MARIA MODELO DE FE (Apertura del “Año de la Fe”) 09-12-2012

Las celebraciones y actividades pastorales de este curso pastoral se enmarcan en el Año de la Fe y abrimos oficialmente este Año y en la fiesta de la Inmaculada Concepción. Un año más la estamos celebrando con devoción profunda, reflexión y gozo. El día 8 a las 12’00 horas abriremos el Año de la Fe, tanto en la Catedral de Pamplona donde presidiré la Eucaristía, como en la Catedral de Tudela donde la presidirá el Obispo Auxiliar Mons. Juan Antonio Aznárez. Al ser, la Virgen María, el prototipo del creyente nuestra reflexión de hoy debe servir para afirmar nuestra fe. Contemplando a “la toda llena de gracia” seremos capaces de anunciar al mundo la belleza de creer. Ella hizo un camino de fe con constantes afirmaciones de aceptación de la voluntad de Dios.

En su alma se fue produciendo una intuición del misterio de Dios que iba conservando en su corazón (Lc 2, 51) Por eso se convierte en protectora de los trabajos apostólicos del Año de la Fe. Dice el Papa Benedicto XVI, en la última línea de la “Porta fidei”: “Confiemos a la Madre de Dios, proclamada “bienaventurada porque ha creído” (Lc 1, 45), este tiempo de gracia.” Así pues, nadie mejor que ella para guiarnos en el camino de la fe.

El camino se inicia cuando María es concebida sin pecado original. La que iba a ser Madre de Dios no podía tener una raíz contaminada por el mal. Esta era una convicción fuertemente arraigada en el pueblo cristiano y que el Papa Pío IX ratificó en 1854 definiendo el Dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María “por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente y en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano” (Ineffabilis Deus 8-XII- 1854).

La Iglesia universal acogió esta declaración con alegría y gran bien de las almas. Porque no es sólo un enunciado sino una afirmación que compromete a los creyentes a seguir una lucha perseverante contra el mal. Los cristianos nos liberamos del pecado original en el bautismo, pero la lucha y el esfuerzo contra las malas inclinaciones y vicios es constante en nuestra vida. A imagen de María, animados por ella, queremos ser también libres de toda mancha de pecado. Tenemos la certeza de que con María Cristo puede nacer, crecer y vivir en nuestro corazón. María nos llama a todos a la santidad. Pero sobre todo en esta día de la Inmaculada, María representa para los jóvenes una llamada atrayente y un acicate en el esfuerzo por la virtud. Aquella sencilla y santa joven de Nazaret es un espejo y un estímulo para colocar los ideales más elevados. María es la mujer nueva, la primera y perfecta cristiana “modelo eximio de la condición femenina, ejemplar limpio de las virtudes evangélicas” (MC, 36)

A nadie se le escapa la percepción de las dificultades de los jóvenes para mantenerse fieles en la lucha por la virtud y la fe. El influjo social pernicioso afecta con más fuerza a las generaciones jóvenes que llevan una lucha especial para mantenerse firmes en la fe. Sufren a veces la persecución manifiesta, que excluye al creyente, y en todo caso soportan un doloroso ridículo. Necesitan valentía, testimonio y alegría de vivir la fe. El proceso, en el camino de fe, de María nos debe animar.

Hay una experiencia en la vida de María particularmente elocuente en estos tiempos. Es la huída a Egipto y la travesía del desierto. Huída, desierto y noche de la fe son símbolos de lo que les sucede a muchas personas. Son el símbolo negativo de tantas huidas causadas por la vida llena de incongruencias, falta de solidez en las convicciones, crisis y apostasía silenciosa de la fe. Por otra parte es un símbolo positivo de alejamiento del clamor de lo mundano, del secularismo y el relativismo, para entrar en la reflexión del silencio interior y salir de las noches oscuras de la fe con la decisión del sí de María. El desierto y la noche de la fe fueron purificadores para Israel y paso necesario de la esclavitud a la libertad. Así mismo el desierto de la Iglesia en medio del mundo y de los cristianos en la sociedad actual son caminos de redención.

La experiencia de fe de María anima a todos, especialmente a los jóvenes, a tener grandes ideales hacia la verdad, la justicia y el bien que en la Inmaculada llegan a plenitud. Los jóvenes, firmes en la fe, hoy se proponen fundar familias sanas, abiertas a la vida, en respeto, fidelidad y amor. Mirando a María surge la generosidad para entregar la vida consagrada a Dios y a los hermanos. Con los ojos de María contemplamos con amor nuestros ambientes necesitados de redención y asumimos el compromiso de ser apóstoles en las actividades del día a día: en la familia, el trabajo, el estudio, la diversión. Con María y de su mano queremos vivir intensamente este Año de la Fe.