Sentido de la gracia santificante en el cristiano

Hace poco, en la homilía, un sacerdote habló con mucha claridad de cómo el cristiano ha de vivir vigilante para que en su vida brille la gracia de Dios. Me alegró de que el sacerdote nos lo recordara de nuevo. ¿Podría explicar, en una de sus respuestas semanales, qué sentido tiene, en el cristiano, la gracia santificante?

La gracia santificante es una participación en el amor de Dios. Es, un don habitual, una disposición estable y sobrenatural que perfecciona el alma y le hace capaz de vivir con Dios, de obrar por su amor. No es mérito nuestro, nuestra justificación es obra de la gracia de Dios. Por eso hemos de romper con cierta mentalidad de eficientismo o voluntarismo pensando que es el hombre quien tiene en su mano la posibilidad de hacer todo con sus propias fuerzas. Dios es quien da la gracia y el hombre tiene libertad de aceptarla, como signo de comunión con Dios, o de rechazarla, como expresión de su propio egoísmo.

Así se entiende la respuesta de Santa Juana de Arco cuando fue interrogada por los jueces si sabía que estaba en gracia de Dios. Ella respondió: “Si no lo estoy, que Dios me quiera poner en ella; si estoy, que Dios me quiera conservar en ella” (Juana de Arco).

Las maravillas que Dios hace en nuestra vida y en la vida de los santos son “garantía de que la gracia está actuando en nosotros y nos incita a una fe cada vez mayor y a una actitud de pobreza llena de confianza” (CIC 2005).

Hay gracias que se llaman habituales y son aquellas que ayudan a vivir y a actuar según el plan de Dios y a vivir con alegría la propia vocación. Otras se llaman actuales que Dios concede en momentos puntuales de la vida como pueden ser la conversión, o una fuerza particular en un momento de dificultad. También están las gracias sacramentales que son las que Dios concede a través de los sacramentos.

Los carismas son gracias especiales que Dios concede a una persona en beneficio de un colectivo grande o pequeño. Están ordenados a la gracia santificante y tienen por fin el bien común de toda la Iglesia. Entre estas gracias especiales no hemos de olvidar las gracias de estado que “acompañan el ejercicio de la vida cristiana y de los ministerios en el seno de la Iglesia” (CIC 2003). Por tanto es importante caer en la cuenta de que Dios está a nuestro lado siempre, en los momentos fáciles y en los difíciles. Su acción es permanente. Eso sí, nunca obliga, siempre se ofrece; nunca nos rechaza y siempre espera nuestra respuesta libre para más conocerle y amarle.