P1030803

Homilía de Mons. Francisco Pérez, en la Segunda Javierada

P1030779Queridos hermanos:

Vaya en primer lugar mi saludo a los que habéis llegado a este Castillo de Javier, desde tantos lugares de Navarra y de otras ciudades. Sed bienvenidos y sentíos como en vuestra casa; que la Eucaristía es el ámbito en la que cabemos todos.

En la liturgia del segundo domingo de Cuaresma se proclama cada año el episodio de la Transfiguración que, junto con las otras lecturas, pone de relieve la revelación personal de Dios mismo. Dios se manifestó a Abrahán, nuestro padre en la fe, se manifiesta en la enseñanza de San Pablo y, de modo pleno, se manifiesta en el Tabor. En los tres casos supone un reinicio y una confirmación de la misión que los destinatarios habían recibido.

A Abrahán Dios le pide salir de su patria, de su familia, de su situación acomodada para ir en busca de una tierra de frutos y bendiciones; a los cristianos Dios les promete con su gracia la vida inmortal que Jesucristo nos ha conseguido con su encarnación; y a los Apóstoles Jesús les anuncia la gloria de la resurrección, insinuada en el resplandor de su figura y de su porte.

En los tres casos hay un toque de atención para superar una cierta comodidad en el bienestar logrado. Pedro incluso llega a expresar su contento con la situación del Tabor: “Señor, qué bien se está aquí. Hagamos tres chozas”… Nosotros, esta tarde, podemos tener los mismos sentimientos: qué bien estamos en esta explanada, al pie del Castillo de Javier, después de la caminata del Via Crucis. Y yo os digo: Lleváis razón, disfrutad de este momento, sentid la cercanía del Señor, que Dios está entre nosotros; miradlo y sentidlo dentro de cada uno de vosotros. Y a la vez, ¡escuchadlo!

P1030798Tened la certeza de que Dios quiere decirnos algo a cada uno de nosotros, algo específico que solamente puede entender quien se esfuerza por escuchar. También Francisco Javier estaba cómodo en esta casa y en la universidad de París, incluso oyó durante bastante tiempo lo que el Señor le decía por medio de Ignacio de Loyola: “¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su vida y su alma?”. Oía, pero no escuchaba, no tenía mala voluntad, pero no estaba dispuesto a dejar casa, familia y posición social. Hasta que llegó un día en que lo se abrió a la gracia, escuchó a San Ignacia y se decidió a seguir al Señor.

Hoy es un día de seguimiento a la vista de la vocación de Abrahán, de la de los Apóstoles y, también, de la de Javier. El icono de la transfiguración abre a los cristianos un horizonte limpio y amplio, que muchas veces nuestra comodidad oscurece. A los Apóstoles se les confirmó la fe en el Maestro, porque comprendieron que, además de ser un hombre extraordinario, era Hijo de Dios, que habría de sufrir la pasión y la muerte, pero que resucitaría al tercer día.

A nosotros, los cristianos de hoy, también se nos abre un panorama fascinante. Especialmente a las familias que habéis venido, padres e hijos, esta tarde y que en ocasiones podéis sentir el agobio de un ambiente espeso y negativo. El santo Padre ha descrito con acierto la situación de la familia en el mundo de hoy y ha esbozado la solución: “La familia, en la última ehortación, atraviesa una crisis cultural profunda, como todas las comunidades y vínculos sociales. En el caso de la familia, la fragilidad de los vínculos se vuelve especialmente grave porque se trata de la célula básica de la sociedad, el lugar donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros, y donde los padres transmiten la fe a sus hijos.

El matrimonio tiende a ser visto como una mera forma de gratificación afectiva que puede constituirse de cualquier manera y modificarse de acuerdo con la sensibilidad de cada uno. Pero el aporte indispensable del matrimonio a la sociedad supera el nivel de la emotividad y el de las necesidades circunstanciales de la pareja. El matrimonio, sigue diciendo en tono más positivo, no procede del sentimiento amoroso, efímero por definición, sino de la profundidad del compromiso asumido por los esposos que aceptan entrar en una unión de vida total” (El gozo del Evangelio, 66).

Tened ánimo, por tanto, queridos matrimonios jóvenes y con miras amplias tened la seguridad de que el Señor ha puesto en vosotros los ojos para transmitir a este mundo nuestro una buena dosis de esperanza e ilusión. También a todas las instituciones  me gustaría animaros para que todos juntos superemos las asperezas que a veces nos atenazan y abramos a esta sociedad nuestra un horizonte de ilusión, de paz y de unidad. Saliendo, como Abrahán, de nuestros parapetos personales podremos apoyarnos mutuamente para alcanzar un clima más limpio de convivencia y una sociedad más abierta y alegre. Hay demasiadas tristezas y pesimismos que tenemos que erradicar.

P1030838Pero sois vosotros, queridos jóvenes, quienes estáis llamados a transformar este clima entristecido; tenéis que llenaros hoy del espíritu misionero de Javier  para cambiar este mundo nuestro que no es más difícil del que se encontró San Francisco Javier en la India o en Japón. A vosotros van dirigidas las palabras que oyeron los Apóstoles en el Tabor: “Este es mi Hijo único. Escuchadle”. El momento privilegiado de la escucha de Jesús es la oración, la oración litúrgica y la oración personal. ¡Con cuánta alegría nos reunimos en la Capilla de San Fermín de Pamplona o en la Catedral de Tudela o en la Zona de Mendialde para tener juntos, una vez al mes, una hora de oración! Para un cristiano rezar no es evadirse de la realidad y de las responsabilidades que ésta comporta, sino asumirlas hasta el fondo, confiando en el amor fiel e inagotable del Señor.

Así hizo el mismo Jesús que, ante la inminencia de la pasión, experimentó la angustia mortal y se encomendó a la voluntad divina en la oración del Huerto. Con gran intensidad suplicó al Padre celestial que «le librase de la muerte» y, como escribe el autor de la Carta a los Hebreos, «fue escuchado por su actitud reverente» (5, 7). La prueba de que fue escuchado es la resurrección. La oración, lo sabemos bien, no es algo accesorio u opcional, sino una cuestión de vida o muerte. Sólo quien reza, es decir, quien se encomienda a Dios con amor filial puede entrar en la vida eterna, que es la vida en Dios mismo.

Ahora, en esta Eucaristía, y durante toda la cuaresma pedimos a nuestro Patrono, San Francisco Javier que nos alcance del Señor ese espíritu intrépido para afrontar las dificultades que podemos encontrar en nuestro ambiente. Que sepamos escuchar hoy la voz del Señor dirigida a cada uno. Que seamos generosos y audaces para estar cerca de Jesús y cerca de nuestros hermanos que nos necesitan. A María, Madre del Verbo encarnado y Maestra de vida espiritual, le pedimos que nos enseñe a rezar como hacía su Hijo para que nuestra existencia quede transformada por la luz de su presencia.