Misal Romano

Catequesis para vivir la liturgia

misal romanoLa demostración de que todo en la liturgia catequiza es el Misal Romano. Allí está la fuente de la catequesis litúrgica ya que cada celebración litúrgica tiene valor educativo y formativo. En la introducción el Misal indica cómo la palabra, los gestos, la comunidad reunida, el canto y las oraciones, los silencios, el celebrante con la homilía y con su tono vital, gestos y expresión de su rostro catequizan. De ahí la responsabilidad y el esmero que hay que poner en toda celebración.

Ya hemos afirmado cómo las grandes catequesis patrísticas son modelos ejemplares de catequesis litúrgicas situadas en una más amplia perspectiva pastoral. La celebración de referencia por antonomasia es la de la Eucaristía. El beato Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucharistia (2003) afirma que es lo más precioso, lo que hace crecer a la Iglesia, “crea comunión y educa a la comunión” (núm. 40).

El Misal Romano no sólo contiene rúbricas sino que éstas son consecuencia de principios y prácticas fundacionales sobre las que se basan nuestras celebraciones y nuestra vida espiritual. La misa dominical puede resultar monótona, rutinaria, sin interés cuando se celebra de forma rubricista, automática, sin ponerle el alma y la intención de alabar, adorar, participar y ser aleccionados en temas siempre novedosos. No hay una Eucaristía igual a otra en toda la vida. Siempre cambian las circunstancias. Se oyen expresiones negativas de quienes no han entrado aún en la participación consciente y activa de la liturgia dominical. “Esto ya me lo sé, la misa no me dice nada, me aburro en misa.”

Para que esto no suceda es conveniente ayudar a avivar la fe, hacer que muchos participen en diversos menesteres y la comunidad entera pueda decir: tengo algo que hacer en la misa. Unos ayudar al altar, otros proclamar las lecturas, hacer las moniciones, realizar la colecta, actuar en el coro; y todos en el canto, la oración, las respuestas a los diálogos que se proponen.

Muchos gestos que hacemos se renuevan constantemente. Siempre que pedimos perdón lo hacemos de las faltas que traemos, lo mismo cuando hacemos la oración universal de los fieles, siempre tenemos nuevas inquietudes.

Y cuando se ofrece el pan y el vino se ofrece también la vida entera, que se pone sobre altar con sus penas y alegrías. Es el momento en el que cada uno ha de preguntarse: ¿qué obras buenas traigo hoy para ofrecer en la misa?

Es necesario dejar surgir los sentimientos muy variados propios de cada momento de la celebración. No hay dos minutos seguidos en los que no se pida una actitud diversa. Desde el saludo cordial, la humilde petición de perdón, la alabanza gloriosa a Dios, la oración profunda, la escucha respetuosa de la palabra, el canto, la aclamación, los movimientos de estar de pie, sentados o arrodillados; los movimientos de las manos, la procesión de comunión, etc. La celebración puede llegar a vivirse así cuando se ha tenido una buena catequesis litúrgica.

Se constata necesaria una catequesis como iniciación a la litúrgica. La existencia del equipo de liturgia inquieto por preparar, catequizar y celebrar bien contagia a toda la comunidad. Es capaz de provocar interés, atracción y amor.

Siempre que hay una celebración tenemos que preguntarnos: Al realizar el culto, ¿qué avance podemos hacer en cada celebración en la catequesis litúrgica? Siempre hay motivos diversos que diversifican las celebraciones. Ayudan las lecturas que son muy variadas. Se pueden programar moniciones iniciales, sencillas, espontáneas y graduales, para presentar las celebraciones a lo largo de todo el año.

Se trata de estimular la participación de toda la comunidad, el reparto de los servicios ministeriales, los gestos, signos y movimientos que se realizan.