El sacerdote, don de Dios para el mundo

El lema que este año nos ofrece el Día del Seminario es sugerente e importante para centrar la experiencia y la vocación de aquellos que ejercen el ministerio sacerdotal y de aquellos que se preparan en el ejercicio del mismo para el futuro: los seminaristas. El ser humano, la sociedad, si se quedan solos, si cierran las puertas al don de Dios, van siendo invadidos por las tinieblas y la frialdad, por la dureza de corazón. El sacerdote es un don de Dios para el mundo, es como ese fuego que Jesús envía al mundo para que las tinieblas y el frío no se adueñen de los corazones de los hombres.

Ciertamente, Jesús sigue ofreciéndonos su amor, quiere seguir dándonos este amor que quema por dentro, que da luz para nuestras cegueras y calor para nuestros corazones fríos. Nos lo da en su Palabra que es el Evangelio, en el perdón de los pecados, en la Eucaristía, ofrecida cada día en el altar y siempre presente en el sagrario, en la oración, … en definitiva, en la Iglesia. Y Jesús quiere que le abramos las puertas de par en par: quiere seguir siendo el vecino más importante de nuestra tierra, el amigo fiel de los jóvenes, el maestro amable de los más pequeños, quiere seguir siendo el apoyo de los enfermos y los ancianos, el servidor de los más pobres, el fundamento único de las familias, el consuelo de los que se sienten solos.

Y nosotros queremos seguir acudiendo a Él en busca de la paz que tanto necesitamos, en busca de la alegría, de la felicidad, de la salvación que sólo Dios puede regalar. Porque sin Él, sin su amor, el mundo se convierte en un hogar huérfano donde sólo existe amargura y tristeza. A pesar de que a veces intentemos disimularlo, llenándonos de cosas materiales y placeres a todos los niveles, el corazón está llamado a vivir realidades más hondas y profundas que transcienden pero que son las que dan consistencia a la experiencia humana: la fe, la esperanza y la caridad.

Precisamente, para hacernos llegar esta Buena Noticia, para llevarla a todas las personas de todos los tiempos, Jesús elige a unos hombres, los sacerdotes, que son mediadores de su perdón, de la Eucaristía y que predican el Evangelio. Son los sacerdotes, personas con limitaciones y pobrezas, como todos, pero que han recibido la llamada de Dios a servirle en esta vocación maravillosa. Os puedo decir que yo he sentido esta vocación y que es lo mejor que me ha ocurrido en la vida. Por eso, a los jóvenes que me leéis y escucháis os digo que busquéis sinceramente la voluntad de Dios: si descubrís que os llama al matrimonio, dadle muchas gracias y entregaros a Dios formando una familia cristiana y amándola con todas vuestras fuerzas. Pero si en algún momento sentís la inquietud de que Dios os llama al sacerdocio, a la vida religiosa, o a alguna vocación consagrada, no ahoguéis su llamada, pues os estáis jugando el acertar o no en la vida y esto es muy serio. Confiad en Dios, que es quien mejor nos conoce y quien más nos ama.

Para terminar, quisiera pedir a todos los diocesanos vuestra solidaridad con el Seminario. Por un lado, vuestra generosa colaboración económica, pues el Seminario tiene muchas necesidades materiales que hay que cubrir. Os agradecemos de corazón todo lo que en estos años nos estáis ayudando. Pero, sobre todo quiero pediros que consideréis el Seminario y las vocaciones como algo vuestro, algo que os toca muy de cerca, que habléis de las vocaciones en vuestras casas, que las favorezcáis en la familia. Y, sobre todo, tenemos que rezar, rogando al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Sabéis que Navarra está muy necesitada de nuevas vocaciones, que hacen falta sacerdotes para que la Luz de Cristo siga iluminando y el fuego de su amor siga ardiendo en medio de nuestros pueblos y ciudades. Pongamos todas estas intenciones en manos de nuestra Madre la Virgen María, de San José, patrono de las vocaciones sacerdotales y del Seminario, y de San Miguel arcángel, patrono propio de nuestro Seminario diocesano para que intercedan por nosotros.