Cristoç

Creo en la Santa Iglesia Católica (III)

CristoçLA IGLESIA CATÓLICA

La Iglesia es universal, está abierta a todos los pueblos de la tierra para anunciarles la buena noticia del Evangelio. Las últimas palabras de Jesús antes de ascender al cielo constituyen su encargo más importante, son su testamento: “Id y bautizad a todas las gentes…” (Mt 28, 19) y “hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8). El primer Concilio de Jerusalén indicó que para Dios no hay acepción de personas y que la vocación de la Iglesia es ser universal. Y en nuestros días el Concilio Vaticano II indica que todos los hombres están invitados a formar parte del Pueblo de Dios. “Gracias a este carácter, la Iglesia Católica tiende siempre y eficazmente a reunir a la humanidad entera con todos sus valores bajo Cristo como Cabeza, en la unidad de su Espíritu” (LG 13).

Las comunidades cristianas surgen de la fe provocada por la predicación. Por lo tanto la apostolicidad de la Iglesia es la base de que exista y sea una, santa, y católica.
Las Iglesias particulares o diócesis, aunque sean pequeñas o pobres o vivan dispersas, están “formadas a imagen de la Iglesia Universal. En ellas y a partir de ellas existe la Iglesia católica, una y única” (LG 23). Son plenamente católicas gracias a la comunión con una de ellas: la Iglesia de Roma “que preside en la caridad” (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Romanos 1, 1). Pedro es quien recibió del Señor la potestad de “atar y desatar” y la Iglesia universal la promesa de que “los poderes del infierno no la derrotarán”. (Mt 16, 18). La universalidad no le viene de la suma de las particularidades sino que lo es por vocación y misión ya que es un mismo objetivo el que se va enraizando “en la variedad de terrenos culturales, sociales, humanos, tomando en cada parte del mundo aspectos y expresiones externas diversas” (EN 62).

Toda la gran familia humana está invitada a formar la unidad católica del Pueblo de Dios. Pertenecen a ella de diversas maneras o a ella están destinados los católicos, plenamente incorporados mediante el bautismo, los lazos de la fe, de los sacramentos y del gobierno eclesiástico y de la comunión (LG 14). Los demás cristianos e incluso todos los hombres en general están llamados a la salvación por la gracia de Dios (LG 13).

LA IGLESIA APOSTÓLICA

La voz que llama y convoca es la de los Apóstoles y sus sucesores. El apóstol es el encargado de despertar la fe y reunir a la comunidad de los creyentes. Se pregunta San Pablo: “¿Cómo podrán creer e invocar a Dios, si no han oído hablar de Él y cómo oirán si nadie es enviado a predicar?” (Rm 10, 17). Las comunidades cristianas surgen de la fe provocada por la predicación. Por lo tanto la apostolicidad de la Iglesia es la base de que exista y sea una, santa, y católica. Decimos que es apostólica porque en su construcción los apóstoles son el fundamento y la piedra angular Cristo. Ellos son los testigos valientes que no pueden dejar de anunciar lo que han visto y oído del Señor.

Los obispos, por tradición apostólica, suceden a los apóstoles como pastores de las almas, en unión con el
Papa, para realizar la obra de Cristo pastor eterno.

Los obispos, por tradición apostólica, suceden a los apóstoles como pastores de las almas, en unión con el Papa, para realizar la obra de Cristo pastor eterno (CD 2). Ellos son encargados de propagar la fe, conservar la verdad y la unidad. Los obispos son los primeros misioneros por antonomasia pues han sido enviados a consolidar la obra de Cristo y los Apóstoles a lo largo de los tiempos.

Dice el Catecismo en el número 862: “Así como permanece el ministerio confiado personalmente por el Señor a Pedro, ministerio que debía ser transmitido a sus sucesores, de la misma manera permanece el ministerio de los Apóstoles de apacentar la Iglesia, que debe ser ejercido perennemente por el orden sagrado de los obispos”. Por eso, la Iglesia enseña que “por institución divina los obispos han sucedido a los apóstoles como pastores de la Iglesia. El que los escucha, escucha a Cristo; el que, en cambio, los desprecia, desprecia a Cristo y al que lo envió” (LG 20).

Toda la Iglesia es apostólica porque todos sus miembros estamos enviados a “propagar el Reino de Cristo por toda la tierra” (AA 2). Cada uno lo cumple en su vocación personal, en su trabajo, en su ambiente. Pero para todos, el ejercicio de la caridad, conseguida sobre todo en la Eucaristía, “siempre es como el alma de todo apostolado” (AA 3).

Quedaría incompleto este tema sobre la Iglesia y con un vacío inexcusable si no se concluyese con la joya de la Iglesia Madre que es María, la madre de la Iglesia. Ella es primicia, prototipo y profecía de lo que ha de ser la Iglesia. María está en el corazón mismo del misterio de Cristo y de la Iglesia. María inseparable de Cristo lo es también de la Iglesia. Ya desde el día de Pentecostés está María, como solícita madre, cobijando y acompañando los primeros pasos de la Iglesia por eso recibe con razón el título de Madre de la Iglesia.