La Iglesia es apostólica

La palabra apóstol significa o quiere decir enviado. Los evangelios nos muestran que el verdadero enviado (apóstol) es Jesucristo que es el mensajero y enviado por el Padre para salvarnos del pecado. Y a su vez Jesucristo confió a los apóstoles la misión que había recibido del Padre, encargándoles predicar en su lugar el Evangelio a todos los pueblos, con la fuerza y la presencia del Espíritu Santo, hasta que todos sean evangelizados. Aún nos queda mucho, puesto que hay casi dos tercios de la humanidad que todavía no conocen a Jesucristo. La “misión está aún por estrenar”, decía el Papa Beato Juan Pablo II.

La función apostólica intransferible consistió precisamente en ser testigos inmediatos de la Resurrección del Señor y a los que el Señor les confió la Iglesia como cimientos de la misma. Por eso, la Iglesia es apostólica; sin la apostolicidad sería una institución muy honorable pero no sería Iglesia. El Espíritu Santo mantiene a la Iglesia en comunión con los Apóstoles y, gracias a esta comunión con el Padre y el Hijo, el Espíritu Santo es el principio de la comunión de todos los miembros de la Iglesia en la misma fe y en el testimonio de vida de los Apóstoles.

Al servicio de la apostolicidad de todos los miembros de la Iglesia está la sucesión apostólica en el Papa como sucesor del apóstol Pedro y los Obispos como sucesores de los apóstoles. Ellos son los que garantizan tal apostolicidad. La verdadera Iglesia de Jesucristo está allí donde los creyentes son fieles a la fe de los Apóstoles, al mismo tiempo que se adhieren a la sucesión apostólica del Papa y de los Obispos.

Desde los comienzos hay textos que afirman tal apostolicidad: “Los apóstoles salieron al orbe entero a predicar la misma doctrina de la misma fe a todas las naciones. En cada ciudad fundaron iglesias, que vinieron a ser como retoños o semillas de la fe y de la doctrina para las demás iglesias de entonces y de ahora. Por eso, nuestras iglesias deben ser consideradas como brotes de las iglesias apostólicas. Aún siendo tantas iglesias, no forman más que UNA sola” (Tertuliano).

Al servicio de la apostolicidad de todos los miembros de la Iglesia está la sucesión apostólica en el Papa como sucesor del apóstol Pedro y los Obispos como sucesores de los apóstoles
De ahí que se venga a afirmar, y así lo dice el Concilio Vaticano II, que la Iglesia es medio de Salvación en Cristo: “Basado en la sagrada Escritura y en la Tradición, enseña que esta Iglesia peregrina es necesaria para la Salvación. Cristo, en efecto, es el Único Mediador y Camino de Salvación que se nos hace presente en su Cuerpo, en la Iglesia. Él, al inculcar con palabras bien explícitas, la necesidad de la fe y del Bautismo, confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que entran los hombres por el Bautismo como por una puerta. Por eso, no podrían salvarse los que sabiendo que Dios fundó por medio de Jesucristo la Iglesia católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella” (Lumen Gentium, 14).

Esta afirmación no se refiere a los que, sin culpa suya, no conocen a Cristo y su Iglesia, “pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna” (Idem nº 16).

Los tiempos que corren necesitan testigos fieles y fiables de anunciar con nobleza a Jesucristo, sin dejarse llevar por los tópicos de unas ideologías vacías y sin sentido de lo trascendente El motivo de la misión es éste, que “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tm 2,4). La salvación se encuentra en la verdad. El Catecismo de la Iglesia Católica dice que “los que obedecen a la moción del Espíritu de verdad están ya en el camino de salvación; pero la Iglesia, a quien esta verdad ha sido confiada, debe ir al encuentro de los que la buscan para ofrecérsela. Porque cree en el designio universal de salvación, la Iglesia debe ser misionera” (nº 851).

Los tiempos que corren necesitan testigos fieles y fiables de anunciar con nobleza a Jesucristo, sin dejarse llevar por los tópicos de unas ideologías vacías y sin sentido de lo trascendente. No se ha de temer y menos acobardarse por profesar la fe y menos dejarse influenciar ante una cultura que todo lo mide con el complejo de “herir las sensibilidades”. La Iglesia apostólica no se amedrentó en los inicios y no se sigue amedrentando en estos momentos de la historia.