Mártires

Acción de gracias por los beatos mártires

MártiresLa celebración de hoy, tiene un carácter muy especial de acción de gracias a Dios por la fidelidad de los 29 mártires navarros que fueron beatificados, en Tarragona el día 13 de octubre. Es, sin duda, un motivo grande de alegría. Nuestro agradecimiento va dirigido a los Papas, Benedicto XVI y Francisco que han firmado los decretos de beatificación.

Estamos viviendo un acontecimiento eclesial de comunión con toda la Iglesia, con el Vicario de Cristo en la tierra y con todos los buenos hijos que se alegran, al ver elevados a los altares, a los mejores hijos de entre ellos. Nuestra acción de gracias, junto con nuestra felicitación, va también dirigida a los Congregaciones religiosas que formaron, con tanto esmero, a sus miembros que no se arredraron ante el riesgo de perder sus vidas. Y, sobre todo y en primer lugar, gracias a Dios, que no abandonó a quienes asumieron el martirio con entereza ni nos abandona, a nosotros, cuando tenemos que dar testimonio de nuestra fe en circunstancias difíciles. El martirio, ha sido constante entre los cristianos; más aún, ya antes de Cristo, el Libro de los Macabeos, como hemos escuchado en la Primera Lectura, narra el martirio de los siete hermanos que fueron torturados y ejecutados a la vista de su madre.

Dieron, su vida, en defensa de la Ley de Moisés; por eso, son figura de Jesucristo que murió, cumpliendo la voluntad de Dios, para salvar a todos los hombres. Jesús, el justo entre los justos, “padeció, como decimos en el Credo, bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado. Al tercer día, resucitó de entre los muertos”. Él, es más que mártir; el redentor, que ha dado sentido supremo a la muerte injusta. El mismo Jesús, había anunciado de mil modos que sus discípulos, sus seguidores, los cristianos, habían de sufrir persecuciones, oprobios y sufrimientos, imitando a su Maestro: “Acordaos de las palabras que os he dicho: no es el siervo más que su señor. Si me han perseguido a Mí, también a vosotros os perseguirán” (Juan 15, 20). De hecho, mártires ha habido desde el nacimiento del cristianismo; como lo vemos en San Esteban, muerto a pedradas, antes de la conversión de San Pablo. Así, lo reconoce el Concilio Vaticano II: “Algunos cristianos, ya desde los primeros tiempos, fueron llamados y serán llamados siempre, a dar este supremo testimonio de amor delante de todos, de dar, como Jesucristo, su vida; especialmente, delante de los perseguidores. En el martirio, el discípulo se asemeja al Maestro, que aceptó libremente la muerte para la salvación del mundo, y se configura, con él, derramando también su sangre. Por eso, la Iglesia estima siempre el martirio como un don eximio y como una suprema prueba de amor. Es, un don, concedido a pocos, pero todos deben estar dispuestos a confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirlo, en el camino de la cruz, en medio de las persecuciones, que nunca faltan a la Iglesia” (Lumen Gentium, 42).

Como es lógico, los mártires de cualquier época se han ido sin dejar nada escrito de sus penalidades; pero tenemos el testimonio de San Ignacio de Antioquía que escribió una carta a los cristianos de Roma, cuando le llevaban para ser arrojado a las fieras en el anfiteatro: “Os lo pido, por favor: no me demostréis una benevolencia inoportuna. Dejad que sea pasto de las fieras; ya que, ello, me hará posible alcanzar a Dios. Soy trigo de Dios, y he de ser molido por los dientes de las fieras para llegar a ser pan limpio de Cristo. Rogad por mí a Cristo, para que, por medio de esos instrumentos, llegue a ser una víctima para Dios”. (Carta de San Ignacio de Antioquía a los Romanos, cap. 4, 1 2)

Él, como todos los mártires, era un hombre de fe profunda y de amor a Jesucristo y a todos los hombres. Los mártires navarros que hoy nos han reunido, al igual que todos los que han dado su vida por la fe, también en su quehacer cotidiano se comportaron con fidelidad a las exigencias de su bautismo y de su vocación de consagrados. Fueron personas acrisoladas por la virtud; pero, si una cualidad puede destacarse en todos ellos, es la capacidad de perdonar y de disculpar. De ninguno, salió un reproche o una condena y, de muchos, sabemos que salieron palabras de perdón hacia sus propios verdugos. No lucharon contra nadie, no se defendieron de nadie. Al contrario, buscaron la concordia. Por eso, hoy, es también un día de reconciliación, de unidad, de comprensión. Quisiéramos alzar la voz de nuestros mártires para proclamar la paz, la fraternidad, la concordia en nuestra tierra.

Quisiéramos pedir, a nuestros dirigentes, que pongan los medios necesarios para que, todos juntos, tiremos del carro en la misma dirección, sin fisuras ni divisiones que paralizan las iniciativas positivas y conducen al fracaso generalizado. Quisiéramos pedir, a las familias, que se esfuercen por vivir unidos; pues muchas de las tragedias personales tienen su origen en los fracasos matrimoniales. Hace poco decía el Papa, Francisco, a las familias en el Encuentro del 26 de octubre: “El trabajo es un esfuerzo. Buscar trabajo es una fatiga, y encontrar trabajo, hoy, requiere tanta fatiga. Pero, lo que pesa más en la vida no es esto. Lo que pesa más que todas las cosas es la falta de amor. Pesa no recibir una sonrisa, no ser recibidos. Pesan, ciertos silencios”. Esto, requiere un coraje grande. Los mártires tuvieron la fortaleza divina para perseverar hasta el final, y todos nosotros, como nos ha recordado la Carta de San Pablo, que hemos leído, esperamos “que Jesucristo nuestro Señor y Dios nuestro Padre -que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente- nos consuele internamente y nos dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas”.

Una última reflexión, ahora que hemos terminado el “Año de la Fe”. Mártir, significa testigo, testigo de la fe y, como recuerda el Concilio, la mejor respuesta al fenómeno del secularismo y del ateísmo contemporáneo es el testimonio de una fe viva y madura. Numerosos mártires, dieron y dan, un testimonio preclaro de esta fe (cf. Gaudium et spes, 21). Ellos, fueron valientes, generosos, llenos de amor, y seguramente, muchos, con flaquezas y debilidades: “cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Corintios 12, 10). Sin embargo, ante su ejemplo, creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte y nos sentimos fortalecidos para ser testigos de la fe en nuestra vida ordinaria, y dispuestos, a dar razón de nuestra esperanza. Que los mártires, junto con Santa María, reina de los mártires, intercedan por nosotros y nos alcancen la perseverancia en la fe hasta el final de nuestros días.

Homilía del 10 de noviembre en la Santa Iglesia Catedral de Pamplona.