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La alegría del Evangelio en la vida consagrada

 asdfasdfLa vida consagrada, a la que muchos hermanos y hermanas nuestros se sienten especialmente llamados y por la que se entregan a un seguimiento radical de Jesucristo, es realmente un bien y una alegría para la Iglesia y para el mundo. “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús”. Así comienza la exhortación apostólica sobre el “gozo del evangelio” de nuestro Papa Francisco. El mensaje de Jesús, nos dice también el Papa, es fuente de gozo: “Os he dicho estás cosas para que mi alegría esté en vosotros, vuestra alegría sea plena” (Jn 15, 11).

En todos los bautizados actúa la fuerza y presencia santificadora del Espíritu que impulsa a evangelizar de muchas formas y con muchos testimonios vivos. Este impulso evangelizador del Espíritu ha sido acogido y obedecido por aquellos que se han sentido convocados a vivir una forma de consagración especial en la vida religiosa y en sus carismas propios. Ellos han sentido la llamada especial, a esta forma de vida, porque se han encontrado gozosamente con la persona de Jesús. Él les ha concedido experimentar la alegría del Evangelio y les ha invitado a entregar la vida entera para anunciarlo con la oración, el testimonio y el servicio a todas las gentes.

La vida consagrada, a la que muchos hermanos y hermanas se sienten llamados, es realmente un bien y una alegría para la Iglesia y para el mundo.
La vida consagrada es una prueba evidente de que sólo desde el amor a Cristo y a la humanidad se pueden lograr los frutos que comprobamos en tantas órdenes religiosas. Lo sabemos y lo hemos visto por propia experiencia: En hospitales, en centros educativos, en barrios marginados, en parroquias, en ambientes paganos y paganizados; con niños, con ancianos y disminuidos. En los medios de comunicación y en instituciones culturales los religiosos y religiosas, los seglares consagrados, y hasta las comunidades contemplativas desde el silencio y la oración, son una formidable fuerza para la evangelización, y son, sobre todo, un espléndido testimonio de la alegría del Evangelio. Ellos realmente son un bien y una alegría para la Iglesia y para el mundo.
El día 2 de febrero, fiesta de la Presentación de Jesús en el templo, celebramos la “Jornada por la vida consagrada”. Esta Jornada tiene como unos objetivos muy claros que debemos retener y reconocer para estar a su lado en las circunstancias actuales que les toca vivir. Lo primero que hemos de hacer es alabar y dar gracias a Dios por el regalo de la vida consagrada a la Iglesia y a la humanidad. No cansarnos de pedir y rogar a Dios que siga enviando nuevas vocaciones a las comunidades de vida religiosa en sus múltiples formas de vida y a los consagrados por la vida evangélica.

En segundo lugar, como creyentes, hemos de animar e informar para que se les conozca y se les estime en el pueblo de Dios y en la sociedad. No es por captar la benevolencia sino por mostrar la gran labor que realizan y por lo tanto “es de bien nacidos, ser agradecidos”, según el proverbio popular. No necesitan nuestros aplausos formales sino nuestro reconocimiento porque saben afrontar los problemas, ante las graves y grandes necesidades que hay en la sociedad, sin echarse para atrás y poniendo el servicio de sus personas con el corazón lleno de amor humano y cristiano.

No estamos en momentos de plausibilidad social y menos de elogios abundantes. Las ofertas infinitas que ofrece la sociedad son muy atractivas pero, en muchas de ellas, falta la auténtica humanización por la falta de perspectivas. Por ello hoy se requiere mayor audacia e invitar a los jóvenes para que se planteen, en su vida, una entrega generosa a Jesucristo, al Evangelio y a la Iglesia como camino de su vocación cristiana con las distintas formas de seguimiento que esta vocación conlleva. Consagrarse a Cristo en obediencia, castidad y pobreza es uno de los mejores logros que uno puede adquirir.

¡Cuántos jóvenes conozco que viven gozosamente y en alegría profunda apostando por esta forma de consagración! No sólo son felices sino que hacen felices a los demás. Muchos jóvenes se dedican, en tiempos de vacación, a atender a los más pobres en ambientes animados por los religiosos o dedican un tiempo de retiro para ahondar en la oración viviendo en Monasterios contemplativos para mostrar que para darse  han de olvidarse de sus programas aparentemente más atractivos y dedicar un tiempo a Dios y a los demás. Durante el año siguen viviendo con esta fuerza espiritual que no les roba nada sino, al contrario, se sienten más realizados y, para nada, frustrados. ¡Ojala muchos de ellos encuentren el camino de esta vida consagrada!

Se puede llegar a pensar que es una fantasía o una quimera. Todo lo contrario, esto es construir un mundo más humano y más fraterno. Hoy se necesitan jóvenes que apuesten por la humanidad en el nombre de Jesucristo. Invitemos a los jóvenes que no tengan miedo a ser valientes y a invertir lo mejor de su vida o toda la vida a esta experiencia que colmará su corazón de alegría y que sentirán una mayor realización en si mismos puesto que sólo quien ama se hace más humano.

Deseo que todos los religiosos, religiosas y miembros de vida consagrada, en sus diversas formas, sigan dando el testimonio tan hermoso que hace posible trasparentar la presencia de Dios. ¡La Iglesia y la sociedad os necesitan! Seguid manifestando el amor de Dios a todos y las maravillas que hace en medio de vosotros y en tantos que atendéis  o rezáis por ellos.

Este año, la fiesta de la Presentación del Señor y la Jornada por la vida consagrada coinciden en el domingo primero de febrero. Una coincidencia que se presta para que en las parroquias, iglesias de culto, movimientos apostólicos, instituciones religiosas… principalmente se presente con especial énfasis al pueblo cristiano esta Jornada y los objetivos que pretende.