CREO EN DIOS1

Creo en Dios

CREO EN DIOSLa afirmación más importante y fundamental de nuestra religión es la fe en la existencia de Dios. De esa aseveración nacerán todas las demás como derivadas. Sólo, al afirmar la palabra Dios ya nos introducimos en el ámbito de la trascendencia. Dios es la palabra más misteriosa que podemos pronunciar los humanos. Indica lo supremo. No se puede imaginar algo mayor. Pero si añadimos el verbo creo en Dios, nos situamos en los cimientos de la religión, porque expresamos una relación. La pregunta sobre la existencia de Dios es la más preocupante y muchas veces angustiosa de la humanidad a lo largo de los tiempos. De la respuesta depende la clave fundamental para interpretar la existencia e historia del ser humano. La filosofía, la ciencia, la cultura de los pueblos y la teología intentan dar respuestas. Cada disciplina lo hace desde sus presupuestos. Todas ellas buscan una salida que de sentido a la existencia del mundo y de la vida.

Ante la falta de fe que quiere expulsar a Dios del mundo, los cristianos proponemos a Dios como el primer valor para el hombre en quien está su origen y destino
Como dice la carta “Porta Fidei” del Papa Benedicto XVI, nosotros buscamos en este Año de la Fe “introducir a todo el cuerpo eclesial en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe” para que en toda la Iglesia se de “una auténtica y sincera profesión de la misma fe” que sea “confirmada de manera individual y colectiva, libre y consciente, interior y exterior, humilde y franca”. Se trata pues, de tomar conciencia de la fe “para reanimarla, para purificarla, para confirmarla y para confesarla”. No buscamos demostraciones o elucubraciones racionales, sino la fe que está en el profundo ser y en el sentir de la persona para rescatarla en toda su belleza.

La sociedad occidental lleva mucho tiempo promoviendo la lenta desaparición de la idea de Dios silenciando todo lo que se refiere a Él. Incluso tiene reparo de pronunciar la palabra Dios. Ante la falta de fe que quiere expulsar a Dios del mundo, los cristianos proponemos a Dios como el primer valor para el hombre en quien está su origen y destino. Necesitamos mantenernos en una relación básica con Él con la permanente oración del salmo: “Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro” (S 26).

Se puede buscar y encontrar a Dios en muchos ámbitos. En cada uno descubrimos quién es y cómo es. La primera página de la Biblia nos habla de la existencia de un solo Dios. Ante todo nuestra religión es monoteísta. Esta afirmación se va defendiendo a lo largo de la historia del pueblo de la Biblia en una lucha constante ante la tentación del ateísmo, el politeísmo y la idolatría circundante. Abrahán es el primero a quien Dios se le revela como el más grande Señor y posteriormente como el único. “Yo soy el Señor que te saqué de Ur de los caldeos” (Gn 15,7). El Dios de Abrahán no es una idea, ni un concepto necesario que pide la razón, tampoco una deducción lógica, sino una persona que tiene una relación personal y amistosa con el hombre.

Más adelante Dios hará la gran manifestación a Moisés en la visión de la zarza ardiente en el monte Horeb. Se comunica con un lenguaje cercano y solemne, humano y divino: “He visto… he bajado… te envío…” les dirás: “Yo soy el que soy”. “Éste será para siempre mi nombre”. Se revela único, vivo, personal, cercano. Soy “el Dios de tus padres”. El monoteísmo queda de manifiesto sobre todo en la revelación del decálogo en el Monte Sinaí. El primer mandamiento contiene la gran afirmación de la existencia de un solo Dios y un aviso preventivo y severo ante la tentación de la idolatría: “Yo soy Yahvé, tu Dios… No tendrás otro Dios más que a mí”. Esta revelación tendrá su redacción clásica en el Deuteronomio 6, 4.15: “Escucha Israel” (el famoso SHEM’Á): “Yahvé es nuestro Dios. Yahvé es único”. “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza”. Ésta es la imagen de Dios que aceptamos cuando profesamos el credo. En el Año de la Fe tendremos que examinar en qué Dios creemos, profundizar y purificar algunas deformaciones. Si el ateísmo es “el fenómeno más grave de nuestro tiempo” (GS 19) nuestra profesión de fe ha de ser la más valiente, convencida, adulta, existencial y libre.