Salir al encuentro y abrir las puertas

En la Jornada Mundial de las Migraciones, quiero unir mi palabra a la del Papa y Obispos españoles para manifestar el compromiso de que la Iglesia de Navarra siga al lado de los inmigrantes, prestándoles un apoyo leal y ayudándoles a integrarse entre nosotros.

Me alegra saber que la sociedad navarra ha acogido bien a los inmigrantes, sin casos notables de xenofobia. Se reconoce y se aprecia las tareas y trabajos que los inmigrantes realizan. Queremos seguir fomentando una actitud positiva hacia ellos, al tiempo que nos damos cuenta de la necesidad de una nueva evangelización, tanto para los inmigrantes católicos como para cuantos están abiertos al anuncio del Evangelio.

Cito unas líneas de un documento que la Conferencia Episcopal Española publicó el año 2007 (La Iglesia en España y los inmigrantes. Páginas 41-42): “Para la Iglesia, el emigrante, independientemente de la situación -legal, económica, laboral- en que se halle, es una persona con la misma dignidad y derechos fundamentales que los demás, es un hijo de Dios, creado, redimido y querido por Él, es la presencia de Jesucristo, que se identifica con él y que demanda de nosotros el mismo trato y los mismos servicios que le debemos a Él. Entre los derechos fundamentales están obviamente el de la libertad religiosa y el de poder vivir con su familia en una vivienda digna. El inmigrante no es “una fuerza de trabajo”, sin más, sino una persona. Con eso está dicho todo lo que a dignidad humana y derechos fundamentales se refiere.

La Iglesia defiende el derecho a emigrar. Toda persona tiene derecho a salir de su tierra y a buscar fuera un porvenir mejor, la elevación de su nivel cultural, profesional y económico y el de su familia y a prestar un servicio fuera de su patria. La Iglesia defiende también el derecho de toda persona a encontrar en su país un nivel de vida digno que le garantice a él y a su familia el derecho a poder llevar una vida digna en su país para no tener que emigrar. La Iglesia se concibe a sí misma como la casa común en la que todos han de tener cabida y en la que los últimos habrán de ocupar los primeros puestos en la preocupación, en el afecto y en el servicio”.

Nuestra Iglesia de Navarra, siguiendo el ejemplo de san Francisco Javier, ha sido misionera y universalista, abierta al mundo. Ha sido generosa enviando a otras Iglesias sacerdotes, religiosos, religiosas y seglares misioneros, también para la atención pastoral de los emigrantes españoles que salieron a la Europa central en la segunda mitad del siglo XX. Ahora la inmigración nos ofrece la circunstancia de poder vivir esa misma universalidad también aquí en casa. Cito del mismo documento: “La presencia de los inmigrantes ofrece a la Iglesia una oportunidad y ha de ser vista como una gracia que ayuda a la Iglesia a hacer realidad su vocación de ser signo, factor y modelo de catolicidad para nuestra sociedad en la vida concreta de las comunidades cristianas. Por eso hemos de dar gracias a Dios por los emigrantes, que nos proporcionan la oportunidad de acogerlos y, por la acción del Espíritu, recibir de ellos, con su trabajo y servicios, sus dones y su riqueza” (La Iglesia en España y los inmigrantes. Página 19).

Entre nosotros ha habido desde el principio una apuesta clara de acogida, de atención en las necesidades básicas, de promoción humana y social: en Cáritas, en las parroquias, en proyectos de religiosos y religiosas que aglutinan a un buen número de voluntarios. También surgió pronto la inquietud por la tarea expresamente pastoral: el año 2000 la Diócesis confió a los Padres Paúles (Iglesia de la Milagrosa, en Pamplona) la atención pastoral de los inmigrantes latinoamericanos en una misión que se llama “Manos Abiertas”. Y en estos años hay bastantes comunidades parroquiales que han asumido la pastoral con los inmigrantes. Aún así, falta mucho camino por recorrer.

La inmigración nos invita a los cristianos a evangelizar a los miles de personas que llegan. No podemos ver la inmigración sólo como un asunto de acogida y caridad, sino, también, como una realidad que hemos de evangelizar y por la que nos debemos dejar evangelizar. Existe el riesgo, acentuado ahora por la crisis, de identificar inmigrantes con pobres y reducir nuestra actuación a la ayuda material.

Queremos acoger al inmigrante teniendo en cuenta, también, su identidad religiosa y trascendente, sin que sean obstáculo las diferencias. Las personas creyentes deben alimentar y expresar su fe en nuestra tierra, tanto si son católicos como si pertenecen a otras iglesias u otras religiones; corresponde a nuestras comunidades acogerlos en su diversidad, ofrecerles la oportunidad de vivir su fe, siempre en un diálogo respetuoso y buscando lo que nos une.

Que los inmigrantes se integren en las parroquias, mantengan su fe y su cultura, y que su presencia favorezca la fe de nuestras comunidades parroquiales. Además, que las parroquias tengan una relación cercana con inmigrantes de otras confesiones o no creyentes. Ello supone (todos lo entendemos) un trabajo parroquial acogedor y misionero.

Por supuesto que hemos de seguir estando cerca de los que peor lo pasan, los preferidos de Jesús. Porque son muchas las causas de sufrimientos de bastantes personas y familias inmigrantes: la soledad o separación familiar, la difícil educación de los hijos, la pérdida del trabajo, la angustia económica, la situación legal de irregularidad y desamparo, la privación de libertad… Con imaginación y cercanía, tanto a nivel parroquial como diocesano, habrá que seguir poniendo los medios para que estas personas puedan experimentar al Dios Amor y a la Iglesia como Madre.Las parroquias deben ser comunidades en que el inmigrante católico pueda vivir y celebrar con naturalidad su fe, y el no católico encuentre un grupo de creyentes con calor humano y sentido trascendente que les abra las puertas. Es, por tanto, toda la comunidad parroquial la que debe abrir las puertas a los nuevos miembros que llegan. Y no sólo abrirles las puertas sino, también, salir a su encuentro. Para la Iglesia “nadie es extranjero” puesto que todos somos hijos de un mismo Padre. Trabajemos juntos para recibir al hermano que llega. o