Ciencia Y Fe

¿La fe en Dios y la ciencia se contradicen?

No hay contradicción entre fe y ciencia. Al contrario, estas dos realidades son recíprocamente complementarias. El progreso científico, propiamente interpretado, ayuda a la mejor comprensión e interiorización de los valores espirituales, así como los valores espirituales tienen la fuerza intrínseca de sensibilizar a quienes promueven las investigaciones científicas. El Papa Benedicto XVI dice que “el hombre, tanto en su interioridad como en su exterioridad, no puede ser plenamente comprendido si no se le reconoce abierto a la trascendencia”.

Tengo aún muy presente el día que pude compartir mesa y mantel con el Papa Beato Juan Pablo II. Fue en el Palacio Apostólico del Vaticano, en su casa. En medio de la conversación, donde estábamos ocho obispos con el Papa, le pregunté cuál era lo que más le preocupaba en esos momentos. Me miró con sus ojos de pillo y después de bromear, como solía hacer él, yo aún era un recién ordenado obispo de 45 años, me dijo: “Lo que más me preocupa es el relativismo que existe en la sociedad. Está haciendo mucho daño y se requiere una nueva evangelización”. Después nos confidenció que estaba escribiendo una encíclica que iba a titular “Fe y Razón”. Y así fue, un año después, el 14 de septiembre del año 1998, esta encíclica salió a la luz.

 La ciencia podrá barruntar la fe pero nunca llegará a alcanzarla puesto que la fe va más allá de la ciencia. La una se sostiene en lo verificable y la otra en la Revelación de Jesucristo
Ya ha pasado definitivamente el tiempo en que se trataba de contraponer estas dos realidades. Aún se ven reacciones contrapuesta e incluso alguien tal vez atraído por los descubrimientos de la ciencia cree que ésta es ya mayor de edad para zanjar el preguntarse sobre la existencia de Dios. No se me olvida cuando en plena procesión de la fiesta de San Fermín, un joven iba corriendo detrás de mí diciendo: “Ya se ha descubierto la partícula de Dios -se estaba en esos días hablando y comentando en todos los medios- por lo tanto no sois necesarios, marchad a vuestras casas, no os necesitamos, nos habéis engañado”. Una reacción sin sentido pero que indica cómo la ignorancia y la información tergiversada puede provocar estos modos absurdos de pensar.

Ciertamente que, como dice el Concilio Vaticano II: “Las cosas creadas y las sociedades mismas gozan de leyes y valores propios que el hombre ha de descubrir, aplicar y ordenar paulatinamente” ( Cfr. Gaudium et Spes, 36), pero también es preciso reconocer las exigencias metodológicas propias de cada ciencia y arte. Sin embargo, conviene recordar “que la única búsqueda correcta de la verdad es la que se realiza con un examen metódico, de manera verdaderamente científico y respetando las normas morales. La justa aspiración al conocimiento de la verdad no puede descuidar jamás lo que pertenece a la esencia de la verdad: el reconocimiento del bien y del mal” (Juan Pablo II, Discurso a un grupo de rectores de universidades de Polonia, 30 de agosto 2001).

El científico o el pensador no son creadores de la verdad, sino  humildes investigadores que presentan a los demás aquello que está a su alcance
La ciencia podrá barruntar la fe pero nunca llegará a alcanzarla puesto que la fe va más allá de la ciencia. La una se sostiene en lo verificable y la otra en la Revelación de Jesucristo. A la ciencia le ayuda la ética, a la fe la Sagrada Escritura. De ahí que sea incomprensible la afirmación de algunos científicos que llegan a afirmar que debería haber un acuerdo de todos los partidos políticos para que la ciencia esté por encima de todo y que la religión no debería interferir en la investigación científica. El doctor Josef Menguele estuvo de acuerdo. Él mismo, en Auschwitz, invocó a la ciencia para realizar experimentos con seres humanos. Pero claro: los judíos no eran seres humanos para los nazis. Tampoco los embriones humanos lo son para algunos científicos modernos.

El científico o el pensador no son creadores de la verdad, sino humildes investigadores que presentan a los demás aquello que está a su alcance y siempre con la nobleza del que ha descubierto algo que no engloba lo absoluto. Un investigador que absolutiza su hallazgo descuida que la finitud nunca puede confundirse con la infinitud. Jesucristo reprocha a los sabios y entendidos de si mismos y sin embargo elogia a los sencillos y los humildes. La verdad sólo está al alcance de los que buscan con fidelidad y se revela a los que miran más allá de sus propias percepciones. La ciencia y la fe están para ayudarse mutuamente y para ponerse, al servicio, del hombre; de lo contrario se falsificaría y se traicionaría la misión a la que están llamadas una y otra.