Homilía en la fiesta de Santa Ana y San Joaquín 26-07-2011

         1.- En las fiestas lo más genuino y auténtico es la celebración de la viva experiencia de Jesucristo, de la Virgen o de algún santo. No hay una verdadera fiesta sin hacer alusión a aquellos que han dado lo mejor de si por la humanidad y de modo especial de nuestro Señor Jesucristo que se ha entregado por toda la humanidad para salvarla del pecado. Si Tudela se enorgullece de algo es de festejar a la madre de la Virgen María que es Santa Ana. Su nombre procede del hebreo Hannah (Gracia). Y ciertamente que es una GRACIA para Tudela que Santa Ana “La Madre de la Mejor”, como la llama Lope de Vega en el título de una comedia,  siga mostrando su amor a todos. Pero no podemos olvidar a San Joaquín, el esposo de Santa Ana y padre de María, su nombre significa “preparación del Señor, trabajo y constancia”. Los dos son venerados con mucho afecto por los fieles tudelanos y esto es un buen signo de nobleza y de apoyo para sobrellevar los avatares de la vida con gallardía y agradecimiento.

           Según nos narra la tradición y la leyenda – dice el P. Martí Ballester-   en Nazaret vivía un matrimonio rico y piadoso. No tenían hijos. Cuando con ocasión de cierto día festivo Joaquín se presentó a ofrecer un sacrificio en el templo, fue arrojado de él por un tal Rubén, porque los varones sin descendencia eran indignos de ser admitidos. Joaquín entonces, transido de dolor, no regresó a su casa, sino que se dirigió a la montaña para manifestar su sentimiento a Dios en soledad. También Ana, puesta ya al tanto de la prolongada ausencia de su marido, dirigió lastimeras súplicas a Dios para que la levantara la maldición de la esterilidad, prometiendo dedicar el hijo a su servicio. Sus plegarias fueron escuchadas; un ángel se presentó ante Ana y le dijo: “Ana, el Señor ha visto tus lágrimas; concebirás y darás a luz, y el fruto de tu seno será bendecido por todo el mundo”. El ángel hizo la misma promesa a Joaquín, que volvió al lado de su esposa. Ana dio a luz una hija, a la que pusieron el nombre de Miriam (María). En el seno estéril de Ana germinó la plenitud de la gracia. En sus entrañas se realizó el sublime misterio de la Concepción Inmaculada de María “prodigio de prodigios y abismo de milagros” dijo San Juan Damasceno. “Santa tierra estéril, que al cabo produjo, toda la abundancia, que sustenta el mundo”, según lo expresó Miguel de Cervantes en la obra literaria de ‘La Gitanilla’.

 

             El culto a Santa Ana se puede decir que se inicia en el siglo IV y es en Oriente. Ya el emperador Justiniano I hizo que se le dedicara un templo. El 25 de julio se celebra en Oriente su fiesta y que podría ser la memoria de la dedicación de la primera iglesia en Constantinopla o el aniversario de las llegadas de las supuestas reliquias a esta ciudad (año 710). En la Iglesia Latina no se veneró a Santa Ana hasta el siglo XIII. Fue introducida en Inglaterra por el Papa Urbano VI el 21 de noviembre de 1378, y a partir de entonces se extendió a toda la Iglesia occidental. Pasó a la Iglesia Latina universal en 1584. En Tudela adquirió una devoción muy fuerte y esta raigambre permanece en nuestros días.

             2.- Su fama, como hemos escuchado en la primera lectura de hoy, se ha ido transmitiendo de generación en generación puesto que “El Señor creó grandes glorias, y mostró su grandeza desde los siglos… y como personas virtuosas, sus méritos no se han olvidado. En su linaje se transmite una preciosa herencia, sus descendientes. Su estirpe permanece fiel a la alianza, y sus hijos gracias a ellos. Su descendencia dura por siempre y su gloria no será borrada” (Si 44, 10-14). Buen programa de vida que nos ha de servir para aprender que lo efímero pasa pero la santidad que es permanente y eterna nunca se marchita pues su fuente está en el Amor de Dios y su fin en el regazo de Dios para siempre. Todos estamos llamados y convocados a ser santos y esto es lo único que realiza y da plenitud al género humano, lo demás se acaba.

           El recuerdo que hoy tenemos por Santa Ana y San Joaquín no es pura memoria sino expresión fehaciente de su santidad que nadie podrá borrar de la historia por mucho que pasen los siglos. Sólo quien es santo, es decir “perfecto en la caridad”, puede ser gloria para Dios y gloria para la humanidad. Nunca fenecerá la santidad ni en el tiempo, ni en la eternidad, puesto que la santidad está entroncada y enraizada en el amor de Dios que es permanente y eterno.

