Comunion De Los Santos

Creo en la comunión de los santos II

comunion-de-los-santosCOMUNIÓN ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA. Creemos también que hay una comunión entre los que se han salvado y están gozando del amor de Dios y los que caminamos en la tierra hacia la casa del Padre. En esta comunión aparecen como protagonistas, Jesucristo, la Virgen María y los santos canonizados; pero no sólo ellos sino todos los salvados a quienes podemos llamar santos.

Cristo es el único mediador entre Dios y los hombres, pero los santos ejercen la doble función de ser modelos de seguimiento de Cristo y vida cristiana e intercesores ante Dios. Dice el Concilio Vaticano II: “Por el hecho de que los bienaventurados están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más eficazmente a toda la Iglesia en la santidad…. no dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra. Su solicitud fraterna contribuye, pues, mucho a remediar nuestra debilidad” (LG, 49)

En el proceso de canonización de los santos se pide que de alguna manera se manifieste la intercesión del candidato en beneficio de los que se han encomendado a él. Suelen presentarse muchos favores recibidos. Entre ellos las curaciones, científicamente inexplicables, representan la prueba de su santidad. La tierra y el cielo se unen en estas oraciones y especialmente al celebrar sus fiestas. Éstos pueden ser titulares especiales de la iglesia universal, de la diócesis, de la parroquia, de las comunidades religiosas.

Al celebrar sus méritos se realiza la actualización de su ejemplaridad y su patrocinio. Anima contemplar que están salvados, en el cielo, paisanos nuestros que han tenido luchas, dificultades y problemas mayores que las nuestras y en todo momento han sabido ser fieles a Dios y a los hermanos. Los hay de todas las edades, pueblos, razas, culturas, oficios y niveles de vida, que han vivido todas las situaciones que se puedan imaginar. Son muy diversos pero todos coinciden en el seguimiento ejemplar de Cristo y su Evangelio.

Cada cristiano suele tener un santo de su especial devoción que es su prototipo, el guía, el intercesor, aquel que con más confianza y más fácilmente le acerca a Dios. Con toda razón en el prefacio de los santos los aclamamos dando gracias a Dios por ellos: “Nos concedes la alegría de celebrar hoy la fiesta de todos los santos, fortaleciendo a tu Iglesia con el ejemplo de su vida, instruyéndola con su palabra y protegiéndola con su intercesión”

COMUNION CON LAS ALMAS DEL PURGATORIO. La Eucaristía es el momento en el que se produce de manera especial la comunión de los santos. Siempre existe la oración por los difuntos a quienes les denominamos con la expresión entrañable de “nuestros queridos fieles difuntos”. Al recordarles pasan por nuestra mente los mejores recuerdos de haber compartido con ellos el amor, sus sacrificios, su vida. Suele producir el memento de difuntos una experiencia de emoción religiosa que nos recorre todo nuestro ser. Realmente sentimos cómo estamos unidos a ellos. Rezamos a los que ya están en el cielo para que intercedan por nosotros. También al mismo tiempo ofrecemos nuestra oración por los que están en camino hacia el cielo y pertenecen a la Iglesia purgante para que Dios les conceda el cielo. “Es una obra santa y piadosa orar por los difuntos, para que sean absueltos de sus pecados (2Mac 12, 46).

Es conveniente que en este Año de la Fe, cuando profesamos este artículo del Credo, se explique la doctrina de la Iglesia sobre el purgatorio. Se basa en la Sagrada Escritura, en el Evangelio, en la tradición de los santos padres y en las definiciones conciliares. Las referencias más claras están en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, Lumen Gentium (la Luz de las gentes). La referencia más reciente está en el Catecismo de la Iglesia Católica, que resume todas las demás, para afirmar la fe de que existe una etapa en el camino al cielo que es el purgatorio para quienes “mueren en la gracia y amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo” (1030).

La constitución dogmática “Lumen gentium” (Luz de las gentes) explican la comunión entre los tres estados de la Iglesia triunfante, purgante y militante (LG 49-51). Afirma que “unos peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican; otros, finalmente gozan de la gloria”. La comunicación de los peregrinos con quienes llegaron ya a la meta o están cerca de ella no se interrumpe, antes bien se robustecen. El Concilio le llama “consorcio vital con nuestros hermanos”. Por esta perfecta continuidad ya desde los primeros tiempos del cristianismo se guardó con gran piedad la memoria de los difuntos. Por ellos la Iglesia ofrece sufragios “por los que aún están purificándose después de la muerte” (LG 51). La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos, en particular el sacrificio eucarístico para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. Dice San Juan Crisóstomo: “¿Por qué habríamos de dudar de que nuestras ofrendas por los muertos les lleven un cierto consuelo? No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos (Hom. in 1 Cor 41,5).

Estas explicaciones seguramente serán muy útiles al pueblo cristiano cuando profese “creo en la comunión de los santos”. Todos entenderemos lo que decimos y desearemos entrar en esa comunión que nos llevará a aspirar cada vez más para encontrarnos felices un día en el amor de Dios, la Iglesia militante, la Iglesia purgante y la Iglesia triunfante, en la patria Celestial.