TESTIGOS DEL AMOR MISERICORDIOSO Y ESPERANZADO. CARTA EN EL DÍA DEL SEMINARIO. 19-03-2010

            Hay una cierta preocupación interior, en el ser humano, de querer colmar los deseos que anidan en lo más hondo de cada uno. El deseo, dirá San Agustín, es la sed del alma. La esperanza y la misericordia son el alivio del deseo. La certeza de la realidad viene colmada por la verdad de Dios que cumple lo que promete. “Confía en Dios: él siempre da lo que promete. Sabe lo que promete porque es la Verdad. Puede otorgarlo porque es la omnipotencia. Dispone de ello porque es la Vida misma. Ofrece todas las garantías porque es la eternidad” (San Agustín, In ps. 35,13). La esperanza es luz que ilumina los pasos de la vida puesto que la lleva por el camino que conduce a un término feliz y lleno de plenitud. Es  como el peregrino que aún sufriendo en el camino sabe cuál es su destino y al pensar en él se emociona sabiendo que un día llegará. La semilla de la esperanza crece con el tiempo y al final su fruto es abundante. Cumple con su cometido, no engaña.

           Hoy se requieren hombres y mujeres que testifiquen con su vida la esperanza que rompe con toda tristeza, porque ésta se cultiva cuando no hay seguridad de una felicidad eterna: sin embargo, la plenitud de alegría es fruto de una promesa que se cumplirá. La vida de la vida mortal es la esperanza de la vida inmortal. Los cristianos tenemos el deber de ser mensajeros, ante las circunstancias que nos rodean, de la esperanza que va más allá de las falaces esperanzas que nos muestra el materialismo, el hedonismo o el placentero egoísmo. Los que se preparan para ser sacerdotes y los sacerdotes tienen además la misión de llevar, aunque sea en vasijas de barro, el amor de Cristo que es la levadura de la esperanza. Por eso ser testigos de esperanza es ser testigos de la misericordia.

           En estas jornadas que dedica la Iglesia a los jóvenes que viven en el Seminario donde se van forjando las vocaciones sacerdotales, hemos de poner nuestra ilusión gozosa en aquellos que van a marcar el ritmo que Jesucristo selló en sus discípulos y apóstoles. El lema de dichas jornadas no es solamente sugerente sino necesario. Si ellos deben ser ‘testigos de la misericordia de Dios’ no es por apetencia propia sino por lo que más se está demandando en la sociedad: la ilusión de vivir y de existir en felicidad y gracia. A medida que crecen las idolatrías, en la historia de la humanidad, más se vacía el ser humano por dentro y ansía acudir a fuentes que calmen su sed de infinito. Para saciar la sed, cuando las charcas emponzoñadas no satisfacen, se han de buscar las fuentes de agua cristalina, las que colman los mejores deseos.

            En esta tarea ha de involucrarse el sacerdote y para esa tarea ha de prepararse el futuro sacerdote. Su labor fundamental es la de llevar en el cántaro de su ministerio el ‘agua pura y limpia’ para que el ser humano sacie su sed de amor. El amor misericordioso de Dios llena el corazón humano y lo colma de gracia y de virtudes. Los sacramentos, y de modo especial el Sacramento de la Penitencia, son los caños de dicha Fuente por donde se derrama, a raudales, la gracia de Dios, única agua que apaga la sed. ¡Qué labor tan maravillosa la del sacerdote! Apurándome un poco diré: ¡Qué servicio tan necesario en la sociedad! Y me pregunto: ¿Valoramos la misión de los sacerdotes? No lo digo porque se ha de tener un agradecimiento formal o por educación y deferencia, sino por lo que es y significa su trabajo y ministerio: nada menos que transmitir y actualizar en nosotros la gracia de Dios. No hay tesoro mayor; todos los demás fenecen, éste nunca. Cuando Jesucristo dice que no atesoremos cosas perecederas sino las que permanecen para siempre, nos está recordando el tesoro que más vale: su gracia y su amor.

           Ayudemos al Seminario, semilla de mensajeros de la esperanza y de la misericordia de Dios, para que muchos jóvenes encuentren el camino de esta vocación tan hermosa y tan grande de llevar a “Dios a los hombres y a los hombres a Dios”.