Cielo

Creo en la resurección de la carne (II)

cieloJesús, además de anunciar su resurrección fue afianzando con sus enseñanzas la fe en la en muchos pasajes del Evangelio. Al resucitar a la hija de Jairo, al hijo de la viuda de Naim, a Lázaro, anuncia que éstas, que son propiamente “reanimaciones” porque son recuperaciones de la vida terrena, anuncian su propia resurrección que es de otro orden, a una vida nueva transfigurada, sin fin, con la cual confirmará total y definitivamente su misión en la tierra. La doctrina sobre la resurrección se esclarece en el diálogo de Jesús con Marta, previo a la resurrección de su hermano Lázaro. Jesús le dice: “Tu hermano resucitará. Marta le responde: Sé que resucitará el último día”. Y Jesús concluye: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente” (Juan 11, 25-26).

La resurrección de Jesucristo es el sello y la ratificación del Padre a su misión cumplida totalmente. Jesús afirma que resucitará a quienes hayan creído en Él (Jn 5, 24-25; 6, 40). Creer en la resurrección es creer en su persona porque Él es la resurrección y la vida (Jn 11,25). También asegura que tienen una garantía de resucitar los que hayan comido su cuerpo y bebido su sangre (Jn 6, 54).

Desde el principio la fe de la Iglesia en la resurrección de Jesucristo fue firme. Pedro anunció con valentía el día de Pentecostés que Jesús “a quien vosotros crucificasteis… Dios lo resucitó… y nosotros somos testigos porque hemos comido y bebido con Él después de resucitado de entre los muertos” (Hch 10, 41). Los apóstoles hicieron milagros en nombre de Jesucristo resucitado y dieron testimonio a pesar de recibir amenazas, azotes y ser encarcelados afirmando: “no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hc 4, 20). Todos murieron entregando sus vidas como mártires, testigos, de la resurrección.

Jesús resucitado afianzó la fe de los apóstoles con múltiples apariciones. San Pablo en la primera carta a los Corintios, en el capítulo quince, hace un alegato ferviente y claro para afianzar la fe de los corintios. Les dice que el evangelio que ha recibido se basa en la resurrección de Jesucristo y que esta convicción ha de ser firme. Para eso argumenta que ha escuchado directamente de boca de apóstoles testigos de la resurrección cuántas veces se apareció y las enumera. Nos conviene enumerarlas para constatar cuántas pruebas avalan nuestra fe. A María Magdalena, a las mujeres que iban al sepulcro a embalsamar al Señor, a Pedro, a los discípulos sin la presencia de Tomas, a los ocho días estando Tomás presente, a Santiago y otros discípulos, a siete discípulos pescando al amanecer, otra vez más a los discípulos pescando y antes de subir al cielo ante quinientos hermanos (1 Cor 15, 1-36).

Y añade su prueba más contundente: “también se me apareció a mí, que soy el menor de los apóstoles y no soy digno de llamarme apóstol porque perseguí a la Iglesia de Dios” (1Cor 15, 8) San Juan termina su Evangelio diciendo que ha escrito con toda fidelidad y verdad lo que vio y que “si se escribiesen todas las cosas, una por una, que hizo Jesús, este mundo no podría contener los libros” (Jn 21, 29) Al leer en los evangelios  las apariciones de Jesús resucitado se reviven en nosotros aquellas emociones de la primitiva iglesia. Se reproduce la alegría, la paz, la esperanza, el primer fervor apostólico para evangelizar.

La liturgia refleja la importancia definitiva que tiene la resurrección cuando coloca la Pascua en la cumbre de la celebración cristiana. ¡Cristo ha resucitado! es el grito que sigue rasgando con la luz de la resurrección las tinieblas de la Vigilia Pascual y alienta a todos los que en la tierra creen en Cristo.

La Eucaristía es la expresión litúrgica de la fe en la resurrección. En el momento central de la consagración aclamamos diciendo: Anunciamos tu muerte y proclamamos tu resurrección. “Este ‘cómo ocurrirá la resurrección’ sobrepasa nuestra imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible más que en la fe. Pero nuestra participación en la Eucaristía nos da ya un anticipo de la transfiguración de nuestro cuerpo por Cristo” (CEC 1000).