Espíritu Santo

Creo en el Espíritu Santo (I)

Espíritu SantoSe sigue diciendo que el Espíritu Santo es el gran desconocido. Esta convicción viene repitiéndose desde que San Pablo llegó a Éfeso y preguntó a unos pocos discípulos que encontró allí: “¿Habéis recibido el Espíritu Santo al abrazar la fe? Ellos le contestaron: Ni siquiera hemos oído si existe el Espíritu Santo” (Hch 19, 2). Sin duda puede afirmarse lo mismo en nuestro tiempo. Así lo reiteraba el papa Francisco admitiendo que “la falta de conciencia que manifiestan los cristianos hace dos mil años no es solo algo de los primeros tiempos, sino que el Espíritu Santo es siempre como el desconocido de nuestra fe. Hoy en día, muchos cristianos no saben quién es el Espíritu Santo, qué es el Espíritu Santo…se le deja siempre al final de todo y no encuentra un buen lugar en nuestra vida” (13.05.13).

Sin embargo es el gran actor de la creación, la redención y la santificación de las almas. Él está siempre activo con una acción silenciosa, invisible y eficaz. Está siempre presente como el aire para respirar o el sol para que haya luz y calor o el agua para que haya vida. No solemos tener conciencia constante de la necesidad vital del aire, la luz y el agua. Lo damos por hecho que están y sólo cuando faltan nos preocupamos. Así pasa con el Espíritu Santo. Por lo tanto se trata de traerlo más constantemente a la conciencia en la oración, en la invocación y en la adoración. Así sucederá, si conocemos mejor quién es, cómo se revela en la historia, cómo actúa en la Iglesia y en cada uno de nosotros. Conocer al Espíritu Santo es entrar en lo más profundo del ser de Dios.

El Espíritu Santo crea, sostiene, conserva, santifica, da vida, justifica, purifica, llama, atrae, salva, escudriña, fortalece, en definitiva es la fuente del amor.

Da la impresión de que llegamos al artículo de fe que puede parecer más etéreo, misterioso y abstracto. Es porque tenemos un concepto equivocado sobre el Espíritu Santo. Pero resulta que es en realidad el más consistente, perceptible y concreto. Todo se produce y revela en la vida cristiana solamente gracias a la presencia oculta y discreta, pero determinante, del Espíritu Santo. El misterio de Dios Padre se revela en Jesucristo y se hace experiencia de fe y vida para los creyentes por la acción del Espíritu Santo. Dios, que es intangible, incognoscible e imposible de definir con palabras se manifiesta y se acerca hasta ser “Dios con nosotros” por medio del Espíritu Santo. Pero más que explicarlo vamos a declinar multitud de verbos que indican acción y son propios del Espíritu Santo. Él crea, sostiene, conserva, santifica, da vida, justifica, purifica, llama, atrae, salva, escudriña, fortalece, en definitiva es la fuente del amor. El capítulo de símbolos, nombres y adjetivos que recibe, es interminable. Esta riqueza de expresiones indica qué profusión de acciones ejerce y cuánto nos falta aún por conocer y definir sobre Él.

Dice San Pablo que lo que el hombre no puede ver, oír, ni pensar sobre Dios lo consigue con la ayuda del Espíritu que nos da “una sabiduría divina, miseriosa, escondida, predestinada por Dios… que nos la ha revelado por el Espíritu, que todo lo penetra y escudriña hasta las profundidades de Dios. Pues, ¿qué hombre conoce lo que en el hombre hay, sino el espíritu del hombre, que está en él? Así también las cosas de Dios nadie las conoce sino el Espíritu de Dios” (1 Cor 2,9-11). Entrar en el misterio de Dios es entrar en el misterio de cada uno, de las comunidades y de la Iglesia.

El Espíritu Santo actúa con tanta discreción, delicadeza, respeto y misterio y es tan polifacético, que por mucho que intentemos definirlo siempre será el gran desconocido.

 

QUIÉN ES EL ESPIRITU SANTO

Desde las primeras líneas de la Bíblia que narran la creación ya encontramos la actuación del Espíritu que se cernía sobre la superficie de las aguas (Gn 1, 2). Es el soplo, el aliento, el viento (ruah) que agita las aguas de donde va a salir la creación. Al crear al hombre Dios “le inspiró el espíritu de vida” (Gn 2, 7) y fue así el hombre un ser animado. El Espíritu es alma y vida de todo. Los profetas hablan movidos por el Espíritu. Ezequiel descubre al Espíritu en el viento que sopla sobre los huesos descarnados y los recubre de vida (Ez 37). Cuando falta este soplo del espíritu entra la muerte. El soplo que sale de la boca de Dios suscita profetas, reyes y sacerdotes que son ungidos por este mismo espíritu. El espíritu de Dios se define como hálito vital, fuerza psíquica operante, fuerza de vida y creación, fuerza moralmente activa.

El Nuevo Testamento está lleno de referencias, indicando que Jesús actúa movido por el Espíritu. Aparece en la Encarnación. María concibió a Jesús “por obra y gracia del Espíritu Santo” (Lc 1,23). En el bautismo se hace presente en forma de paloma que baja sobre Jesús. Después, el Espíritu lo empuja y lleva al desierto. Jesús al inicio de su vida pública proclama en la sinagoga de Nazaret su programa de acción: “El Espíritu del Señor está sobre mí porque Él me ha ungido, me ha enviado…” (Lc 4,18) y en Isaías 11, 1-2 leemos: “Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el Espíritu del Señor: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor”.