¿Ordenación sacerdotal para las mujeres?

¿En qué razones teológicas se basan las confesiones cristianas que ordenan sacerdotes a mujeres? Y, si las tienen, ¿por qué nos son válidas para la religión católica?

De unos años a ahora, otras confesiones cristianas, e incluso algún pequeño sector de la Iglesia católica, reclaman el derecho a que las mujeres puedan recibir la ordenación sacerdotal, tanto en el grado presbiteral como episcopal. La Iglesia anglicana ha sido la pionera en realizar estas ordenaciones, de modo que, dentro de su jerarquía, están presentes mujeres sacerdotisas y obispas.

Por una parte, quienes reclaman la ordenación de la mujer, justifican su postura partiendo de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Negar la posibilidad de la ordenación de las mujeres es un acto que las margina. La igual dignidad entre el varón y la mujer implicaría que también la mujer debe tener derecho a participar del sacerdocio ministerial. Algunos teólogos defienden esta idea apoyándose en un fragmento de la carta de san Pablo a los Gálatas (3,28): Ya no hay diferencia entre judío y gentil, esclavo y libre, hombre o mujer… A todo esto se añade que la mujer tiene las mismas capacidades que el hombre para ejercer las responsabilidades propias del ministerio.

No obstante, tal y como ha manifestado el magisterio pontificio, no se puede contemplar el ministerio como un derecho que alguien se pueda arrogar por ser hombre o mujer. Toda vocación es una llamada y un don de Dios que ofrece según su voluntad. Nadie puede decir: “tengo derecho a ser sacerdote”.

Por otra parte, quienes reclaman la ordenación de la mujer, aducen también razones de tradición, puesto que en los primeros siglos de la historia de la Iglesia las mujeres ejercían algunos ministerios, como el servicio de ayuda en los bautismos o el profetismo. Incluso se esgrime que la misma María Magdalena, presente con otras mujeres en la última Cena y primera testigo de la Resurrección, habría recibido por este hecho el ministerio apostólico.

Ahora bien, nunca han ejercido las mujeres el sacerdocio en la Iglesia católica. Tal y como afirmó el papa Juan Pablo II en la carta apostólica Ordinatio sacerdotalis (Ordenación sacerdotal) del año 1994, zanjando la cuestión, no está en manos de la Iglesia admitir a las mujeres a la ordenación sacerdotal ya que fue el propio Cristo quien estableció que el ministerio ordenado fuera ejercido por varones. Literalmente, el papa, apoyándose en el magisterio de sus predecesores, dice que “la verdadera razón es la Tradición; Cristo estableció las cosas de este modo” (n. 2). Jesús eligió a los que él quiso (Mc 3, 13-14) y, a su vez, los apóstoles eligieron a sus sucesores entre los varones. Apela, además, al hecho de que la Virgen María no fuera ordenada sacerdote, como prueba de que esto no implica una degradación de la posición de las mujeres dentro de la Iglesia (n. 3). La labor de la mujer en la comunidad eclesial, con otras formas de servicio, sigue siendo importante y necesaria en la vida de la Iglesia; para nada resta o disminuye su dignidad puesto que en la complementariedad está la armonía de la unidad.

Finalmente, aunque el magisterio de la Iglesia es claro en esta cuestión, quienes defienden la ordenación femenina, piensan que se trata de un debate abierto y que había que escuchar el soplo del Espíritu animando nuevas iniciativas en la Iglesia. Sin embargo, Juan Pablo II, en el mencionado documento, dejó claro que la Iglesia no tiene autoridad para modificar esta tradición ya que brota de la misma voluntad de Jesucristo. Por lo que todos los fieles de la Iglesia han de tener este juicio como definitivo (n. 3). Lo mismo ha afirmado el Papa Benedicto XVI en otros documentos. Es ya una cuestión zanjada aunque algunos puedan seguir pensando que un día la Iglesia cambiará.