              Nosotros también hoy queremos imitar a Santa Ana y a San Joaquín confiando totalmente en la ayuda de Dios para crecer en la santidad y ésta no se consigue por la capacidad o por la pura voluntad sino porque Dios mismo, con su Amor, la crea, la purifica y la ennoblece en nuestras vidas. La santidad no reside en el corazón soberbio sino en el corazón humilde. Tal vez es lo que más se nos pide en estos momentos de la historia: la humildad, la confianza en Dios y una gran disponibilidad. Cuando el ser humano desplaza a Dios y lo margina pierde su propia dignidad. El ser humano, en muchos momentos, con osadía orgullosa y prepotente quiere usurpar el puesto de Dios. Estamos pasando unos momentos históricos donde la cultura se enfrenta radicalmente a la fe y a la esperanza. “En efecto, tanto la fe como la esperanza, en la época moderna, han sufrido una especia de ‘desplazamiento’, pues han sido relegadas al plano privado y ultramundano, mientras que en la vida concreta y pública se ha consolidado la confianza en el progreso científico y económico” (Benedicto XVI, Spe Salvi, 17).

              Todos sabemos que este progreso es ambiguo: abre posibilidades de bien junto a perspectivas negativas. El desarrollo técnico -sigue diciendo el Papa- y las mejoras de las estructuras sociales son importantes y ciertamente necesarios, pero no bastan para garantizar el bienestar moral de la sociedad. Se necesita un progreso espiritual y moral para que la dignidad humana se enorgullezca de si misma. La gran revolución que hoy se está pidiendo, con muchos matices, es la recuperación de valores y virtudes que se han perdido. De ahí que la próxima Jornada Mundial de la Juventud que se celebrará en Madrid, con la asistencia de miles y miles de jóvenes de todo el mundo, no tiene otro objetivo sino el de mostrar que un mundo desilusionado y desesperanzado necesita ser liberado de las opresiones y esclavitudes hedonistas y materialistas. ¿Quién puede salvarlo? Sólo Dios, que es Amor y que ha revelado su rostro de Padre omnipotente y misericordioso en Jesucristo. Nuestra sólida esperanza es, por lo tanto, Cristo que ha dado la vida para salvarnos y para indicarnos un nuevo modo de vivir y comportarnos. Las virtudes humanas y espirituales sólo tienen una raíz dónde pueden sustentarse: Jesucristo como Camino, Verdad y Vida.

               3.- Santa Ana, es la patrona de Tudela y a mucha honra. Ella nos muestra a su hija María y en brazos de tal hija está Jesucristo. Hermosa imagen dónde hemos de mirarnos, apoyarnos y cobijarnos, queridos tudelanos. A ella recurrimos y rogamos pero también acudimos, de modo especial, a Jesucristo para que nos haga gustar lo mismo que decía a sus discípulos: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso en vuestra vida” (Mt 11, 28-29). Deseo que en todas las familias tengáis una gran devoción a vuestra patrona pero no olvidéis que una devoción auténtica se realiza, con fidelidad, en la experiencia cristiana cotidiana que da vida y esplendor. Queridos tudelanos no os dejéis robar la fe que vuestros mayores os han dejado como la mejor herencia: amad a Dios sobre todas las cosas, vivid la fraternidad y construid una sociedad justa y pacífica. Defended la cultura de la vida y de la solidaridad; de esta forma contentaréis a Santa Ana, a San Joaquín, a su hija María y a su nieto Jesucristo.

                Además, Santa Ana, es la patrona de las mujeres embarazadas (por ellas ruego y a los pies de Santa Ana pongo para que llegue a la luz el fruto de sus entrañas y que nadie destruya la vida de este don tan grande como es un hijo). También es patrona de las amas de casa y trabajadoras en general; es la patrona de los mineros de piedras preciosas puesto que a Jesucristo se le compara con el oro y a María con la plata. Santa Ana lleva en su seno a los dos. Y no olvidemos a los mayores o ancianos de los que son también patronos Santa Ana y San Joaquín. ¡Os necesitamos, queridos mayores, por vuestra experiencia y entrega! ¡Os necesitamos porque no sólo habéis dado lo mejor de vosotros mismos sino que, con vuestros largos años, sois punto de referencia, como maestros, de todos los que estamos a vuestro alrededor! ¡Sois expertos de la vida y por ello os agradecemos todo lo que nos habéis dado y entregado por nosotros!

          Deseo que las fiestas de Santa Ana sean, para todos los tudelanos y visitantes, unos momentos de alegría, de fraternidad y de mayor hondura de fe. Que Santa Ana cuide de todos como cuidó de María para que sepamos corresponder a la vocación que hemos sido llamados por Jesucristo. Amén.