduzcamos nuestra vida hacia la altura, como si fuéramos conducidos hacia mar adentro. Ese mar adentro que es la vida que no tiene fin y es eterna.