FESTIVIDAD DE SAN JUAN DE ÁVILA 10-05-2011

En estos días que estamos celebrando la beatificación del querido Juan Pablo II me han venido a la memoria muchos recuerdos de mi consagración episcopal el 6 de enero de 1996 y entre otras cosas, las palabras que nos dirigió en la homilía. Como era el día de la Epifanía comenzó reflexionando sobre el alcance de la Revelación a los Magos y al mundo entero. En esa Revelación, nos decía, se manifiesta el misterio de Dios salvador, su infinito amor por los hombres. Y dirigiéndose más directamente a los que íbamos a ser consagrados nos recordó que con el episcopado nos convertíamos en “guardianes del misterio de salvación, en el que Dios se revela a sí mismo, se acerca a los hombres, los busca y conduce a cada uno, dentro de la Iglesia, bajo el camino de la fe”. Guardar el Misterio no significa esconderlo, sino transmitirlo proclamando a todos los pueblos la vocación a la fe en Cristo.

He querido empezar con este recuerdo, porque vosotros, sacerdotes, sois colaboradores del Obispo y, si quiero cumplir aquello que nos encargaba el beato Juan Pablo II, he de apoyarme en vosotros. Mejor dicho, vosotros habéis sido el verdadero apoyo del obispo durante vuestros veinticinco o cincuenta años de ministerio. Gracias a Dios y gracias también a vosotros, por vuestra fidelidad, por vuestra lealtad y por vuestra eficacia. Seguiremos unidos en este empeño de proclamar el amor de Dios a todos los hombres, a cada uno de los fieles que tenemos encomendados; hoy el Señor sigue acercándose a cada uno, como hizo con los Apóstoles después de la resurrección, buscándolos y convenciéndolos como hizo con el apóstol Tomás.

1. “Yo soy el pan de vida”, son las palabras centrales del discurso que recoge San Juan y que venimos proclamando durante estos días. El autor del Cuarto Evangelio no relata la institución de la Eucaristía, pero ha colocado en el centro de su evangelio este precioso sermón encuadrado en la fiesta de Pascua. En torno a estos días de mayo vosotros habréis predicado tantas veces el sentido de la Eucaristía, unas con ocasión de las Primeras Comuniones, otras porque corresponde en el domingo o para preparar la fiesta del Corpus Christi. Hoy las hemos escuchado con mayor emoción porque os habrán traído a la memoria vuestra propia ordenación cuando el Obispo ungió vuestras manos para expresar que las manos de aquellos jóvenes un tanto inexpertos, venían a ser un instrumento privilegiado de Cristo, Sumo Sacerdote. Y con temblor tomasteis en ellas el Pan del sacrificio y después el Cáliz de la salvación y pronunciasteis por primera vez las palabras de la Consagración. Con emoción repartisteis por vez primera el Pan de vida, que es Cristo, y experimentasteis el gozo de acrecentar el vigor de los fieles y de la Iglesia entera. No me parece en vano evocar hoy aquella ceremonia trascendental para vosotros. El mismo Maestro de Avila parece emocionarse cuando en su tratado sobre el Sacerdocio escribe: “Tú (Jesucristo) diste poder a los sacerdotes para que con las palabras de la consagración te llamen, y vengas tú mismo en persona a las manos de ellos, estés allí realmente presente, para que así seamos participantes en los bienes que con tu Pasión nos ganaste; y le tengamos en nuestra memoria con entrañable agradecimiento y consolación, amando y obedeciendo a quien tal hazaña hizo, que fue dar por nosotros su vida” (Tratado del Sacerdocio, 26).

2. “El pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo”. La Eucaristía, en efecto, es el regalo más grande que Dios ha entregado a los hombres, porque no nos da algo, sino a Alguien, a Jesucristo. En el diálogo con Nicodemo encontramos una expresión iluminadora: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna” (Jn 3,16). Es él, el Hijo eterno que el Padre ha entregado por nosotros para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. “En la Eucaristía, el Dios Trinidad, que en sí mismo es amor, se une plenamente a nuestra condición humana. En el pan y en el vino, bajo cuya apariencia Cristo se nos entrega en la cena pascual, nos llega toda la vida divina y se comparte con nosotros en la forma del Sacramento” (Sacramentum caritatis, n. 8).

De este don de amor, nosotros, sacerdotes, somos ministros y administradores. Seguramente habréis pensado en estos días, ¿cuántas Misas he celebrado?, ¿a cuántos he distribuido la Comunión? Y se nos llena el corazón de agradecimiento. También nos preguntamos o, mejor dicho, nos interpelamos a nosotros mismos por tantas misas que hemos celebrado con rutina y poca atención, o por las comuniones que hemos distribuido descuidadamente. Y nos viene a la memoria la severa reprensión del Apóstol sobre el que come el pan y bebe el Cáliz sin discernimiento (cf 1Co 11,29). Nos llenamos de contrición y esperamos que el Señor perdone nuestras ligerezas y descuidos. La Eucaristía es el mysterium fidei, el misterio del amor trinitario en el cual, por gracia, estamos llamados a participar. Hoy especialmente quisiéramos rebosar de amor a Dios, uno y Trino, remedando aquellas palabras de San Agustín: “Ves la Trinidad si ves el amor” (De Trinitate, VIII, 8, 12).

3. El libro de los Hechos, como hemos escuchado hoy, nos han transmitido el primer martirio, el del San Esteban. Hemos aprendido muchas cosas de su comportamiento y se nos han quedado grabadas las dos últimas palabras, una de entrega, “Jesús, recibe mi espíritu” y otra de perdón, “Señor, no les tengas en cuenta este pecado” (Hch 7,59). Son un eco perfecto de las palabras de Jesús en la Cruz y una manifestación de la identificación de aquél santo Diácono con el Maestro, especialmente en el sufrimiento. Nos gustaría repetir esas mismas palabras en el momento decisivo de nuestra partida de este mundo, pero hoy que estamos recordando con agradecimiento nuestra identidad sacerdotal, podemos decir en voz alta que, a la vez que pedimos perdón a todos los que en estos años pudiéramos haber ofendido, perdonamos de corazón a todos los que queriendo o sin querer nos hayan causado algún daño. Hoy no tenemos el mínimo resquicio de rencor ni de odio. Por otra parte, queremos renovar nuestra entrega a Jesucristo, nuestro Señor. A Él hemos entregado nuestra vida de sacerdotes y a Él queremos seguir entregándola. A Él hemos servido y queremos continuar sirviendo.

San Juan de Ávila que nos gustaría verle pronto como Doctor de la Iglesia, escribió mucho en el Audi filia sobre el amor de Dios. Por citar sólo unas palabras, al comentar las dos ciudades de San Agustín escribe: “La primera (ciudad) atribuye la fortaleza a los poderosos y gloríase en ellos; la segunda dice a Dios: Ámete yo, Señor, fortaleza mía” (Audi filia, l. IV). Esta es también nuestra oración: Que te amemos como te han amado los santos.

Termino ya, con una referencia a nuestra Madre, María. Ella nos ha guiado desde los albores de nuestra vocación y nos ha acompañado en tantas labores ministeriales. Que permanezca siempre junto a cada uno de nosotros en el camino que emprendimos y nos queda aún de servicio a Dios, a la Iglesia y a los hombres. Reina de los Apóstoles, Madre de los Sacerdotes, ruega por nosotros.