Homilía de la apertura de curso de la Universidad de Navarra

La exaltación de la Santa Cruz que hoy celebra la Iglesia en la liturgia es un hermoso día para comenzar el curso con estos actos oficiales y solemnes de la Apertura. En primer lugar quiero felicitar muy cordialmente al nuevo Rector, D. Alfonso Sánchez-Tabernero. Cuenta desde este momento con mi bendición y con mi oración incesante para que sepas llevar adelante con sentido profesional y con profundo espíritu cristiano la labor que tienes encomendada. Nuestro Señor no te va a fallar, estamos seguros de que tú tampoco le fallarás a Él. Estrenamos hoy, además, este magnífico edificio que lleva el expresivo nombre de “Amigos de la Universidad”, de modo que yo mismo me encuentro en mi casa, puesto que soy al menos amigo de la misma.

1. Cuando una serpiente mordía a uno, él miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado, hemos escuchado en la primera lectura tomada del libro de los Números. Aquella serpiente de bronce que, por contraste, evoca la serpiente primordial que engañó a nuestros primeros padres y les llevó a cometer el primer pecado, es el antídoto salvador que alcanzaba la salud a aquellos que se sentían aquejados por las serpientes del desierto y la miraban con fe.

“Es desde el trabajo, con el trabajo y por el trabajo como iréis extendiendo el reino de Cristo”
Es, sin duda, un símbolo de que el Señor cumplía su promesa de llevar al pueblo a la tierra prometida y había de defenderlo de todos los peligros del desierto, incluso de aquellos ocasionados por sus propias infidelidades. Pero es, sobre todo, figura de de lo que Jesucristo realizaría plenamente. “Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna” le dijo Jesús a Nicodemo (Jn2,14).

Aquella serpiente, remedio contra las mordeduras mortíferas, era figura de la Cruz reconciliadora de Cristo. Lo anunciado por Dios a través de Moisés se hizo realidad plena y definitiva en la crucifixión de su propio Hijo. Jesús, levantado en el madero de la cruz, ha abierto las puertas de la salvación al mundo entero. «Así como en otro tiempo, comenta San Agustín, quedaban curados del veneno y de la muerte todos los que veían la serpiente levantada en el desierto, así ahora el que se conforma con el modelo de la muerte de Jesucristo por medio de la fe y del Bautismo, se libra también del pecado por la justificación, y de la muerte por la Resurrección» (Comentario al Evang. de S. Juan).

La liturgia del Viernes Santo recoge el misterio de la Cruz cuando invita a cantar: “Mirad el árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo” (Liturgia del Viernes Santo, 2ª parte). La Cruz es la culminación del amor de Dios que nos ha entregado a su Hijo (“tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él”), es la expresión sublime del amor de Jesucristo que se ha hecho obediente hasta la muerte y muerte de Cruz (Fil 2,8).

Al levantar los ojos hacia el Crucificado, adoramos a Aquel que vino para quitar el pecado del mundo y darnos la vida eterna. La Iglesia nos invita a dar gracias a Dios porque de un árbol portador de muerte, ha surgido de nuevo la vida. Y confesamos que en medio de nosotros se encuentra Quien nos ha amado hasta dar su vida por nosotros, Quien invita a todo ser humano a acercarse a Él con confianza. Acercarnos a la Cruz implica una clara exigencia de humildad. No se puede mirar la Cruz de Cristo con ánimo altanero, como se deduce del origen de la fiesta de hoy.

2. En este día se celebra la veneración a las reliquias de la cruz de Cristo en Jerusalén, tras ser recuperadas de manos de los persas por el emperador Heráclito. Era el 14 de septiembre del año 628. La cruz, cuenta la tradición, había sido encontrada por Santa Elena, madre del emperador Constantino y colocada en la Basílica del Santo Sepulcro, construida al efecto. Pero hacia el 614, fue arrebatada por los persas y su emperador mandó ponerla como pedestal de su trono en señal de desprecio. Poco después el emperador cristiano Heráclito venció a los persas y recuperó la cruz. Se propuso entonces cargar con ella, como había hecho Jesús, y llevarla por las calles de Jerusalén hasta el templo del Santo Sepulcro. Pero en cuanto cargó el madero sobre sus hombros quedó paralizado y no podía dar un paso.

Entonces el patriarca Zacarías que iba junto a él le indicó que su atuendo imperial chocaba con el sentido de la cruz y que debería vestirse como cualquiera de sus súbditos. Así lo hizo y pudo entrar en la ciudad y en el templo sin ninguna dificultad. Al abrir el cofre donde se encontraban las reliquias de la cruz todos se postraron con humildad y adoraron al Señor que había estado clavado en aquel madero.

