Penitencia

Los sacramentos nos donan la salvación

penitenciaIniciamos el curso pastoral 2014-2015 en el que espero seguir comentando el tema del Catecismo de la Iglesia Católica: “La celebración del misterio cristiano”. El curso pasado terminó con la reflexión sobre el “Domingo en la celebración del misterio cristiano” con temas siempre sugerentes y muy actuales: “El Domingo tiempo de Dios y para Dios”; “El Domingo día primordial”; “La celebración de la Eucaristía dominical” y “Santificar el Domingo”. Conviene recordar estos títulos para enlazarlos con el proyecto de este nuevo curso que será sobre los Sacramentos.

El Catecismo de la Iglesia Católica les dedica nada menos que cuatrocientos ochenta números (1210-1690). No se trata de resumir textos tan densos, ni de hacer un pequeño tratado de teología, ni de moral, sino de explicarlos bajo el punto de vista pastoral de su celebración y vivencia dentro del misterio cristiano. Los Sacramentos son signos sensibles y eficaces de la gracia, instituidos por Jesucristo y confiados a la Iglesia, por los cuales se nos comunica la vida divina. Los Sacramentos son los canales, a través de los cuales, la Iglesia nos hace llegar el depósito de la gracia.

Los seres humanos necesitamos signos y símbolos sensibles conocidos para expresar y comunicar a través de ellos algo no conocido, que no se ve, como puede ser un concepto o una experiencia. Lo importante es lo significado. Los signos están presentes en todas las disciplinas de la comunicación: literatura, música, pintura, escultura, teatro, cine… La palabra es un buen ejemplo. Una emisión de determinados sonidos, que por convicción aceptamos todos en nuestro lenguaje sabiendo lo que significa, sirve para comunicar una idea que sólo está en nuestra mente: es interior y desconocida. Así expresamos sentimientos invisibles, no sensibles, misteriosos, que producen reacciones nada visibles sino espirituales e internas Los signos sagrados representan una realidad que traspasa los límites de la experiencia de los sentidos.

El Catecismo de la Iglesia Católica dice que necesitamos el lenguaje de los signos y símbolos para celebrar los misterios de la fe y para percibir sensiblemente que la gracia se nos ha comunicado.  “Una celebración sacramental está tejida de signos y símbolos. Según la pedagogía divina de la salvación, su significación tiene su raíz en la obra de la creación y la cultura humana” (CEC, 1145).

Los Sacramentos superan a todos los demás signos y símbolos conocidos porque son eficaces. Misteriosamente realizan realmente lo que significan. No son meros ritos o representaciones que sólo recuerdan o significan algo. Dan en verdad la gracia que anuncian. Esto sucede así por la acción del Espíritu Santo. Cuando los celebramos siempre lo invocamos. Antes de bautizar decimos: “Te pedimos, Señor, que el poder del Espíritu Santo, por tu Hijo, descienda sobre el agua de esta fuente para que los sepultados con Cristo en su muerte, por el Bautismo, resuciten con él a la vida”. Y lo mismo antes de la consagración en la Eucaristía: “Por eso te pedimos que santifiques estos dones con la efusión de tu Espíritu, de manera que sean para nosotros Cuerpo y Sangre de Jesucristo nuestro Señor”. Los celebrantes realizan con toda fe y devoción los gestos y dicen con la mayor unción las mismas palabras que el Señor nos mandó, pero el Espíritu Santo  es quien hace que sea real lo que sucede en el espíritu.

Los Sacramentos superan a todos los demás signos y símbolos conocidos porque son eficaces. Misteriosamente realizan realmente lo que significan. No son meros ritos o representaciones que sólo recuerdan o significan algo. Dan en verdad la gracia que anuncian.
¿De dónde nacen los Sacramentos? Dios en sus inescrutables designios siempre quiso comunicarse con el hombre, a quien creó a su imagen y semejanza, lo constituyó su representante para dominar la tierra. Era su criatura predilecta. Pero el diálogo se rompió por el pecado. A lo largo de la historia Dios volvió a su encuentro con alianzas, también rotas por la infidelidad de los eres humanos. Finalmente para realizar la Historia de la Salvación que El proyectó, para sellar una relación perpetua con la humanidad envió a su Hijo Encarnado. Ya tenemos el primer “Sacramento de Sacramentos”: Cristo. Dice San Agustín que “no hay otro Sacramento sino Cristo”. Esto es verdad, porque Cristo es la “imagen de Dios invisible” (Col 1, 15). Él es el Sacramento por excelencia, el signo visible, sensible y eficaz del Padre. Dice Jesús: “Quien me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14, 9). Se encarnó para que conociéramos visiblemente al Dios invisible (Prefacio I de Navidad) y nos trajera la salvación ofrecida por el Padre. Es el Sacramento de salvación del Padre.
Cristo quiso confiar el depósito de la salvación a la Iglesia, que de este modo se convierte en el Sacramento de Cristo. La iglesia es el medio por el cual se comunica y dispensa la salvación de Dios. Así dice el Concilio Vaticano II: “La Iglesia ha sido convocada y constituida por Dios para que sea sacramento visible de esta unidad salutífera para todos y cada uno” (LG 9). Ella es la presencia sacramental de Cristo en la historia. Ella es reflejo de Cristo “luz de las gentes” (LG 10). Aparece en la historia al mismo tiempo como un signo opaco y luminoso de la nueva presencia de Jesucristo Resucitado. En su nombre continua su acción por medio de los siete Sacramentos, que son “obras maestras de Dios” y “acciones del Espíritu Santo”. Así como toda la vida de Cristo es Sacramento, manifestación del Padre; así también la Iglesia es toda ella Sacramento de Cristo. Su principal tarea es “ser Sacramento de Sacramentos”, hacer presente la salvación de Cristo por medio de los siete canales de la gracia que son los Sacramentos.

Los Sacramentos nos impulsan a ser misioneros: “Cada encuentro con Cristo, que en los Sacramentos nos dona la salvación, nos invita a ir y comunicar a los demás una salvación que hemos podido ver, tocar, encontrar, acoger, y que es verdaderamente creíble porque es amor. De este modo los Sacramentos nos impulsan a ser misioneros, y el compromiso apostólico de llevar el Evangelio a todo ambiente, incluso a los más hostiles, que constituye el fruto más auténtico de una asidua vida sacramental, en cuanto que es participación en la iniciativa salvadora de Dios, que quiere dar a todos la salvación” (Papa Francisco, Audiencia General, Roma.Miércoles 30 de octubre 2013).

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