Bautizo

El bautismo, puerta de los sacramentos (I)

bautizoAl iniciar estas reflexiones sobre el sacramento del Bautismo, llama enseguida la atención cómo es calificado de primero, primordial, fundamental, “puerta de los sacramentos”. Éstos son los adjetivos que mejor definen qué grado ocupa en el orden de la gracia, en la necesidad y en el tiempo.

El Papa Francisco dedicó la primera audiencia general de este año (8.01.14) al sacramento del Bautismo del que dijo: “Es el sacramento sobre el que se fundamenta nuestra fe y nos hace miembros vivos de Cristo y de su Iglesia”. El Concilio Vaticano II afirma: “Los hombres entran en la Iglesia por el bautismo como por una puerta” (AG 7). El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que es “el pórtico de la vida en el espíritu  y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos” (n. 1213). Cuando el Código de Derecho Canónico trata sobre el Bautismo comienza con estas palabras: “El bautismo, puerta de los sacramentos, cuya recepción es necesaria para la salvación…” (CIC 849). El Ritual del Bautismo (n. 3) sobreabunda diciendo: “El Bautismo, puerta de la vida y del reino, es el primer sacramento de la nueva ley, que Cristo propuso a todos para que tuvieran la vida eterna”.

Sólo a través del Bautismo se es cristiano y se capacita para recibir los restantes sacramentos. Ciertamente el Bautismo nos abre las puertas del cielo.
Todos estos grandes documentos usan la expresión “puerta” para referirse al Bautismo. Este símbolo nos aclara que así como la puerta da acceso a un lugar, de la misma manera el Bautismo da acceso a toda la vida cristiana. Es el primer paso indispensable para entrar a formar parte de la familia de los hijos de Dios, ser insertado en la vida de la gracia de Jesucristo y formar parte de la Iglesia. Sólo a través del Bautismo se es cristiano y se capacita para recibir los restantes sacramentos. Ciertamente el Bautismo nos abre las puertas del cielo.

¿Qué significa atravesar la puerta de un lugar? Cuando los judíos, peregrinos a Jerusalén veían las puertas de la ciudad y del templo se llenaban de alegría cantando: “Ya están pisando nuestros pies, tus umbrales, Jerusalén” (Salmo 121). Delante del templo exclaman: “Abridme las puertas del triunfo y entraré para dar gracias al Señor. Ésta es la puerta del Señor, los vencedores entrarán por ella” (Salmo 177, 19-20). Atravesarlos significaba entrar en la salvación, estar seguros, protegidos, ya que las puertas estaban custodiadas por el cuerpo de guardia. Las murallas eran defensa, fortaleza, alcázar, roca fuerte; los edificios refugio y cobijo; el encuentro con otros: paz, compañía y fraternidad. Era estar a la sombra del Señor Altísimo, libertador, salvador que daba seguridad y tranquilidad ante los peligros.

El simbolismo de la puerta está muy presente en el Antiguo Testamento y en el Evangelio. Los juicios, contratos y negocios se celebraban en las puertas de las ciudades. Estando en la puerta se podía ver, saludar, conversar, tener noticias, exponer filosofías, con los que entraban y salían. El salmista narra cómo se realizaban los juicios: “Hablan contra mí los que se sientan en las puertas” (Ruth 4,1 y S 69,13) y cómo se comentaba el aprecio social: “El marido de una mujer virtuosa es celebrado en las puertas de la ciudad” (Prov. 31, 23). Simbólicamente se habla de las puertas de la muerte y del infierno: “El Señor se apiadó de mí, contempló mi aflicción; me tomó y alzó de la puertas de la muerte, para que pudiera proclamar sus alabanzas y alegrarme por su victoria en las puertas de Sión” (Salmo 9, 15).