Resurrección

Creo en la resurección de la carne (I)

resssAnte todo es conveniente aclarar el término “carne” para evitar que la imaginación, que quiere saber cómo será la “resurrección de la carne”, nos juegue una mala pasada pensando en algo físico, material. Lo aclara enseguida el propio Catecismo en el número 990 cuando dice: “El término “carne” designa al hombre en su condición de debilidad y de mortalidad” (cf. Gn 6, 3; Sal 56, 5; Is 40, 6). La “resurrección de la carne” significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros “cuerpos mortales” (Rm 8, 11) volverán a tener vida”.

San Pablo usa el símbolo del revestimiento para que entendamos que “este cuerpo corruptible se tiene que revestir de incorrupción y esto mortal se tiene que revestir de inmortalidad”. (1Cor 15,53) A esto mismo se refiere cuando dice que “si se destruye esta nuestra morada terrena tenemos un sólido edificio que viene de Dios, una morada que no ha sido construida por manos humanas, es eterna y está en los cielos. Los que vivimos en esta tienda suspiramos abrumados, por cuanto no queremos ser desvestidos sino sobrevestidos para que lo mortal sea absorbido por la vida y el que nos ha preparado para esto es Dios” (2 Cor 5, 1. 4-5).

Aclarado esto, nos interesa sobre todo reafirmar y profesar nuestra fe en la resurrección porque éste es el dogma que sustenta todo el edificio de nuestro ser religioso y cristiano. Es la afirmación más fundamental. Tan importante es que San Pablo llega a decir que sin fe en la resurrección todo lo demás no se puede sostener. “¿Cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe […] ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron” (1Co 15, 12-14. 20). Creemos en la resurrección porque creemos que Cristo resucitó y como Él resucitaremos.

La fe en la resurrección de los muertos ya aparece y va madurando en el Antiguo Testamento. El libro de la sabiduría hace una hermosa reflexión: “La vida de los justos está en manos de Dios… ellos están en paz… esperaban seguros la inmortalidad… Dios los puso a prueba y los halló dignos de sí…” (Sb 3, 1-9). El profeta Daniel anuncia que “los que duermen en el polvo resucitarán” (Dn 12, 2). Y el profeta Ezequiel en su visión sobrecogedora del valle lleno de huesos secos, anuncia de parte de Dios: “Yo abriré vuestros sepulcros y os sacaré de vuestros sepulcros… y pondré en vosotros mi espíritu” (Ez 37, 12).

Muchas son las citas pero sin duda resume la consistencia de esta convicción el libro de los Macabeos cuando dice que Judas Macabeo “obrando con gran rectitud y nobleza, pensando en la resurrección”, encargó oraciones en Jerusalén para que se les perdonasen los pecados a los soldados caídos en la batalla. “Si no hubiera esperado la resurrección de los caídos, habría sido inútil y ridículo rezar por los muertos (2Mac 12, 43-46). Y los hermanos Macabeos afirman seguros, llenos de confianza y valientes ante los verdugos: “El Rey del mundo, a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna… Es preferible morir a manos de los hombres con la esperanza que Dios otorga de ser resucitados de nuevo por él” (2 Mac 7, 9-14).

Pero lo que nos sostiene en la fe es la resurrección de Jesucristo. Él no nos ha fallado. No nos falla nunca. Nuestra resurrección está unida definitivamente a la suya. Porque Cristo resucitó, creemos que hemos de resucitar. Nosotros resucitaremos como Él, con Él, por Él. Por eso, aunque en el credo ya se le ha dedicado un artículo, conviene repasarlo aquí. Sabiendo Jesús que la fe en la resurrección iba a ser fundamental para la existencia de sus seguidores tuvo especial empeño en cimentar la doctrina sobre la misma con palabras y hechos. Anunció de forma insistente a sus discípulos, tres veces, que iba a morir, pero que al tercer día resucitaría. Después de la confesión de Pedro reconociéndolo como Mesías e Hijo de Dios vivo, comenzó a explicarles qué clase de mesianismo era el suyo. “Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día”. (Mt 16.21: cf Mt 17, 22-23 y 20, 18-19) Los discípulos trataron de torcer el camino de Jesús, pues no entendían que la muerte de Jesús era el camino que hacía posible su Reino.