Sobre los derechos del niño

Ante tantas situaciones de confusión, es bueno que nos oriente, ¿podría hablarnos de los derechos del niño?

Ciertamente que los niños nos piden a gritos que les ayudemos. La Infancia Misionera está colaborando en la promoción de la niñez con el matiz de solidaridad y fraternidad universal. Como decía Pablo VI: “El hombre que es insolidario es un hombre subdesarrollado”, y pensemos que cuando a los niños se les inculca dicha forma de entrega a los demás, se está haciendo en el niño una persona con visión de un futuro más desarrollado. Cuando se comparte, se aprecia a los demás como hermanos.
De ahí que la Iglesia inculque tal formación ya desde niños y denuncie los abusos que podamos hacer los mayores en perjuicio de ellos. Ellos son los protagonistas y sujetos activos de unos derechos que no han de venir quebrantados. En la familia, comunidad de personas, debe reservarse una atención especialísima al niño, desarrollando una profunda estima por su dignidad personal, así como un gran respeto y un generoso servicio a sus derechos.
Los niños tienen el derecho a la vida puesto que la vida es sagrada desde su concepción hasta su muerte natural. La vida desde su comienzo va revelando la acción creadora de Dios. De ahí se deduce que el aborto es una violación directa del derecho fundamental a la vida del ser humano. Así también se comprende que cualquier manipulación experimental o explotación del embrión humano va contra el respeto por la dignidad del ser humano.
También tienen derecho a la educación puesto que todos los seres humanos de cualquier raza, condición y edad, están dotados de la dignidad de la persona y tienen derecho inalienable a una educación que responda a una vocación propia y sea conforme con el carácter propio, el sexo, la cultura y las tradiciones de la patria, y que, al mismo tiempo, esté abierta a la asociación fraterna -como dice el Vaticano II- con los demás pueblos para fomentar la verdadera unidad y la paz en la tierra.
Otro punto importante que debe defenderse es el derecho a la libertad de religión puesto que está fundado, este derecho, en la dignidad misma de la persona humana, tal como se conoce por la palabra de Dios revelada y por la razón natural. Así, el mismo Concilio Vaticano II, seguirá afirmando que el poder civil tiene que reconocer el derecho de los padres a elegir con verdadera libertad las escuelas u otros medios de educación, sin que por esta libertad de elección se les pueda imponer directa o indirectamente cargas injustas. Por otra parte, se violan los derechos de los padres si se obliga a los hijos a frecuentar cursos escolares que no se corresponden con las convicciones religiosas de los padres, o si se impone un sistema único de educación del que se excluya totalmente la formación religiosa.
El corazón ardiente de los niños tan en consonancia con los sentimientos del corazón de Jesucristo ha de ser para nosotros, los mayores, la expresión más humana y la denuncia más rabiosa contra nuestros egoísmos solapados. Ellos nos abren el horizonte de un mundo nuevo donde se respire más solidaridad, justicia, amor y paz.