Sobre las relaciones prematrimoniales

Soy un adulto que siempre he querido vivir lo mejor posible mí cristianismo pero tengo una duda y es que desde la enseñanza de la Iglesia se ha hablado de las “relaciones prematrimoniales” como algo pernicioso y pecaminoso. Me pregunto ¿La Iglesia puede censurar este modo de vida y puede hacer un juicio de valor sobre esto?

Como bien sabe, querido amigo, el cristianismo no es una ideología, ni una normativa, ni una forma mágica de vivir. Es una experiencia profunda de amor con una Persona que es Jesucristo. Y sabemos que el seguimiento a Jesucristo conlleva primero una convicción y segundo una obediencia. Hacer posible en nuestras vidas la vida en Jesucristo supone tener una nueva mentalidad y ésta choca, muchas veces, con la forma de pensar de las ideologías o de las propuestas y criterios de la sociedad contemporánea. El hombre tiene plasmado en su ser la imagen de Dios y si quiere vivir en coherencia no puede romper el proyecto de su Creador.

La Iglesia no piensa por sí misma sino por la Palabra y la Voz de Jesucristo y ella tiene la autoridad de hablar en nombre de Jesucristo y no puede por menos que iluminar, animar y apoyar en los creyentes católicos y en los hombres y mujeres de buena voluntad lo que está en el pensamiento y deseo del Maestro. Lo mismo, si ha de corregir, ha de tener presente las desviaciones que se pueden dar o se fomentan en la sociedad y tiene pleno derecho para ponernos en alerta ante errores o actitudes que están en oposición de la mente y del evangelio de Jesucristo.

El Catecismo de la Iglesia Católica dice que no pocos postulan hoy una especie de “unión a prueba” cuando existe intencionalidad de casarse. Cualquiera que sea la firmeza de propósito de los que se comprometen en relaciones sexuales prematuras, éstas no garantizan que la sinceridad y la fidelidad de la relación interpersonal entre un hombre y una mujer queden aseguradas, y sobre todo protegidas, contra los vaivenes y las veleidades de las pasiones. La unión carnal sólo es moralmente legítima cuando se ha instaurado una comunidad de vida definitiva entre el hombre y la mujer. El amor humano no tolera la “prueba”. Exige un don total y definitivo de las personas entre sí (nº 2391). El amor exige un compromiso permanente y fiel. Lo fácil y lo cómodo no llega a tener buenos resultados y pensemos, por ejemplo, de dónde vienen tantas rupturas matrimoniales. En Europa cada cuatro minutos hay una separación o divorcio.

Las relaciones entre un hombre y una mujer que se quieren se fundamentan en el verdadero amor y éste exige una seriedad que contrasta con ciertas manifestaciones que se airean en los medios de comunicación y que a la larga produce una superficialidad que destruye la base sobre la que se fundamenta la vida en matrimonio.

Cuando la Iglesia afirma que el sacramento del matrimonio es un vínculo sagrado y no depende, del arbitrio humano, tomar decisiones que lesionen a la familia que es la “célula original de la vida social”, está afirmando un derecho muy importante en la vida humana. La vida cristiana contrasta y contradice la forma de vida que ofrece el hedonismo y el pansexualismo y de ahí que seguir a Jesucristo supone ir contra la corriente de este modo de concebir la vida y las costumbres. Al final la verdad y el amor auténtico cosecharán buenos frutos.