CARTA PASTORAL

La espiritualidad, motor de la vida cristiana

CARTA PASTORALEstamos reflexionando sobre la celebración del misterio cristiano. Para que la celebración no sea una mera sucesión de palabras, gestos y símbolos externos y superficiales es necesario ponerle alma, es decir, celebrar en espíritu y verdad. No se puede reducir el cristianismo a ritos alejados de la vida, sino que incidan en la transformación de la existencia propia en un “culto espiritual agradable a Dios” (Rm 12,1). Cuando así se hace la liturgia se convierte en la fuente y el motor de la espiritualidad del cristiano.

En el lenguaje popular la espiritualidad equivale a la piedad o servicio divino. Algunos piensan que se trata de algo muy teórico, por las nubes, demasiado lejano del cristiano de a pie, propio  de personas privilegiadas que están en los monasterios o casas religiosas o para quienes se cultivan mucho espiritualmente en el camino de la perfección. Quizás otros opinen que la espiritualidad es un lujo inútil, que lleva a la alienación. Nada más lejano de eso.

La espiritualidad imbuye la vida ordinaria, concreta, del trabajo de cada día, de todo lo que se realiza sin excepción. La oficina, el estudio, el trabajo en el campo, en la fábrica, en las tareas domésticas son ambientes donde vivir una profunda espiritualidad. La espiritualidad no se vive únicamente en momentos privilegiados de oración, meditación, introspección, en ejercicios espirituales o retiros, sólo en momentos concretos como si de algo a intervalos se tratara.

¿En qué consiste la espiritualidad? En cultivar y vivir en el espíritu siguiendo un camino de esfuerzo y santidad.  Es obrar con recta intención en todo momento alabando y bendiciendo a Dios por medio del ofrecimiento de obras y trabajos, sufrimientos y alegrías dándole a todo un valor espiritual. Es impregnar toda la vida de la presencia de Dios y de su amor concreto en cada momento o circunstancia.

La espiritualidad imbuye la vida ordinaria, concreta, del trabajo de cada día, de todo lo que se realiza sin excepción
En la antigüedad espiritualidad significó esfuerzo ascético, reflexivo y ético. También significó sabiduría basada en las enseñanzas religiosas que se proyectaban en un comportamiento moral. En la Grecia antigua existió una ciudad llamada Eléusis. Allí se concentraron personas selectas que se iniciaban en cultivar de forma especial el espíritu para ser iluminados, penetrar en el mundo espiritual, vislumbrar los misterios de la existencia humana y el sentido de la vida y de la muerte.

En el Antiguo Testamento aparece la presencia del Espíritu como una fuerza viva y eficaz que cambia los corazones, hace un pueblo nuevo y una tierra nueva transformada. Este Espíritu se manifestaba especialmente en algunos hombres singulares que lideraron al pueblo y hablaron profetizando de parte de Dios. La espiritualidad consiste en una tensión interior para que la tierra se vea llena del Espíritu y llegue la plenitud de su acción con el Mesías.

En el Nuevo Testamento el Espíritu aparece más intensamente presente sobre todo en Jesús, en su predicación, sus milagros y su obra. “El Espíritu lo llevó al desierto…”. “El Espíritu me ha enviado…” dirá en la sinagoga de Nazaret. El Espíritu invadió a Jesús y se manifestó en Él y a través de Él se transmite a sus seguidores.

El Sermón de la Montaña contiene lo esencial de la espiritualidad cristiana. El Espíritu  Santo constituye a la primitiva comunidad cristiana y le da una nueva identidad. La espiritualidad no se entiende como un conjunto de oraciones, ritos, prácticas o normas sino de una presencia viva de Dios, a través de su gracia, en los corazones que los renueva, transforma y da vigor.
Desde la Iglesia primitiva hasta nuestros días la espiritualidad de la Iglesia es la presencia de la vida Trinitaria, del Resucitado en medio de sus fieles, fundada en el Evangelio, de seguimiento a Jesús, viviendo las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad como referencia fundamental. A lo largo de los siglos se ha buscado adjetivar la espiritualidad buscando sus modalidades en San Pablo, en los Padres de la Iglesia, en los fundadores de órdenes, congregaciones e instituciones diversas. Van apareciendo diversas denominaciones: espiritualidad paulina, patrística, benedictina, franciscana, dominicana, ignaciana, etc. Así se identifican modos de cultivar el espíritu con características propias, no divergentes, sino enriquecedoras de la única y gran espiritualidad que es la de la Iglesia. Todos los diversos grupos de creyentes están injertados y se alimentan de la savia de vida y gracia cuyo tronco y depósito lo mantiene la Iglesia. Según estas definiciones la espiritualidad es muy concreta, nada teórica o inalcanzable, sino que motiva y fundamenta la vida de los fieles. Es una fuerza interior operante.