Espíritu Santo1

Creo en el Espíritu Santo (II)

Espíritu SantoEl Espíritu Santo siempre está presente actuando desde la Encarnación hasta la Ascensión de Jesús. Jesús cumple su misión siempre movido por el Espíritu, especialmente presente en la pasión, muerte y resurrección de Jesús. (Lc 23,46) Se define como el que acompaña, cuida, guía, defiende, fortalece… Jesús prometió que así como el Espíritu lo acompañó a Él acompañaría también a sus seguidores: “Yo rogaré al Padre y os enviará a otro Consolador” (Jn 14, 16-17). No debemos temer ante las persecuciones porque es el gran abogado defensor impulsor del testimonio valiente de la fe. “Cuando os conduzcan a las sinagogas, y a los magistrados y potestades, no paséis cuidando de qué o cómo habéis de responder o alegar. Porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel trance lo que debéis decir (Mt 10, 19-20).

San Pablo pone el acento en la consagración y elección por la unción del Espíritu Santo. “Habéis sido sellados con el Espíritu Santo que se os ha prometido” (Ef 1, 13). “Lo que está sellado, marcado, es pertenencia de alguien” (cf. Ex 12, 13; Ez 9, 4-7). Los cristianos hemos sido seleccionados, marcados, para ser hijos de Dios, propiedad de Dios. Somos miembros identificados como seguidores de Jesucristo. Los cristianos son un pueblo marcado con un sello resplandeciente. Estar sellados por el Espíritu Santo significa ser propiedad de Dios. Llevar esta señal brillante en el alma exige el compromiso de conservarla sin que se apague. “Guardaos de entristecer al Espíritu Santo en el cual habéis sido sellados para el día de la redención” (Ef 4, 30). Nadie puede adueñarse de un alma ungida y habitada por el Espíritu Santo. “¿No sabéis que sois templos del Espíritu Santo que habita en vosotros y que habéis recibido de Dios, y que ya no os pertenecéis a vosotros mismos?” (1 Cor 6,10). Se manifiesta como el habitante de las almas que las llena de gracia y santificación.

La Iglesia de todos los tiempos, nacida en Pentecostés por la acción del Espíritu Santo, a través de los santos Padres y del magisterio lo define como el viento que todo lo invade y renueva, como el fuego que purifica y da ardor apostólico, como la palabra que se entiende y unifica todas las lenguas. La Iglesia lo descubre eficaz en los sacramentos. Dice San Cirilo: “Dios nos ha dado, pues, un gran auxiliador y protector… Permanezcamos vigilantes para abrirle las puertas de nuestro corazón. Él no se cansa de buscar a cuantos son dignos de Él y derrama sobre ellos sus dones” (Catequesis 16).

Todas estas definiciones se concretan en cada fiel que descubre al Espíritu Santo como la gracia que habita en su alma, inspira la oración y la acción, funda los carismas, impulsa el apostolado, da aliento en el camino hacia la santidad. Es el amo y señor del alma. Los santos lo definen como el “dulce huésped del alma” que se manifiesta en los pensamientos, en los sentimientos y en las acciones. En definitiva es más fácil experimentar cómo actúa el Espíritu Santo que definirlo. Más que una creencia es una vivencia.

ACTÚA EN LA IGLESIA

Actuar es propio de la persona. El Espíritu Santo no es una fuerza que sale de Dios, sino una persona que actúa. Es la tercera persona de la Santísima Trinidad. Por medio de Jesucristo hemos conocido al Padre y al Espíritu Santo. No es engendrado como el Hijo, sino que procede del Padre y del Hijo y participa de su misma gloria. Es realmente Dios, “consustancial con el Padre y el Hijo, es inseparable de ellos… son distintos pero inseparables” (CEC nº 689). Esta definición dogmática ha ocupado muchas reflexiones de los concilios, los padres de la iglesia y los teólogos. Pero el Espíritu se define actuando en la Iglesia.

En primer lugar la gran manifestación o teofanía del Espíritu Santo se vivió en Pentecostés cuando puso en marcha a la Iglesia. Aquella experiencia fundante es paradigmática y punto de referencia de todas las obras del Espíritu Santo en la historia de la Iglesia. El Hijo y el Espíritu Santo realizan una acción conjunta para la salvación y la santificación del mundo y la Iglesia es la prolongación de esa misma misión. Todo sucede en el cenáculo, el lugar de la Cena del Señor. El marco es inigualable. María, la Madre de Jesús, y los discípulos perseveraban en la oración esperando el cumplimiento de la promesa de Jesús: “Le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros” (Jn 14,15). Y el Espíritu llegó en medio de signos espectaculares: viento huracanado, ruido, lenguas de fuego.

Todo cambió y en aquel momento la Iglesia se puso en marcha. Desde entonces camina por el mar embravecido de la historia, con vientos adversos y mantiene el rumbo guiada por el Espíritu Santo. El Concilio Vaticano II expresa muy bien cómo la Iglesia lo es todo por el Espíritu. Él es el que la mantiene en la verdad, suscita y unifica los carismas que en ella se producen, la rejuvenece, renueva, embellece y gobierna constantemente. Él es el alma, el motor y la vida de todo el ser y el hacer de la Iglesia.

Nace la Iglesia abierta a la misión universal. Existe para llevar el Evangelio a todas las culturas, razas, lenguas y pueblos. El pecado produce ruptura y división entre las personas y los pueblos. La Iglesia nace con vocación de unidad para ella misma en su interior y para llevar a la humanidad entera a formar una sola familia.