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Migraciones: peregrinación de fe y esperanza

Han pasado 99 años desde que “el Papa de la Paz”, Benedicto XV, instituyó en 1914 esta “Jornada del Emigrante” (así se empezó llamando) para que fueran atendidos los millones de personas que, como consecuencia de la primera guerra mundial, se vieron forzadas a emigrar a otros países.

En estos tiempos, nuestra postura en Navarra ha de seguir siendo abierta y positiva, con el compromiso de estar al lado de los inmigrantes, apoyándoles y haciendo menos difícil su integración en la sociedad y en la Iglesia. Nuestra vocación, como Iglesia de Jesucristo, es promover el desarrollo integral del hombre. Nos interesa todo lo verdaderamente humano; por eso, quiero pedir que nunca se olvide que el emigrante es una persona, con la misma dignidad y derechos fundamentales que los demás. Como hicimos no hace mucho los obispos españoles, pido “a las autoridades para que los costes de la crisis no recaigan sobre los inmigrantes, arbitrando más bien las medidas necesarias para que reciban las ayudas sociales oportunas” (Ante la crisis, solidaridad. Página 3).

Quiero pedir que nunca se olvide que el emigrante es una persona, con la misma dignidad y derechos fundamentales que los demás
El emigrante vive con la confianza de que Dios no abandona a sus criaturas y de que encontrará una ayuda solidaria en muchas personas de buen corazón. En el emigrante hemos de ver a un hermano, en el que descubrimos la presencia de Jesucristo necesitado, que nos pide el mejor trato y el más fuerte apoyo. Hemos de atender a los emigrantes en todo, también en su dimensión religiosa, esencial para la vida de cada persona.

Los emigrantes pueden estimular nuestra tradición religiosa, hoy tan adormecida. Tienen derecho a ser apoyados en su fe, respetando sus tradiciones, y a poder participar en la Iglesia. Animo a que tengan espacios de encuentro en las parroquias y comunidades. La fe compartida nos llevará a la integración, que en la Iglesia llamamos comunión.

Celebramos, en la Navidad y todo el año, que Dios está con nosotros indefectiblemente, salvando siempre. Además, Dios se hace presente en los gestos de bondad y testimonios admirables de acogida y apoyo gratuito de “personas que dan luz reflejando la luz de Cristo”, que son “luces de esperanza”, personas que en nuestro “viaje por el mar de la historia” nos ofrecen “orientación para nuestra travesía” (Spe Salvi, nº 49).

Se trata de no reducir nuestra actuación a la ayuda material, de acoger al inmigrante teniendo en cuenta también su identidad religiosa y trascendente. Que los creyentes vivan y expresen su fe, tanto si son católicos como si pertenecen a otras iglesias u otras religiones; toca a nuestras comunidades acogerlos en su diversidad, ofrecerles la oportunidad de vivir la fe, siempre en un diálogo respetuoso y buscando lo que nos une. Trabajemos para que los inmigrantes se integren en las parroquias y su presencia favorezca la fe de nuestras comunidades parroquiales. Que tomen parte activa en los grupos y consejos parroquiales. Además, que se cultive una relación cercana con los de otras confesiones o los no creyentes. Que todas las personas puedan experimentar al Dios Amor y a la Iglesia como Madre. Para la Iglesia “nadie es extranjero” puesto que somos hijos de un mismo Padre.