PERDONAR LAS INJURIAS 16-05-2010

La injuria es un agravio y ultraje de obra o de palabra que nos pueden o podemos realizar en algún momento de nuestra vida. Según el derecho la injuria es un delito o falta consistente en la imputación a alguien de un hecho o cualidad en menoscabo de su fama o estimación. La injuria daña profundamente y es muy nociva de tal forma que provoca o puede llegar a producir un cierto desequilibrio psicológico en quien la recibe. Solamente se puede restaurar con la misericordia y el perdón.

El agredido por la injuria puede llevar al agresor a los tribunales pero la medicina que únicamente sana es el perdón. Y los mismos tribunales, muchas veces, operan con estas claves fundamentales en el entendimiento humano: la reconciliación y el perdón. La justicia auténtica va traspasada por el sentido hondo de la conciliación y la misericordia. Perdonar a quien nos injurie es la cuarta ‘obra de misericordia’ espiritual que es fruto del Evangelio bien vivido.

Esta excelente obra de caridad lleva consigo una disposición interior para que el odio y la venganza no sean los que muevan el corazón humano si bien no se tiene obligación de renunciar  a toda clase de reparación externa por la ofensa recibida puesto que a veces se necesita poner remedios para no dejar que la injuria domine sobre el sentido coherente de la vida de la persona. “Dios no acepta el sacrificio de los que provocan la desunión, los despide del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos: Dios quiere ser pacificado con oraciones de paz. La oración más bella para Dios es nuestra paz, nuestra concordia y nuestra unión” (San Cipriano de Cartago).

La injuria puede llegar a provocar estados de ánimo contradictorios e incluso situaciones de violencia incontrolados. No se puede llevar hacia delante una auténtica relación fraterna si no se purifica el corazón de las adherencias vengativas por parte de quien ha recibido la injuria. Sin percatarnos, puesto que es muy sutil, se suele caer en la venganza justificada a la hora de atacar a quien ha sido el promotor de la injuria. Si así se procede se cae en la misma falta que se condena.

La injuria es un delito que merece su penalización en justicia y ha de buscarse cauces para atajar el mal que dicho desorden produce. Tiene el derecho de legítima defensa quien haya recibido una injuria y sobre todo cuando está en juego el desprestigio de un tercero. Cuando la injuria no redunda en perjuicio o desprestigio de otra persona más que de quien la ha recibido, siempre es más perfecto perdonar de corazón y renunciar a exigir la reparación. Como cristianos hemos de conducir estas afrentas con espíritu humilde si bien se requiere rechazar el ultraje y dar una lección de ‘bien hacer’ al que ha injuriado para que rectifique su proceder e impedir que repita tales cosas en el futuro, según el texto de los Proverbios: “Responde al necio como merece su necedad, para que no se crea un sabio” (Prov 26,5).

Nunca la injuria debe acallar a aquellos que son ejemplo para los demás y se ha de procurar que no domine el mal sobre el bien. Así lo expresan los santos al afirmar que “aquellos cuya vida ha de servir de ejemplo a los demás, deben, si les es posible, hacer callar a sus detractores, a fin de que no dejen de escuchar su predicación los que podrían oírla y no desprecien la vida virtuosa permaneciendo en sus depravadas costumbres”( San Gregorio Nacianceno). Las razones esenciales de una sana convivencia han de ser las que prevalezcan y a ellas se ha de mirar como único estilo de vida humana y cristiana.