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Pregón de Semana Santa

Banner-Semana-SantaPregonar es dejar que fluya el amor por la verdad cuando se busca y se encuentra. Dejar que fluya el pensamiento y el sentimiento de gratitud que impregna toda certeza, cuando ésta ilumina el corazón y el rumbo de un pueblo en el que sus hijos han unido sus destinos en una convivencia duradera.

           Pregonar es dejar que el alma hable, para contar algo importante y valioso, arriesgando a que también lo sea para quienes guardan su palabra.

           Pregonar es confiarse y confesarse, confiando y confesando una verdad que nos transciende y nos envuelve, y que al final, nos libera, nos serena, nos pacifica, nos plenifica. Por eso el pueblo cristiano, desde tiempo inmemorial, enraizado en la cultura de cada lugar y de cada tiempo, al disponerse a celebrar las fiestas que dan sentido a todas sus vivencias transmitidas de generación a generación, pregona la Semana Santa.

           Y le es imposible, sin remedio aunque quisiese evitarlo, dejar de pregonar el sentir común de una suplicante y emocionante certeza, la certeza de poder revivir el relato de la salvación de todos y cada uno de los hombres.

           Y mal pregonero sería si, como discípulo de Cristo, no viera el mundo que mendiga su salvación, y no le viera a Él mendigando la conversión del mundo. Y mal pregonero sería sino viera como en un mundo como éste, Él se levanta, desde la nobleza del amor que es la majestuosidad de su cruz, y lo abraza. Porque…

            En un mundo como éste, en el que parece que nadie se preocupa por nadie, en el que fingimos que sólo nos mueve el interés, Cristo en la Cruz nos habla de un hombre que sufre de amor por Dios, pero sobre todo de un Dios hecho hombre que sufre de amor por el hombre.

            En un mundo como éste, en el que corremos de un lugar a otro como caballos desbocados, sin rumbo ni destino seguros, en el que el tiempo se nos pasa sin poder apenas percibirlo; en el que la vida nos adelanta cada vez más rápidamente, Cristo en la Cruz nos detiene, nos mira, nos obliga a mirarle, y en Él mirarnos a nosotros mismos, y abrazar su vida en el límite de la vida, y abrazar la vida en el límite de la vida, y sólo así, por fin, vivirla.

            En un mundo como éste, en el que a veces el hombre se convierte en el peor enemigo de si mismo, en el que el hermano lucha contra el hermano, en el que el rencor nubla la vista y oscurece el corazón, Cristo en la cruz sella el pacto de la paz eterna, que no es la paz del poder y de la opresión, sino la paz de la unidad y la libertad.

             En un mundo en el que unos pocos viven esclavos de la posesión, y en el que muchos viven esclavos del olvido y del empobrecimiento, Cristo en la Cruz descubre a los primeros su mortal pobreza, mientras colma de riquezas imperecederas al pobre compadecido en su dignidad.

             En un mundo en el que hasta lo más hermoso, la huella más palpable del Creador en la creatura, que es el amor de una madre por sus hijos, a veces se ve ofuscado y traicionado por una silenciosa deshumanización, Cristo en la Cruz abraza con ternura al niño que no vio la luz, y hace suyo el sufrimiento que hasta a los verdugos de tal ignominia aflige, y les ofrece su perdón.

            En un mundo que finge no necesitar de Dios, y que anda, entre engañado y asqueado, errante probando y desechando sucedáneos de sentido, Cristo en la Cruz lo atrae con su silencio y lo confunde con su grito de abandono, mostrándole que tanto es el amor que Dios le tiene, que hace suya hasta su propia ausencia y oscuridad. ¡Locura del Amor!

            En un mundo en el que parece que el mal siempre triunfa y el bien siempre pierde, en el que parece que la belleza siempre languidece ante la fealdad, en el que parece que la verdad se disuelve en una cascada de dudas e incertidumbres, Cristo en la Cruz, hasta en medio de tal suerte de mentiras, aberraciones y vilezas, nos ofrece la mirada más verdadera jamás advertida, la bondad más sublime jamás mostrada, la belleza más fascinante jamás contemplada.

            En un mundo en el que hay tanto bien interminable pero escondido, prodigado pero silenciado, tan luminoso y a veces tan ocultado, Cristo en la Cruz brilla como un espejo en el que todos pueden ver el horizonte victorioso del bien, en la esperanza cierta de la Resurrección.

            En un mundo como éste, que grita Dios en silencio, el silencio de esta Semana Santa le susurra una certeza, una provocación, una admiración: Cristo en la Cruz es él único Dios verdadero, allá en el cielo, acá en la tierra, él único Dios capaz de saciar el anhelo del hombre, en un mundo como éste.