Conversión

Conversión, penitencia y responsabilidad

Hace pocos días he peregrinado, con un grupo de fieles de la diócesis, para agradecer a la Virgen de Fátima por la Visita Pastoral que finalicé en la zona de La Ribera de Navarra a finales de octubre de este año. Una vez más he visto la devoción que hay en millones de peregrinos que se acercan todos los años a este Santuario. Lo que allí se percibe es el mensaje que quedó grabado en los pastorcillos: Rogar a la Virgen con el rezo, del santo rosario, por la conversión de los pecadores y hacer penitencia a fin de que el Corazón Inmaculado de María reine en todos. De lo contrario muchas almas se perderán en el infierno y muchos males vendrán a la humanidad.

Es el Concilio Vaticano II y el Catecismo de la Iglesia Católica quienes nos recuerdan que la llamada de Dios en la Escritura y en las enseñanzas de la Iglesia nos invita a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. “Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Para que así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra merezcamos entrar con Él en la boda y ser contados entre los santos y no nos manden ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde habrá llanto y rechinar de dientes” (Cfr. Lumen Gentium, 48).

En este Año de la Fe se nos invita a centrar nuestra vida en el amor a Dios y al prójimo. De ahí que haya un
llamamiento a la conversión

En este Año de la Fe se nos invita a centrar nuestra vida en el amor a Dios y al prójimo. De ahí que haya un llamamiento apremiante a la conversión. Así nos lo expone el mensaje final del Sínodo 2012: “La invitación a evangelizar se traduce en una llamada a la conversión”. No podemos dejarnos llevar por la falsa bondad o el “buenismo” de creer que para Dios todo es igual y todos somos iguales vivamos como vivamos y por lo tanto no se necesita la conversión. Este modo de sentir ha calado en el pensamiento de muchos y es con certeza fruto del relativismo.

Por eso el Catecismo nos recuerda: “No podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos… Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno” (nº 1033).

Al afirmar estas verdades que la Iglesia siempre ha manifestado en su enseñanza recuerdo, no hace mucho, hubo una persona que me abordó y me espetó: “Pero ¿Ud. cree en el infierno?” Le respondí: “Sí. Creo en el infierno porque es la ausencia total del amor de Dios y porque creo en las verdades de la fe que me manifiesta la Iglesia”. Con aires destemplados y con una amarga reprobación se marchó. Me dolió profundamente y calmando mi corazón recé interiormente.

La libertad del ser humano puede ir por la vía del amor que es el camino que lleva a la patria celeste o por el camino del desamor (odio) que siendo la aversión voluntaria a Dios y a los seres humanos y persistiendo hasta el final lleva por el derrotero, del fatal desenlace: el infierno. Dios ni premia, ni castiga; son nuestros actos voluntarios los que nos llevan a la luz o la oscuridad. Y no olvidemos que Dios siempre nos dará las oportunidades necesarias para acogernos a su misericordia. Jesucristo es el único y misericordioso Salvador y nos salvará si nosotros queremos y si hemos cumplido sus mandatos.

Como síntesis de esta reflexión acudamos al Evangelio que nos habla con claridad meridiana: “Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda” (Mt 25, 31). El testo sigue, después del examen, diciendo a los primeros, a los de la derecha: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo” y a los segundos, a los de la izquierda: “Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles”.

Por lo tanto la nueva evangelización ha de partir de la propuesta clara que nos lleve a la conversión, haciendo penitencia y siendo responsables de nuestros actos. El pecado destruye, la gracia construye. Necesitamos en nuestra sociedad rogar y rezar a Nuestra Señora los unos por los otros para que un día consigamos participar de la felicidad que no tiene fin. Que este Adviento nos propicie vivir con la mirada puesta en el Niño Dios que vino para salvarnos.