Dios Ha Nacido

La Navidad en el Año de la Fe

Hay celebraciones dentro del año litúrgico que merecen una atención muy especial. Más aún en el Año de la Fe que estamos celebrando. El propósito del Papa al promulgarlo es que los cristianos redescubramos la alegría de la fe y la profesemos con fervor y la manifestemos solemnemente de palabra y de obra. Éste es el primer paso que hay que dar: comenzar la nueva evangelización por nosotros mismos. Tenemos que “redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo”. (PF 2). La Navidad es una ocasión privilegiada para tener este encuentro con Cristo, afirmando y viviendo el artículo de fe del Credo: “por obra del Espíritu Santo se encarnó en el seno de María la Virgen, y se hizo hombre”.

Ante todo debemos conocer nuestra fe sobre la Navidad, para saber discernir entre lo verdadero y auténtico y lo sucedáneo y añadido postizo. Así el acto de fe será fundamentado y la vivencia del misterio será profunda realidad. El Papa nos dice que acudamos al Evangelio y al Catecismo de la Iglesia Católica. “Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un subsidio precioso e indispensable” (PF 11). Por esto deseo que en todas las parroquias, movimientos, asociaciones y nuevas comunidades eclesiales se estudie sistemáticamente el Catecismo, que se organicen “Escuelas sobre el Catecismo”, en todos los grupos.

Ante todo debemos conocer nuestra fe sobre la Navidad, para saber discernir entre lo verdadero y auténtico y lo sucedáneo y añadido postizo
El Evangelio narra la anunciación de la Encarnación de Jesucristo en la Virgen María por obra del Espíritu Santo (Lc 1, 26-38). Dice San Lucas que el ángel Gabriel, enviado por Dios, “entró donde estaba ella” (v.28) Se produjo la visita más importante que conoce la historia con un saludo increíble: “Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo”. El ángel le llamó a María con una expresión que fue como su apellido: “la-llena-de-gracia”. Sin duda manifiesta una predilección sobresaliente, un elogio sin parangón y una glorificación en vida. El anuncio solemne llegó enseguida: “has hallado gracia ante Dios, concebirás en tu seno y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús” (v. 29) María escuchó, aceptó y se convirtió en Templo de Dios. Y Dios se hizo hombre nacido de la Virgen María en Belén. San Lucas narra la escena con una ternura inigualable: “dio a luz a su hijo primogénito, y le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre” (Lc 2, 7). Dice el Papa en la Porta Fidei: “Con gozo y temblor dio a luz a su único hijo, manteniendo intacta su virginidad” (n. 11). Este hecho entrañable ha quedado marcado por la historia como un inicio del tiempo, también por mucha poesía, pero en su profunda realidad está lo que profesamos en el credo: “Que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre”.

El Catecismo de la Iglesia Católica cuando comenta este artículo de fe dice: “Él se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre” (n. 464). Ésta es la fe que profesamos especialmente en Navidad. Éste es, el centro, la sustancia y el motivo de nuestras celebraciones navideñas. Lo afirmaremos, celebraremos y viviremos de acuerdo con este hecho que transforma radicalmente la vida de la humanidad. Si lo vivimos con esta profundidad la nueva evangelización habrá hecho camino en nosotros y se proyectará la misión en nuestro entorno.

Tenemos que “redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo”

A la profesión de fe le sigue siempre una celebración acorde. Así es como en consonancia con la importancia trascendental del acontecimiento de la Navidad la liturgia mantiene viva la expectación del pueblo cristiano para recibir el misterio del Dios hecho hombre durante las cuatro semanas de Adviento. El día de la gran fiesta saca sus mejores y espléndidas galas para ayudarnos con todos sus medios, símbolos, signos y gestos a interpretar, representar y expresar el misterio. Así a través de lo exterior se produce una experiencia religiosa interior transformante, se provocan unos sentimientos de piedad y devoción, de comunicación y encuentro con lo trascendente. Los adornos, las flores, la luz, la música, los ornamentos, las campanas, las ceremonias solemnes con cantos de gloria y aleluyas, ayudan a provocar una vivencia intensa. Todo esto es el marco propicio para una oración litúrgica llena de afirmación y adoración del misterio del Emmanuel, Dios con nosotros, hecho hombre. La liturgia propone en el momento de la proclamación del credo el signo de arrodillarse y hacer silencio profundo al pronunciar las palabras: “Por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre”. Este año cobra un sentido especial, que es necesario subrayar y hacer vivir. Con la actitud humilde del que acepta y afirma el misterio, en medio de un silencio sobrecogedor, resonará en el corazón de los fieles la afirmación: creo, adoro y amo el misterio del Niño-Dios nacido en Belén.

La celebración es eficaz ya que hace que lo que creemos y celebramos lo expresemos en la vida concreta. Las manifestaciones en torno a la Navidad son consecuencias lógicas que en cierta manera culminan lo celebrado. Es muy importante lo que celebramos, por eso cobran su sentido más auténtico y hermoso los belenes, los villancicos, la reunión hogareña en torno a la mesa, los regalos… Pero el cristiano no puede guardar la alegría y la expande haciendo que todos sean partícipes Es una expansión que se concreta en la ayuda a la Caritas, Manos Unidas u Obras Misionales Pontificias que lleva esa alegría a tantas personas. Es además motivo de cobrar ánimo en estos tiempos de crisis y proclamar con el salmista: “Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación” (Sal 24); “fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón: Sed fuertes, no temáis” (Heb 12,12).

En Navidad damos rienda suelta a los mejores sentimientos de alegría, paz, verdad y amor porque “ha aparecido la gracia (la ternura) de Dios” (Tit 2-11); “un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado” (Is 9, 6). Para el nacimiento de Jesucristo no hubo sitio en la posada, fue acostado en un pesebre y envuelto en pañales. Esta escena conmueve a quien la contempla. Resplandecen las virtudes evangélicas de la humildad, la pobreza y la debilidad. Los que entran por esas virtudes viven a conciencia la Navidad. Vamos, pues, a recibir en este año especial a Jesús, con fe renovada, sabiendo que “a quienes lo han recibido, a los que creemos en su nombre, nos concede poder ser hijos de Dios” y “contemplar su gloria” (Jn 1,12). Con esta disposición bien podemos decir:

¡Feliz Navidad y Feliz Año 2013!