La Iglesia es santa

La Iglesia es santa y sólo porque Jesucristo la amó y dio su vida por ella. Ante tantas preguntas que nos hacemos y dudas que nos cuestionan sobre la Iglesia sólo hay una respuesta: Desde la entrega generosa de Cristo en la Cruz, ha nacido la Iglesia. Claro que está constituida por seres humanos frágiles, débiles y pecadores. Pero sólo Cristo puede darle el esplendor y la belleza de la santidad. Él la consagró desde el amor de donación porque nadie tiene mayor amor que el que entrega su vida.

En ella dejó el Señor todo el tesoro de su santidad adquirido por su muerte y resurrección y así la Iglesia es dispensadora de santidad y santifica a todos sus miembros desde el bautismo hasta la última despedida, luchando siempre por purificarla del pecado. Cuando la Sagrada Escritura habla de santidad, está haciendo mención a algo que es propiedad o pertenece a Dios, al solo Santo. Por tanto, la santidad no expresa en la Biblia una actitud ética primordialmente, sino una apropiación por parte de Dios que santifica una realidad profana.

Hay tres razones por las que podemos afirmar que la Iglesia es santa. Lo primero es que es de Dios y para Dios. Él la elige y crea un pueblo santo, al que es incondicionalmente fiel y no abandona a los poderes de la muerte y de la contingencia del mundo. La segunda es que Jesucristo, el Hijo amado de Dios, se entregó por la Iglesia para hacerla santa e inmaculada, uniéndose a ella de forma indisoluble. Y la tercera es porque el Espíritu Santo, prometido por Cristo, está presente en ella, actuando con poder y haciéndola depositaria de los bienes de la salvación que debe transmitir; la verdad de la fe, los sacramentos de la nueva vida y los misterios.

Sin embargo, al acoger a hombres y mujeres pecadores, la propia Iglesia es pecadora, necesitando convertirse al evangelio; la Iglesia es santa y siempre en camino de purificación y perfección. Por el bautismo hemos nacido a una nueva vida que transforma nuestro modo de obrar y que hace de nuestra existencia cotidiana un servicio a Dios. Esta conversión de actitudes, virtudes y comportamientos no es fruto de un empeño personal, sino efecto del Espíritu Santo que actúa en nosotros si somos capaces de dejarnos transformar por Él.

Sin embargo, al acoger a hombres y mujeres pecadores, la propia Iglesia es pecadora, necesitando convertirse al evangelio; la Iglesia es santa y siempre en camino de purificación y perfección Bien podemos concluir que no nos debemos sentir frustrados cuando veamos los pecados de los mismos miembros de la Iglesia, porque es fruto de nuestra condición frágil y pecadora desde los inicios de la creación. Se nos puede criticar y hasta ridiculizar pero con la humildad del corazón hemos de reconocer que nuestra única tabla de salvación está en Cristo.

“Al canonizar a ciertos fieles, es decir, al proclamar solemnemente que esos fieles han practicado heroicamente las virtudes y han vivido en la fidelidad a la gracia de Dios, la Iglesia reconoce el poder, del Espíritu de santidad, que está en ella y sostiene la esperanza de los fieles proponiendo a los santos como modelos e intercesores. Los santos y las santas han sido siempre fuente y origen de la renovación en las circunstancias más difíciles de la historia de la Iglesia. En efecto, la santidad de la Iglesia es el secreto manantial y la medida infalible de su laboriosidad apostólica y de su ímpetu misionero” (Catecismo de la Iglesia Católica, 828).

Desde la  entrega generosa de Cristo en la Cruz, ha nacido la Iglesia. Claro que está constituida por seres humanos frágiles, débiles y pecadores
Pero la santidad tiene un alma y ésta es la caridad. Así lo expresa Santa Teresa del Niño Jesús: “Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto por diferentes miembros, el más necesario, el más noble de todos no le faltaba, comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que este corazón estaba ardiendo de amor. Comprendí que el Amor solo hacia obrar a los miembros de la Iglesia, que si el amor llegara a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían el evangelio, los mártires rehusarían verter su sangre… Comprendí que el Amor encerraba todas las vocaciones, que el Amor era todo, que abarcaba todos los tiempos y todos los lugares… en una palabra, que es eterno” (Manuscritos autobiográficos, p. 299).

Cada día me siento más orgulloso de la Iglesia pues me ha dado lo mejor y me cuida para que Jesucristo se configure en mi persona. No hemos de temer y menos infravalorar a la Iglesia. En ella, como en una madre, en su regazo me hallo bien y me da esperanza. Su corazón de madre me ayuda a amar y en el amor está la santidad. ¡Bendita Madre que así me amas, hazme dócil para vivir la caridad!