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La espiritualidad litúrgica

bispo2En estas reflexiones tratamos de la espiritualidad litúrgica. Este adjetivo es sin duda el más trascendental e importante que define la espiritualidad central de la Iglesia. Esta espiritualidad es general, fundamental y común a todos los discípulos de Jesús. Sin ella no pueden subsistir otras formas de crecer espiritualmente. Siendo la espiritualidad oficial de la Iglesia se evita el inventar espiritualidades subjetivas a gusto de cada uno. La vida interior del cristiano se identifica por ser litúrgica. El encuentro real y personal entre Dios y el ser humano se realiza mayormente por medio de la liturgia.

La espiritualidad consiste en recorrer un itinerario de identificación con Cristo. Se van superando etapas para llegar al amor perfecto que nos identifica como hijos de Dios. Dicho de otra manera: se va reproduciendo en cada cristiano la imagen de Cristo hasta poder afirmar con San Pablo: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). Se produce una evolución constante hasta que aparece un nuevo yo, una nueva criatura a imagen de Cristo viviendo con Él, y amando con Él. A esta vida estamos llamados todos los cristianos desde el bautismo. Quedamos ungidos con una señal espiritual que marca  la propia existencia dentro de un proceso de vida espiritual con Cristo en el Espíritu Santo. La vida litúrgica es la maestra y alimento del crecimiento en el seguimiento de Cristo durante toda la vida.

El símbolo del camino y las metas es muy adecuado para explicar qué función tiene la espiritualidad litúrgica. El ser humano aspira a realizar su propio proyecto de perfección en el amor. Tiene por delante la tarea de hacerse a sí mismo. Esto no sucede en un momento, sino que tiene una sucesión de tiempos y circunstancias. La celebración litúrgica le acompaña y da sentido a cada paso que da. Así como para caminar necesitamos una serie de elementos, así, para crecer en el Espíritu, necesitamos de todo el abastecimiento espiritual que ofrece la liturgia.

El ser humano aspira a realizar su propio proyecto de perfección en el amor. Tiene por delante la tarea de hacerse a sí mismo. La celebración litúrgica le acompaña y da sentido a cada paso que da.
Las acciones propiamente litúrgicas y también los ejercicios piadosos y las devociones forman un conjunto de alimento de la vida espiritual. La celebración litúrgica es un memorial de la historia de la salvación, que reproduce y da la gracia de los misterios que celebra. El cristiano que así lo entiende, vive esperando especialmente la celebración de la Eucaristía, el domingo, las oraciones, los tiempos litúrgicos, especialmente la Pascua. En cada página del Evangelio que lee o escucha saca orientación y fortaleza para vivir unas determinadas virtudes en la vida ordinaria de familia, trabajo, relaciones y decisiones. Las personas que cultivan su espíritu con la misa diaria o dominical, la comunión y confesión frecuentes, el rezo del rosario, la bendición de la mesa, y otros ejercicios de piedad,  aprenden a mirar todo con fe, desde Dios, a reconocer al hermano que sufre, saben sufrir ellas mismas en las dificultades y contratiempos de cualquier tipo, tratan de vivir la caridad y las bienaventuranzas.

Con la espiritualidad litúrgica se transforma la calidad de la vida que toma una dimensión, un nivel y una categoría espiritual. Da gusto vivir al lado del cristiano que cultiva su espiritualidad porque le lleva a ser alegre, optimista, abierto, sensible, solidario y en cualquier lugar que esté y haga lo que haga produce en torno a sí una  fecunda irradiación. Nunca se detiene en su esfuerzo, complacido por las metas conseguidas, porque sabe que el camino por recorrer es largo.