María, “Estrella de la Evangelización”

Podemos preguntarnos el modo de evangelizar de la Virgen y siguiendo el principio de asociación de María a Jesucristo, Verbo Encarnado, toda la vida de la Virgen, por voluntad de Dios, forma parte del Evangelio. Su existencia es evangelizadora ya que responde al modelo existente en la mente divina para llevar a cabo la salvación del género humano. Aunque no tuviéramos otras razones para llamarla e invocarla como “Estrella de la Evangelización”, su unión con Cristo, por voluntad del Padre, es razón más que suficiente para ser y tenerla como auténtica evangelizadora.
Ella evangeliza irradiando las virtudes que irradia Jesús. Cristo, por ser Dios, es fuente de todas las virtudes y perfecciones; la Virgen, por ser su Madre y fiel reflejo del plan divino, es espejo de las virtudes de su Hijo. “A Jesús por María”, repetimos con frecuencia. Y Jesús es camino para ir al Padre (Jn 14, 6).
Los títulos y advocaciones con los que la Iglesia y la devoción popular se dirigen a la Virgen, son expresión clara y convencida de que todos ellos responden a unas perfecciones de María como depositaria y reflejo de las perfecciones divinas. Contemplarlas y tratar de imitarlas es recibir una catequesis verdaderamente evangelizadora.
La Virgen vivió en su existencia terrena el Sermón de las Bienaventuranzas; y podemos decir que es verdadera montaña de ellas, desde la pobreza y humildad evangélicas, pasando por la pureza y el llanto hasta la persecución por el Reino de Dios. María no es sol, porque el sol de la perfección es Cristo; pero es estrella radiante y luminosa. Ella evangeliza a quien se asome al Evangelio. Y, si la miramos con los ojos limpios de la fe, la veremos la más pobre entre los pobres, la más humilde entre los humildes, la más pura entre los castos; virgen de vírgenes, compasiva como nadie, doliente singular, sufrida y oferente como ningún ser creado.
Es suficiente y necesario contemplarla con ojos puros de hijo para ver que la Madre es océano de todas las virtudes. No es endiosarla. Es verla como es. Y es lo que es porque Dios la quiso así; sin sentirse menguado en nada por Ella, sino proclamado y pregonado por Ella en su vida y en sus palabras: “Proclama mi alma la grandeza del Señor…” (Lc 1, 46-55).
Nos la imaginamos, y con acierto, austera, sobria en palabras, pero dulcemente comunicativa. Tenemos ejemplos en el Evangelio. En la Anunciación pregunta lo indispensable para entender el alcance del mensaje del Ángel; y esclarecido su excelente contenido, pronuncia las palabras precisas, que la Mariología todavía no ha desmenuzado plenamente: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).
Si habla más, será únicamente para cantar las grandezas del Señor que ha hecho las maravillas más sorprendentes al ver la humillación y la humildad de su esclava (Lc 1, 46-55). Canto de alabanza, verdaderamente singular y programa de vida cristiana para los que desean y aspiran sinceramente a la perfección. Evangelización y catequesis espléndida para los que buscan a Dios por los senderos que conducen indefectiblemente a Él.
Jesús dice que ha venido a evangelizar a los pobres y a sanar los corazones desgarrados (Lc 4, 18). La Virgen en su “Magníficat” muestra y canta la conducta de Dios con los humildes, a los que amorosamente acoge y llena, mientras rechaza a los soberbios y poderosos. Es suficiente desgranar y meditar sus palabras para percibir el latido del Corazón del Evangelio. Escucha, acepta, se ofrece, canta la misericordia infinita de Dios.
Llevaba muy dentro, en el corazón de Madre, las necesidades de sus hijos. En las bodas de Caná padece anticipadamente el apuro y vergüenza de aquellos privilegiados novios y abre sus labios para decir a su divino Hijo algo que parece nada: “No tienen vino” (Jn 2, 3) y por si el “desplante” de Jesús les había arrancado del corazón la confianza, los evangeliza mostrando a Jesús como verdadero taumaturgo: “Haced lo que Él os diga” (ibid. 5).
Durante años parece que había enmudecido. “Excepto en Caná, dice Juan Pablo II… la presencia de María queda en el transfondo” (Rosarium V.M. n. 21). El ropaje de su humildad la ha ocultado. Sus labios se han sellado de tal manera para los humanos que ni al pie de la cruz nos deja una palabra, que guardaríamos como un inapreciable tesoro. Tenemos que dar las gracias al discípulo amado que, atento con solicitud de hijo amantísimo a todos los gestos de la Madre en el Calvario, queda impresionado por la firmeza y valentía de la Correndentora y nos ha legado, como herencia riquísima el “stabat” que la Iglesia ha recogido en su corazón para cantarla con el perdón y el amor. Es el bálsamo que mitiga los dolores, sana las heridas y fortalece los corazones de los hijos que quieren participar con Ella en la salvación del género humano.
El mismo Jesús proclama la excelencia del silencio que escucha la palabra de Dios y la cumple (Lc 11, 28). Y el evangelista subraya el comportamiento reflexivo de la Virgen, de hondura interior ante las palabras del ángel: “guardaba todos estos recuerdos y los meditaba en su corazón” (Lc 2, 19). Silencio en los labios, pero su corazón era un volcán de amor en ebullición para con su Hijo, para Dios. En su interior había diálogo constante, continuo sobre lo que veía y oía en su Jesús.
Después de esta reflexión y ante el acontecimiento de la Coronación de la Virgen del Yugo no puedo por menos que reconocer que necesitamos ahondar en el amor a la Virgen puesto que ella nos ayudará a vivir con frescura y nitidez nuestra experiencia de fe. o