“¡Qué dicha tener la Cruz! Quien posee la Cruz posee un tesoro”, decía San Andrés de Creta (Sermón 10, sobre la Exaltación de la Santa Cruz). Nuestra sociedad de hoy desprecia la Cruz o, al menos, quiere ocultarla y quitarla de los foros donde se debaten los problemas más graves de la humanidad. Nosotros tenemos como reto ineludible levantar la Cruz gloriosa para que el mundo vea hasta dónde ha llegado el amor del Crucificado por los hombres, por todos los hombres. Hemos de dar testimonio del amor infinito del Crucificado de dos maneras, aprendiendo la sabiduría de la cruz y poniendo a Cristo en la cumbre de las actividades humanas, como gustaba decir a San José María.

3. La sabiduría de la Cruz es central en la teología de San Pablo. ¡Cómo me gusta hablar de la sabiduría de la Cruz en el ámbito universitario donde se busca la verdad y se cultiva la sabiduría! El misterio de la Cruz era necedad para los griegos, literalmente el término griego “anonhtos” significa “vano”, algo irrelevante que ni siquiera merece ser tomado en consideración en el plano de la lógica racional. Para quienes buscaban la perfección en el espíritu, en el pensamiento puro, era inaceptable que Dios se hiciera hombre y menos que se sometiera al suplicio más abominable de la Cruz. “Te escucharemos en otra ocasión” (Hch 17,32) le dijeron los atenienses cuando le oyeron hablar de la resurrección.

“Al celebrar la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, suplicaste al Señor, con todas las venas de tu alma, que te concediera su gracia para “exaltar” la Cruz Santa en tus potencias y en tus sentidos… ¡Una vida nueva! Un resello: para dar firmeza a la autenticidad de tu embajada…, ¡todo tu ser en la Cruz! (Forja, 517)” Pero olvidaban los griegos y olvidan muchos de nuestros contemporáneos que “Dios lo levantó sobre todo y le dio el nombre sobre todo nombre” (Fil 2,8), es decir, no lo abandonó, sino que lo amó con amor infinito. De esto modo el Crucificado asume la debilidad del hombre es su más profunda radicalidad, y demuestra el verdadero poder de Dios que se manifiesta en la gratuidad completa del amor. Esta gratuidad del amor es la verdadera sabiduría de la Cruz.

4. Poner a Cristo en la cumbre de las actividades humanas, digo que es otro modo de reconocer el misterio de la Cruz. Permitidme que lea unas palabras que he encontrado en “Es Cristo que pasa” y que expresan el sentido de la Cruz: “Cristo, Señor Nuestro, fue crucificado y, desde la altura de la Cruz, redimió al mundo, restableciendo la paz entre Dios y los hombres. Jesucristo recuerda a todos: et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum, si vosotros me colocáis en la cumbre de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño, omnia traham ad meipsum, todo lo atraeré hacia mí. ¡Mi reino entre vosotros será una realidad!” (Es Cristo que pasa, n. 183)

Bien sabéis que esto significa hacer del trabajo, grande o pequeño, de toda actividad noble un punto de encuentro con Dios y un momento privilegiado de ayuda a vuestros hermanos los hombres, porque es desde el trabajo, con el trabajo y por el trabajo como iréis extendiendo el reino de Cristo. Estamos a punto de comenzar el Año de la fe, dentro de poco menos de un mes, y de que se inicie el Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización. Este curso, por tanto, ha de ser particularmente intenso si queremos secundar el querer de Dios manifestado por los planes del Santo Padre Benedicto XVI.

Por eso, sed amantes de la Cruz y formulad hoy de nuevo el propósito que escribió vuestro Gran Canciller en Forja “Al celebrar la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, suplicaste al Señor, con todas las venas de tu alma, que te concediera su gracia para “exaltar” la Cruz Santa en tus potencias y en tus sentidos… ¡Una vida nueva! Un resello: para dar firmeza a la autenticidad de tu embajada…, ¡todo tu ser en la Cruz! (Forja, 517)

Mañana celebramos otra hermosa conmemoración gozosa, Los Dolores de Nuestra Señora. María sale a nuestro encuentro y al contemplarla juxta crucem Iesu, aprendemos un poco más la sabiduría de la Cruz y la exigencia de poner a Cristo en la cumbre de las actividades humanas.