Dios Es Amor

Creo en Jesucristo, su único hijo, nuestro Señor (I)

Dios es amorLa sed de conocer a Dios que tiene la humanidad, a lo largo de los tiempos, se ha visto colmada en Jesucristo en quien se nos revela de manera plena y definitiva el verdadero rostro de Dios. Es una imagen que no se termina de penetrar nunca; por eso siempre seguimos buscando poder contemplar con mayor claridad el rostro de Dios manifestado en Jesucristo. Él es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad que nos revela las cosas de Dios. A través de Él conocemos a Dios porque Él es “la imagen viva del Padre” (Jn 14,9).

Dios ya se había comenzado a dar a conocer en el Antiguo Testamento de “diversos modos” (Hb 1,1) En la plenitud de los tiempos hizo la gran manifestación en su Hijo. (Heb 1,1-2) “A Dios nadie lo ha visto nunca; el Hijo único que está en el seno del Padre, él lo ha contado” (Jn 1, 18). Jesucristo ocupa el centro de la fe cristiana. Es el corazón de la misma. Es la cima de la Historia de la Salvación. Por eso, el credo le dedica el núcleo más extenso, seis artículos.

Cuando leemos, meditamos y rezamos con los evangelios sacamos la conclusión de que Jesucristo irradia al Dios que es amor.
En este año de la fe nos acercamos a Él con la siempre novedosa curiosidad de penetrar en su misterio, conocerlo mejor, para amarlo más y seguirlo con mayor fidelidad. Lo que hacemos es contemplarlo para convertirnos a Él y reafirmar nuestra fe. Su imagen es tan rica que encontraremos facetas y honduras nuevas y sobre todo tendremos encuentros de experiencia personal de modo que su vida sea nuestra vida.

Que lleguemos a poder decir como San Pablo: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20). Jesucristo es un hontanar inagotable que sacia la búsqueda de Dios. Ante todo en Jesucristo se produce la gran novedad: ya no es el hombre que está buscando a Dios, sino que es Dios quien busca al hombre. No hay duda de que quien le ve a Él, ve al Padre (Jn 14,9) ya que él mismo dice: “yo y el Padre somos una sola cosa” (Jn 10,30) No se trata sólo de conocer, sino sobre todo de “saber” (saborear) en la experiencia qué significa Jesús en nuestra vida. ¿Qué profesamos y a qué nos compromete afirmar el segundo artículo del credo: Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor?

CREO EN JESUCRISTO

Cuando mencionamos a Jesucristo decimos dos nombres en uno solo. Decimos Jesús y Cristo. Queremos expresar que hay dos realidades o naturalezas en Él, una humana y otra divina. Al decir Jesús lo llamamos como le dijo el Arcángel Gabriel a María en la Anunciación: “le pondrás por nombre Jesús” (Lc 1,31), que significa “Dios salva”. Es el hijo de María, de la raza, carne y sangre humanas. Nos referimos a Jesús, el de Nazaret, que nació, padeció, murió, resucitó…, y compartió todo con nosotros, menos el pecado. Es un hombre localizado en un momento de la historia, en tiempos de Poncio Pilato, y en una geografía determinada, en Palestina. Se le llamó “el hijo de José, el carpintero de Nazaret”. Su carnet de identidad es bien definido.

Pero es también el Cristo, el ungido de Dios, Mesías, anunciado y esperado por los profetas, centro de la historia. Todo el Antiguo Testamente es una añoranza del Mesías. Se espera que con él se cumplirá la desaparición del mal, de la injusticia, la opresión, el dolor y la muerte. Cristo supera todas las expectativas mesiánicas. Lo dijo en la sinagoga de Nazaret al empezar su vida pública: “El espíritu del Señor está sobre mi… hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír” (Lc 4,21) Más adelante dirá a los discípulos enviados por Juan Bautista, encarcelado y en dudas, que Él es el esperado porque realiza las maravillas anunciadas por los profetas. (Lc 7, 18-23)

Cuando decimos Jesucristo afirmamos que es una sola persona inseparable. No se puede hablar por un lado de Cristo y por otro de Jesús. Así lo afirmó Pedro estando delante de Jesús cuando les preguntó qué opinaba la gente de Él: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16) Jesús interrogado por el sumo sacerdote si era el Cristo, el Hijo de Dios respondió: “Tú lo has dicho…” (Mt 26, 63-66)

La gran declaración es que Jesucristo es Dios y hombre verdadero. Esta afirmación produce un bien inmenso en nuestra vida espiritual. No sólo aceptamos una doctrina sabia, una moral excelente, una verdad o una filosofía, sino que por encima de todo nos adherimos a una persona. Y lo profesamos de una forma personal y comunitaria. Podríamos citar infinitos textos que dicen que Jesucristo es lo más importante para los cristianos. Es el todo. Cuando leemos, meditamos y rezamos con los evangelios sacamos la conclusión de que Jesucristo irradia al Dios que es amor. Y lo dibuja acercándose al hombre que sufre, a los pecadores, que descubren a un Padre que espera a los hijos pródigos perdidos para darles un perdón infinito, incondicional y gratuito. Muriendo en la cruz y resucitando revela de forma definitiva cómo el amor de Dios Padre se manifiesta en Él hasta el extremo.

En su nombre realiza San Pedro el milagro de curar a un paralítico (Hch 3, 6) y afirma ante el sanedrín que no hay otro nombre que nos pueda salvar (Hch 4, 11). Por eso el nombre de Jesucristo inspira a los cristianos a devolverle amor ya que tanto nos ha amado. Lo hace sobre todo imitando su ejemplo pero también dedicándole oraciones, himnos, cánticos y alabanzas nacidas del afecto del corazón que no están reñidas ni con la razón, ni mucho menos con la fe. La piedad cristiana se deja llevar por efluvios místicos de la lírica medieval y dedica versos emotivos en el himno de vísperas de la fiesta del Santísimo Nombre de Jesús: Nada tan suave para ser cantado,/ nada tan grato para ser oído,/ nada tan dulce para ser pensado,/ como Jesús, el Hijo del Altísimo./ Sólo quien su amor experimente es capaz de saber lo que es amarlo. (Atribuido a San Bernardo).