Bautismo

El bautismo, puerta de los sacramentos (II)

Todos estos significados se aplican al Bautismo: “Puerta de los sacramentos”. Si la alegoría de la puerta es rica en significados en el Antiguo Testamento lo es mucho más en el Evangelio. Jesús nos invita a entrar por la puerta que es Él mismo: “Yo soy la puerta, el que entre por mí se salvará” (Jn 10, 9). “Nadie viene al Padre sino por mí” (Jn 14,6). Cuando le concede a Pedro el poder de las llaves le asegura que la Iglesia será defendida siempre porque “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16, 18). Puerta significa en esta expresión el poder del demonio y del mal.

En los años santos se proclama el jubileo y como símbolo de su inicio se abre la Puerta Santa con estas palabras del Papa: “Abridme las puertas de la justicia; entrando por ellas confesaré al Señor”. Abatir la puerta significa entrar en el ámbito de la penitencia, la misericordia, el perdón, el jubileo del amor a Dios.
En la celebración del Bautismo el primer rito que se realiza es la acogida de los que se van a bautizar, de los padres, padrinos y comunidad cristiana en la puerta del templo. Este signo y el diálogo que allí se realiza manifiesta litúrgicamente lo que significa entrar por la puerta del bautismo. Es una ceremonia muy significativa que a veces se omite porque los que se van a bautizar ya están dentro del templo o porque se hace rápidamente y pasa desapercibida.

Es conveniente recuperar todo su profundo sentido. Allí están los padres y padrinos esperando entrar. Hay una acogida amable, un diálogo con un escrutinio para conocer si pueden pasar los que se van a bautizar. Se les pregunta a los padres y padrinos el nombre de los niños, qué piden y se les advierte sobre las obligaciones que van a contraer. Piden poder atravesar la puerta de entrada. El sacerdote haciendo la señal de la cruz sobre la frente de los niños dice: “La comunidad cristiana te recibe con gran alegría”. Los padres y padrinos hacen también la señal de la cruz sobre los neófitos. Con este signo ya podemos atravesar el umbral.

Traspasar esa línea es entrar en el ámbito de lo sagrado, lo misterioso, lo divino, el  cielo. No sólo se entra en un edificio cualquiera sino en la casa física y espiritual de Dios. Es estar bajo su amparo, bajo su providencia, ante su presencia. Las propias puertas de los templos son abocinadas, ensanchándose hacia el exterior para acoger con amplitud a los que vienen. Los templos, en general, pero sobre todo los ortodoxos, decoran las altas cornisas y las bóvedas con elementos dorados. Es porque el oro, lo más preciado de la tierra,  significa la belleza del cielo.

Entrar en el templo es dar la espalda a todo “lo mundano”. Es una renuncia al espíritu del mal y al pecado y situarse en la órbita de la gracia y del bien. Todo esto nos invita a mantener la dignidad y belleza de los templos y de las celebraciones con exquisito esmero porque, “los signos externos, -en este caso la puerta del templo- han sido escogidos para significar realidades divinas invisibles” (SC 33).